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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (VIII)

   Las primeras notas resonaban en el silencio del teatro.
  Tímidas, dulces, pausadas, cálidas. Tomándose su tiempo, creciendo y muriendo en menos de un segundo, aumentando la intensidad, el ritmo, con calma. Danzando en el aire entre el expectante público, creando formas imposibles con las florituras de la melodía. Subiendo hacia el clímax con fuerza, un canto desesperado de nostalgia y esperanza que ascendía y bajaba entre las teclas, jugueteando en la partitura, creando ritmos evocadores, armonías únicas, veloces, poderosas, novedosas, que hablaban de futuro.

   La música volaba por todas partes, buscando cualquier rincón que le dejará escapar hacia la gran ciudad de Rawen.

  Situado en el centro de la ciudad, la llamada Capital del Arte resplandecía con luz propia. Diversos poetas y artistas habían deambulado por sus calles y puentes, plasmando en sus obras la gran belleza de su arquitectura, sus canales, y por supuesto, de su maravilloso auditorio. Antiguos reyes del pasado lo habían mandado construir para que se convirtiera en un punto de referencia musical para todo el mundo. Grandes concertistas y compositores habían logrado su éxito en ese escenario. Y hoy nacía otro nuevo genio.

   El pianista, con los ojos cerrados, se movía guiado por la notas, cumpliendo sus deseos, dejándose llevar hasta la cumbre para luego dejarlas caer exagües en esa tierna melodía del comienzo, haciéndolas descansar y respirar de nuevo como una exhalación. Un llanto, el dolor de la pérdida; pero luego, la esperanza resurge. Despacio, muy despacio, el canto de una elegante dama como era la música que se alza sobre la desesperación. Caminando por el auditorio, sobreponiéndose ante todo y ante todos, habla. Bailando por el aire al son que le marcaba el pianista. Ascendiendo hasta el cielo y bajando a la tierra. Cada vez más rápido, frenético, el descenso con fuerza a la realidad. Siempre tierno, dulce, como una caricia, amable en el piano entre miles de adornos y florituras.

  Todos los ojos estaban fijos en el rápido y elegante movimiento de las manos del pianista. Era hechizante, una magia arcaica que todos los humanos admiraban. También los Dioses.
  Oculto entre bambalinas, apoyado entre una de las muchas, grandes y pesadas cajas que se amontonaban allí detrás, Lucio disfrutaba del concierto.
  Samus siempre había tenido talento, lo supo desde que se conocieron. Siempre tan alegre, lleno de nuevas ideas y de ganas de hacer llegar su música a todo el mundo. Él representaba una de las muchas cosas que le gustaban de los humanos: el arte. Eran capaces de crear tantas cosas bellas. Cuadros de colores vivos que te transportaban a increíbles paisajes, esculturas de héroes, doncellas y Dioses, hechas con esmero, cariño y dedicación. Y música. Era lo que más le gustaba. Él era incapaz de arrancarle un sonido decente a ningún instrumento, por eso gustaba de escuchar a otros siempre que podía. Y Samus era su predilecto. Se preguntaba como reaccionaría al verlo allí después de medio año desaparecido. Habían pasado muchas cosas y debían hablar. Aunque había tiempo de sobra. Pararse a escuchar las maravillosas melodías que le arrancaba al piano era un espectáculo que nunca querría perderse.

  Poco a poco, la dama de la música se dejó caer sobre el escenario muerta, resoluta, cansada, pero aun viva. La última nota se extinguió en el inmenso teatro, dejando una estela de expectación entre el público. El mago del piano, el músico, abrió sus ojos despertando de su pequeño éxtasis, como volviendo de un sueño efímero e idílico. Los aplausos resonaron con la fuerza de un trueno para recibirlo.
  Samus abrió los ojos y se levanto para dedicarle una reverencia al público con una gran sonrisa en la cara. Se sentía cansado y al mismo tiempo, satisfecho consigo mismo por el magnífico concierto que acababa de ofrecer. Todo el mundo se levantó para vitorearle haciendo resonar el auditorio completo. El mismo Lucio le aplaudía desde su escondite, orgulloso. Aquel día acababa de marcar historia. El reino cambiaba y él había dado un paso más para la evolución de la música.

  – Ese chico llegará lejos, sin duda.

  Lucio ni se sorprendió al oír esa voz tan familiar a su lado. Le extrañaba que no hubiera aparecido antes.

  – ¿Eso también te lo ha dicho tu querido libro? – preguntó sin volverse.
  – Puede – rió de forma elegante.
  – Deberías dejar de verlo durante unos segundos y conectar con la realidad – dijo volviéndose a él –. Créeme, te vendrá bien.

  El extraño visitante le dedicó una mirada escéptica con sus profundos ojos azules del color del Eon. Vestía con corte señorial, tal y como lo haría alguien de la aristocracia de dentro de varios siglos en el futuro. Un traje beige con chaleco, americana y un sombrero de caballero que ocultaba su sedoso pelo rubio. En una mano sujetaba un voluminoso tomo de hojas amarillentas algo arrugadas por el uso, aunque tenía una elegante cubierta de cuero con remates dorados que estaba como nueva, como recién encuadernado.

  – No puedo evitar tener mis ojos puestos en el destino de todos los seres, Lucio – rió por lo bajo –. Al fin y al cabo, es mi trabajo.
  – Un trabajo bastante molesto, Knox ¿Nunca has oído hablar del libre albedrío? – bromeó.
  – Esos filósofos idealistas– chasqueó la lengua, molesto –. Los humanos siempre están liando términos. Que tengan libertad para decidir no significa que puedan escapar de su destino – bufó exasperado. Era un tema que no le gustaba nada.

  Desde los albores de los tiempos, los hombres se habían preocupado bastante sobre a donde le llevará la vida, el sentido de su existencia y muchas preguntas difusas que nadie tenía respuesta. Para eso estaba Knox y su maravilloso librito, por decir un eufemismo. Él era el único capaz de leer el destino de cada hombre y mujer que vivía en ese momento. Un trabajo aburrido, predecible, pero del que a él le encantaba presumir. Al menos no era como su hermana Selina, la encargada de vigilar y controlar el tiempo, así como cada línea temporal que se creaba por las decisiones de los humanos. Era raro verla sonreír. Siempre tan fría e hierática, tomándose su trabajo demasiado en serio. Ambos hermanos eran la antítesis del otro a pesar de que sus labores eran tan importantes para la humanidad. Cada uno tenía su particular forma de sobrellevarlo.
 
  – Me han dicho que has decidido darte un pequeño chapuzón en la corriente de Eon – se sonrió –. ¿Qué tal el baño?
  – Un poco turbio. Aunque claro, eso ya lo sabias – suspiró hastiado.
 – El destino tiene su propio sentido del humor. Estaba escrito que lo harías – dijo con condescendencia.
  – ¿También está escrito que te vas a tragar tus palabras? – lo taladró con la mirada.
  – Por supuesto que no. Si estuviera entre estas páginas que mi preciosa cara iba a sufrir daños me aseguraría de reescribirlo – dijo con fingido horror cerrando el libro de un golpe seco.

  Lucio suspiró y volvió la vista hacia el escenario donde la ovación continuaba cubriendo a Samus de aplausos y felicitaciones. Se le miraba inmensamente feliz.

  – Ese chico marcará historia. Créeme – dijo Knox a sus espaldas –. Sus páginas están llenas de logros y éxitos que serán recordados durante siglos.
  – No tenía la menor duda – sonrió –. ¿Qué me dices de Avalon? – lo miró de reojo –. ¿Sus páginas también están plagadas de aventuras y grandes hazañas?.
  – Avalon está muerto – dijo enarcando una ceja, como si aquello fuera lo más obvio del mundo-

  Por primera vez en mucho tiempo, no le dolió escuchar esa dura verdad. En el fondo de su ser ya estaba interiorizado, guardado con celo junto con la esperanza de que su promesa se haría realidad.

  – Sabes muy bien a lo que me refiero – insistió.

  Knox negó levemente intentando reprimir una sonrisa burlona, como si pensara que estaba loco. Solo por darle el gusto, abrió su preciado libro donde estuvo el destino del Guardián del Eon. La página estaba decorada en un brillante marco dorado con volutas y filigranas, con letras capitales profusamente ornamentadas y coloreadas. Aquella hoja tuvo que haberse vuelto blanca en el momento de su muerte, pero para su sorpresa, seguía manteniendo escrito el sino del joven héroe, con unos puntos suspensivos que esperaban, pacientes, a continuar la historia.

  – Vaya. Esto es nuevo – murmuró observando las letras con más detalle –. ¿Cómo es que no se ha borrado?

  Ambos dioses compartieron una mirada de complicidad. Cierto que nunca había pasado algo así y si el libro no había borrado de su memoria la existencia de Avalon, era porque esta no se había extinguido aún.

  – Algo así no tiene precedentes – dijo Knox cerrando el libro de nuevo –, ¿Helienne lo sabe?
 – Seguramente ella misma lo ha planeado – dijo con algo de rencor –. Y si en la página de Avalon aparece eso, también en la de Alastor.
  – Si es así debemos de estar preparados. Tal vez debería hablar con Selina para que los tenga vigilados a ambos. Aunque… – Knox puso una mueca – Últimamente está de muy mal humor. Lo último que supe de ella es que maldijo a una humana por algo tan simple como odiar a los Dioses. Dejaré esa conversación para dentro de un siglo. Tal vez cuatro – rió entre dientes solo de pensar en el genio que se gastaba su melliza.
  – Olvídalo. Si esto es obra de Helienne habrá cubierto cualquier rastro de su existencia. Como si eso no hubiera pasado – dijo mientras se atusaba su flequillo. Parecía muy cansado –. Nuestra labor es prevenirnos para cuando llegue el momento y poder actuar.
  – ¿Y cómo piensas hacerlo?.
  – Que tu me preguntes eso – dijo esbozando una sonrisa ladina al lanzarle una mirada al libro.

  Knox no perdió tiempo en buscar la página que correspondía a su inmortal compañero. Sus ojos se movieron rápido entre las líneas leyendo lo que estaba escrito en su destino. A medida que avanzaba, su cara se iba convirtiendo desde una indiferencia absoluta de quien lee una novela, hasta la más absoluta perplejidad.

  – No puedes – musitó –. Es demasiado tiempo. Es una locura – se giró a verle angustiado.
  – Eso mismo dijo Hebi cuando me intenté tirar a la corriente y no pudo detenerme – se carcajeó –. Te agradecería que no intentaras imitarle, Knox. No me gustaría dejarte las mismas cicatrices que a él.

  Ensanchó más su sonrisa dejando ver uno de sus afilados y brillantes colmillos con aire amenazador. Era suficiente para darle a entender que no era ningún farol. Podría salir muy mal parado si se interponía en su camino. Se adelantó un par de pasos para tener una mejor perspectiva del público que ya parecía retirarse del auditorio.

  – ¿Y cuando piensas hacerlo?– preguntó.
  – ¿Qué crees que hago aquí? – le respondió riendo.

  El silencio se hizo entre ellos con la fuerza de una ventisca. Era la despedida y ninguno se atrevía a decir nada. Quien sabe cuanto tiempo pasaría hasta que sus caminos se volvieran a cruzar.

  – Espero que estés seguro de esta elección.

 Lucio se giró para contestarle, pero su respuesta murió en sus labios antes de lanzarla hacia nadie. Knox había desaparecido de la misma forma que había llegado: sin que nadie lo hubiera visto. Suspiró resignado y se masajeó el puente de la nariz intentando relajarse. ¿Si estaba seguro de esa elección? No mucho. Significaba renunciar a muchas cosas de su existencia. Todo por una promesa. Eso debería bastarle para no echarse atrás.

  – ¿Lucio? – escuchó que alguien le llamaba por la espalda. Samus había terminado su concierto –. ¿Qué haces aquí?
  – Ver tu gran concierto, por supuesto – dijo con una gran sonrisa, como si lo que acababa de pasar con su compañero nunca hubiera existido –. Has estado increíble.
  – Creo que exageras, pero gracias. Me alegro de que estés aquí – se le notaba aliviado, como si al verlo sano y salvo le hubiera quitado un gran peso de encima –. Pero ahora dime, de verdad ¿Qué haces aquí? Sé que no solo has sido atraído por el poder de la música – rió.
  – ¿A ti no te puedo engañar? – preguntó dejando escapar una risa nerviosa –. La verdad es que vengo a ayudarte, Samus

  No necesitó más palabras. Estaba claro que se refería a aquello por lo que discutieron hacía ahora medio año y que tan lejos quedaba ya. Muchas cosas habían cambiado en muy poco tiempo y muchas más estaban por cambiar. Empezando por su misión.

  – ¿Aún la tienes? – preguntó Lucio.
 – Si, a buen recaudo. Tenía la esperanza de que recapacitaras para poder esconderla bien – respondió sonriente.
  – Muy previsor – le puso la mano en el hombros – Además de esconderla, tendremos que dejar pistas para que la encuentre en el momento adecuado – dijo mientras buscaba algo en su bolsa –. Pero tranquilo, lo tengo todo bien planeado.
  – ¿Qué la encuentre? ¿Quién? – preguntó con una mueca que daba a entender su confusión.

  Como toda respuesta, Lucio le tendió un viejo cuaderno de tapas de cuero negro desgastadas por el tiempo, el uso y los constantes viajes en una bolsa. Samus lo cogió para observarlo más detenidamente. Las hojas estaban arrugadas, dobladas y rotas. Había sido muy maltratado. No tenía título y al abrirlo pudo ver como estaba escrito a mano, con un pluma ágil y una letra afilada y elegante.

  – Es el diario de Avalon – dijo Lucio mientras lo revisaba –. Si va a volver, o reencarnarse, como prefieras, creo que le será útil recuperar sus antiguas memorias. Lo usaremos para dejar las pistas.
  – ¿Pistas? ¿Cómo que Avalon va a volver? – estaba más perdido que un lobicornio en el desierto. Acababa de terminar un concierto y las notas aun flotaban por su cabeza. Lucio y su don de la oportunidad.
  – Te lo explicaré por el camino – sonrió al ver como estaba Samus –. Ahora no tenemos tiempo que perder. Venga, cambiate que nos vamos – dijo caminando hacia la salida
  – ¿¡Qué!? ¡Espera! No puedo irme así como así – en su voz sonaba casi una súplica ante las prisas de su amigo – Tengo conciertos, y obligaciones ¿Al menos podrías explicarme a donde quiere ir?
  – Pensé que era obvio – dijo sin detener su caminar hacia la salida –. A esconder la Joya de la Vida.


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