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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (VII)

   Lucio se sentía flotar en medio de la inmensidad.
  Su cuerpo era liviano y se movía al compás del místico ritmo de la corriente, como una hoja llevada por el viento. Sus extremidades parecían no pesar nada, al igual que todas sus preocupaciones y temores. Aun no se atrevía a abrir los ojos por miedo de lo que se podría encontrar. Por si la magnificencia del poder del Eon en todo su esplendor fuera demasiado para su mente, aunque parecía el paraíso. Pequeñas chispitas chocaron contra su cuerpo creando suaves descargas eléctricas. Los hilos de energía le acariciaban los dedos y los mechones de su pelo suelto le provocaban ligeras cosquillas que lo hicieron sonreír. Allí dentro, todo se intensificaba.
  Se dejó arrullar por el dulce sonido que creaban las pulsaciones del río. Como el susurro de las hojas del bosque, el relajante sonido de las olas del mar, murmullos y tímidas risas en la lejanía, el arrullo del viento entre las montañas; nada era suficiente para describir aquel bello cantar. No llegaba ningún sonido del exterior, era como estar en un mundo a parte donde no podía existir el dolor, solo la eternidad.

  Finalmente, se armó de valor para abrir los ojos.

 Todo era azul, como si estuviera usando su poder para ver el Eon. Llamas turquesa bailaban al son de una música que solo ellas entendían. Chispas brillantes e intermitentes se arremolinaban a placer entre los torrentes de energía. Y almas. Cientos, miles de ellas que volaban por el universo etéreo e ingrávido en el que existían. No emitían ningún sonido, flotaban sin rumbo fijo, siguiendo la corriente. Una de ellas le atravesó el cuerpo como si no estuviera allí. Un agradable calor lo abrazó con ternura; eran los sentimientos de esa persona. El alma era feliz en ese lugar. No sintió miedo, ni temor a la Muerte. Nada de lo que le había preocupado cuando estaba viva importaba ya. Lucio sonrió sin darse cuenta al asimilar todo eso. Nunca pudo imaginar que existiera un lugar tan maravilloso y pacífico como ese.

   Negó rápidamente con la intención de concentrarse. Sabía que no tenía mucho tiempo antes de que toda su energía fuera absorbida por la corriente. Debía buscar a Avalon, o su alma, lo más rápido posible. La cuestión era como. A su alrededor, miles de entes discurrían como el agua de un rio, con caras traslúcidas difíciles de reconocer que se entremezclaban unas con otras. Era como buscar una aguja en un pajar en una carrera contrarreloj.
  Flotó inquieto en medio de la inmensidad, sin saber que hacer o por donde empezar. Por primera vez desde que estaba allí sentía la ansiedad de la locura que había cometido. Lo imposible que era aquella hazaña. No podía. Nunca lo conseguiría.
  Lucio se encogió sobre si mismo respirando entrecortadamente. Debía tranquilizarse para pensar y recordar todo lo que sabía de aquel lugar. La corriente se extendía por todo el planeta en un torrente continuo. Sería incapaz de recorrerla entera sin ser absorbido en el intento. Observó el comportamiento de las almas más cercanas a él. Se removían entre los hilos de energía, danzando en la corriente, siempre cambiantes. Por un momento eran jóvenes, al siguiente ancianos, cambiaban de sexo o se convertían en niños. Ninguna tenía una forma estable por más de unos segundos. Fue entonces cuando lo recordó.
  El Eon era la forma de energía elemental, primigenia, pura. Y como tal, siempre se transformaba, pero nunca desaparecía. Podría haberse pasado la eternidad buscando en la corriente que nunca habría encontrado a su amigo. Todas sus partes debían de estar desperdigadas por el río y solo había que juntarlos.
  Respiró hondo, en pos de tranquilizarse. Debía dejar que todo el pánico que había sentido hace un momento desapareciera y que su mente se centrara solo en los recuerdos con él. Su rostro se relajó y cerró los ojos despacio, concentrado. En su mente comenzaron a aparecer diversas escenas inconexas a gran velocidad. Los viajes, las aventuras, las conversaciones; todo lo que tuviera que ser con...

  – Avalon – susurró.

  Su voz reverberó en la corriente, mezclándose con los susurros, las olas, el viento y las pulsaciones. El eco se intensificó haciendo que el nombre del héroe se repitiera continuamente como un sonar, buscando algo en el infinito.
 Unas lucecitas danzantes comenzaron a arremolinarse frente a él. Algunas almas se vieron absorbidas junto con algunos hilos de energía que serpenteaban cerca. En un instante, toda aquella espiral tomó forma hasta convertirse en una persona. Lucio abrió los ojos de nuevo y tuvo que ahogar un grito de expectación al distinguir su figura. Allí estaba él, aunque no en carne y hueso.
 Traslucido, emitiendo un ligero fulgor azulado que se llegaba a mimetizar con el entorno. Pero era él. Tenía la misma ropa de ese día: la capa, el chaleco, las botas, los guantes, hasta su sombrero de ala ancha que siempre llevaba. Parecía confuso y se observaba a si mismo intentando asimilar que volvía a ser él, por un alguna obra divina. Lucio no daba crédito a sus ojos. Estaba frente a él de nuevo. Lo había conseguido.
  Boqueó varias veces, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Después de todo ese tiempo, volver a verlo era una impresión más grande de la que esperó. Que decir, que admitir, que ocultar. Eran demasiadas sensaciones a la vez.

  – ¿Lucio? – le escuchó preguntar, incrédulo.
  – Cuanto tiempo sin verte, Avalon – sonrió con nostalgia. Estaba demasiado feliz como para intentar reprimirla.
  – ¿Qué haces aquí?
  – Yo vine… .

  Sus voces resonaban en un místico eco que no desentonaba con el pacífico ambiente que reinaba. A pesar de ello, la tensión cayó sobre ellos. Lucio sabía que no le quedaba mucho tiempo allí, y en ese punto, se sentía hasta ridículo por haber llegado tan lejos por recuperar a su amigo. Mil veces se había reído de las leyendas de otros países sobre hombres que llegaban hasta el inframundo para hacer actos suicidas llenos de heroísmo. Y ahora estaba haciendo lo mismo, pero en la realidad. Quería decir tanto y el tiempo corría en su contra. Sería un Dios, pero ahora mismo se sentía como un humano adolescente, perdido y solo.

  – He venido a buscarte – dijo con determinación –. No pienso irme de aquí sin ti, Avalon.
  – ¿Venir a buscarme? – preguntó como si no lo hubiera oído bien –. Pero Lucio, es una locura. Algo imposible.
  – Lo imposible solo es algo más difícil – le cortó repitiendo sus mismas palabras.
  – En este caso, imposible es algo mucho más que eso – suspiró con pesar –. Te lo agradezco, pero créeme que mi destino es estar aquí. Es por el bien de todos.
  – ¿Cómo va a ser el bien que te hayas sacrificado por un reino que se desmorona? – lo encaró –. No se si te has dado cuenta pero el mundo se cae a pedazos desde que desapareciste – la desesperación y el dolor impregnaban cada una de sus palabras.
  – Lo se. Pero lo que ahora son pedazos, dentro de años será un nuevo mundo. Y cuando llegue el momento, volveré para verlo – dijo con tono tajante en un intento de hacerle desistir.
  – ¿Por que esperar para ver ese nuevo mundo y no ayudar a crearlo? Los Eonins han comenzado a construir la academia. Se que quieres ver tu sueño hecho realidad, Avalon. Por favor, regresa.

  Alargó una mano para coger a su amigo del antebrazo con la idea de salir de allí juntos, pero solo consiguió coger aire. La silueta del brazo de Avalon se difuminó durante unos segundos antes de volver a formarse.

  – No puedo volver, no aún – susurró mirándole con pesar –. Mi forma física ya no existe.

  Lucio se observó las garras sin poder creelo. Estaba allí, en lo más parecido al fin del mundo que existía, en un río de almas y energía. Había bajado al mismísimo Inframundo como esos tontos de las leyendas. A ellos siempre les salía bien la hazaña ¿Por que a él no?
  La frustración y la impotencia se apoderaron de cada fibra de su cuerpo. Una furia casi animal se apoderó de él. Arremetió contra la figura de Avalon entre gruñidos y jadeos, dando zarpazos salvajes al vacío en vanos intentos de sujetar algo de esa energía azulada que formaba la figura. No valía como amigo, no valía como Dios ¿Es que serviría para algo en esa absurda existencia? Las lagrimas comenzaron a recorrer sus mejillas. Ni se esforzó en retenerlas, ya no tenía sentido hacerlo.

  – ¡No he llegado hasta aquí para nada!-bramó con la voz impregnada de dolor, rota –. ¡No pude detener esa estúpida guerra! ¡No te pude salvar antes y tampoco ahora! ¡¿Cómo quieres que viva con esta culpa!?

  Avalon dejó que descargara su ira contra lo poco que quedaba de él. Después de tantos años juntos, entendía sus miedos y se arrepentía de haberlos hecho realidad. Desde los principios de la creación, Lucio se había sentido solo en un mundo de continua evolución. Se había prometido a si mismo que haría todo lo posible para que no se volviera a sentir así nunca más. Había fallado. El destino era caprichoso y él había roto su promesa a pesar de todo. El también se sentía culpable. Parecía que ambos debería existir con sus cargas.

  – Lucio, para… .

  Su figura fantasmal lo abrazó en el aire. Era extraño que te abrazara un ánima traslúcida pero aquello consiguió calmarlo. A pesar de que no se tocaban, Lucio pudo percibir todo lo que Avalon sentía y por unos segundos, volvió a sentir que todo estaba bien. Que estaban juntos acampando en un bosque remoto, buscando aventuras y viviendo nuevas experiencias. Bellos recuerdos que ambos atesorarían por el resto de los siglos.

  – Déjame ir, por favor – susurró Avalon sin soltarlo –. Créeme que nada de lo que pasó fue culpa tuya, fue el destino; algo que ni un Dios puede cambiar – suspiró –. Ahora te necesito en Eon para que hagas lo que yo ya no puedo.
  – ¿Cómo sabré que lo estoy haciendo bien? ¿Qué no te decepciono? – preguntó con voz rota por las lágrimas.
  – Lo harás muy bien. Cree en mi que creo en ti – rió repitiendo la frase que solían decirse en los momentos de flaqueza.

  Lucio sonrió aliviado. Puede que fuera el efecto de la corriente de Eon, aunque lo más seguro, era que el hablar con él de nuevo le había devuelto las fuerzas de vivir. Se separó despacio de su etérea figura y se seco de mala manera los restos de las lágrimas que aun quedaban en su rostro. Era hora de que se terminaran los lamentos.

  – ¿Era cierto aquello que me dijiste? ¿Volverás?.
  – Al igual que Alastor – asintió –. No nos reconocerás a ninguno, pero esta lucha no se ha terminado aún. Pasarán años antes de que podamos encontrar una nueva forma física. Una reencarnación, si así lo prefieres – por un momento dudo – No podré recordarte.
  – Pero yo a ti sí – dijo con renovado optimismo –. Te estaré esperando, Ava...

  Una sacudida eléctrica le hizo convulsionarse con fuerza en un segundo. Lucio ahogó un grito de dolor que quedó en un gemido roto. Cayó de rodillas, flotando en aquella azulada inmensidad. Se encorvó dolorido llevándose una mano en el pecho, le costaba respirar. Pequeños rayos azules recorrieron su cuerpo, erráticos, provocándole un dolor inimaginable. Estaba pasando.

  – ¡Lucio!

  El Dios apretó los dientes con fuerza para no gritar de agonía. Sentía como su energía era absorbida como si una mano gigante intentara partirlo en dos. Su Eon era llamado a formar parte de la corriente de vida. Había pasado allí demasiado tiempo.

  – ¡Vamos, levantate! ¡Si te quedas aquí morirás! – lo apremió con el miedo impregnando su voz.

  Lucio no contestó pero una sonrisa rota asomó en su rostro por la ironía. Había buscado durante mucho tiempo su propia perdición, hasta había aceptado morir por salvar a su amigo. Y ahora, que por fin miraba la luz a través del túnel, el destino volvía a llamar a su puerta. Desde que había entrado allí, pensó que estaba en un paraíso de ensueño, sin dolor y sin penas. Era obvio que se equivocó. Lo que estaba sintiendo ahora no lo podría igualar ni la peor de las torturas.

  – Cr-creo que es el f-fin p-ara mi – jadeó.

  No pudo mantenerse por mucho más tiempo de rodillas. Se dejó caer con un gemido de dolor. Se retorcía, se clavaba las garras en cualquier parte del cuerpo para que este respondiera y le dejará salir de allí. Pero era inútil. Iba a morir. Entre convulsiones pudo ver la cara preocupada de Avalon, presa del pánico, de la impotencia, de la preocupación. En un último relámpago de consciencia pensó que no hace mucho las tornas eran distintas. Él sabía lo horrible que era ver morir a tu mejor amigo, y ahora, sabía que era horrible morir viendo la cara de un ser querido.

  Ya se daba por acabado. Su energía era ínfima, la suficiente como para mantenerle con vida antes de que fuera succionada por la corriente. Cerró los ojos, dispuesto a aceptar su propio final cuando lo sintió.
 Algo lo asió por la cintura con fuerza, tirando de él como un látigo. Abrió los ojos de la impresión justo a tiempo para ver como volaba entre las luces, las almas, los hilos de energía y como estos se alejaba a gran velocidad hasta que volvió a ver la pared escapada de la caverna. Voló por los aires, sintiéndose aún ingrávido hasta que las leyes física volvieron a su sitio y cayó de espaldas contra el suelo haciendo resonar la cueva del gran golpe. Hebi no tardó en seguirle, tirándose a su lado jadeante mientras su cetro se desmaterializaba en pequeñas luces azules. Había conseguido sacar a Lucio justo a tiempo y no había sido nada fácil.

  Ambos Dioses miraron el techo en silencio, concentrándose en el sonido de sus respiraciones erráticas y en las pulsaciones de la corriente. Lucio aun era víctima de alguna sacudida eléctrica que de vez cuanto que le arrancaba leves gemidos de dolor. Pronto, la pequeña llama de Eon que conservaba volvería a tener toda su fuerza. Unos segundos más allí dentro y no tendría ni esa mínima parte de su poder. No sería nada, nunca jamás podría volver a recuperar su forma física. Le debía una grande a su compañero.

  – Gracias – musitó.
  – No hay que darlas – dijo Hebi tajante sin apartar la vista del techo –. Se me da bien rescatar a locos suicidas como tu.
  – ¿Hay muchos Dioses que se tiren a la corriente vital? – preguntó en una risa que quedó en un quejido.
  – Solo los locos que han perdido el juicio – suspiró –. Insensato. Casi no lo cuentas.
  – Lo se – el semblante de Lucio se serenó recordando lo que había vivido ahí dentro –. Creo que por fin se lo que debo hacer, Hebi.
  – ¿El destino? – preguntó enarcando una ceja.
  – El destino – asintió.

  Otro silencio, este más tranquilo, cayó sobre ellos. Cervezo se acercó a su amo en busca de la recompensa por haberle ayudado a salvar a su amigo. Los dos habían tirado fuerte del cetro de Hebi, luchando contra la fuerza de la corriente de Eon para sacarlo. No había sido fácil y estaban agotados, aunque el resultado era inmejorable.

  – Oye – lo llamó mientras acariciaba una de las tres cabezas del perro –. ¿Cómo es ahí dentro?

  Lucio esbozó una sonrisa ladina ante su curiosidad.

  – Un paraíso hecho infierno.

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