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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (VI)

   Los Montes de Farin dormían.
  Escondidos en lo más alejado del reino, en medio de esa tierra de nadie, los gigantescas montañas seguían sumidas en su eterno letargo. Colosales masas de roca escarpada que rozaban el cielo e intimidaban a cualquier incauto que osara acercarse a su hogar. Ningún animal se atrevía a vivir allí, ningún humano, nadie. Ni el río Tonli, que allí nacía, era capaz de alzar la voz. Solo era un murmullo quedo y tímido, que aliviaba el ambiente sin romper el silencio sepulcral reinante en cada rincón del macizo, creando la soledad más absoluta. Solo el gélido viento tenía el valor de aparecer serpenteando entre las cumbres, indómito; como un travieso diablillo invisible que intentaba arrancarle algún sonido a ese inhóspito lugar. Erosionaba las montañas a placer creando laderas imposibles de escalar, cubría de nieve las picos más altos y se colaba por los recovecos más increíbles para escuchar como silbaba la montaña. Pero ni eso conseguía romper la quietud del lugar. Era la nada.

   Lucio arrastró los pies alcanzando el final de una empinada ladera. Sentía la garganta congelada del frío y resollaba del esfuerzo de haber ascendido hasta allí; pero por fin había llegado.
  Pocos eran los que habían tenido el privilegio de llegar tan lejos y contemplar las maravillas que ofrecía aquel paraíso solitario. Las montañas se cernía imponentes y intimidantes sobre el pequeño valle que escondían, protegiéndolo del exterior como una coraza casi impenetrable. Delicadas y coloridas flores salpicaban un poco de color sobre ese monótono lienzo de piedras, rocas y maleza. Algo de luz y de vida en un terreno yermo y muerto. Pequeños rayos de sol se filtraban entre los huecos de las montañas, cubriéndolas con los tonos anaranjados del atardecer. Allí, a lo lejos, inaccesible, donde comenzaban otras tierras y mundos por recorrer.
  Una fuerte corriente de viento hizo que se encogiera sobre si mismo y que sujetara con fuerza su capa para que no saliera volando. El frío le caló los huesos, pero había llegado muy lejos como volver ahora atrás. Contemplar las vistas estaba muy bien aunque no era momento de detenerse. Se arrebujó lo mejor que pudo y comenzó el descenso.

   No era la primera vez que iba a ese páramo. No en vano era el lugar con más energía de Eon de la tierra y eso se debía a varios motivos. Aunque a primera vista pareciera un lugar alejado del mundo, solo un paso entre reinos que pertenecía a la naturaleza, aquel paraíso entre montañas guardaba un secreto para el resto de los mortales y los seres como él, los Dioses, se aseguraban de que siguiera así.
Lucio se dejó resbalar por la ladera creando una leve avalancha de piedras. En un sitio tan silencioso, el pequeño acto resonó con eco como si se tratara de un alud de grandes magnitudes. Llegó abajo sin mayores complicaciones e intentó ubicar la entrada de la cueva que buscaba de entre las cientos que se escondían entre las paredes montañosas. No fue difícil hallarla para sus ojos.
  Caminó con tranquilidad hasta comenzar a subir un estrecho y empinado sendero de cabras que serpenteaba por la pared de la montaña. Colocando una mano sobre la rugosa superficie, Lucio notaba las vibraciones internas de la roca, esperando pacientemente a encontrar el lugar exacto. Era cierto que buscaba una cueva, aunque esta no estuviera a la vista. Los humanos nunca se paraban a sentir a la naturaleza y mucho menos a adentrarse en parajes solitarios como ese. Aquel lugar remoto, abandonado, era el lugar perfecto para esconder los poderes más grandes del mundo.

  Se detuvo de golpe cuando sintió la punzada eléctrica. Sutil, instantánea, como un rayo. Esbozó una sonrisa ladina y en el tiempo que se tarda en suspirar atravesó la pared como si no estuviera allí realmente. Un espejismo, un juego de sombras ideado para disuadir a los aventureros más insospechados y salvaguardar así el secreto mejor guardado de la humanidad. Los Dioses lo guardaban. El primer rey, Noa, lo guardó. Y Avalon también lo hizo.
  Tuvo que agacharse bastante para entrar y no darse un golpe en la cabeza. Estaba solo en medio de una oscura caverna que apestaba a humedad y moho. Una nauseabunda cueva estrecha y áspera que hacía el intento de pista de obstáculos entre las estalactitas y estalagmitas que la adornaban. Se escuchaba a los murciélagos chillar desde lo más profundo de la galería, negra como una noche sin Luna. Un humano habría buscado cualquier fuente de luz a la que aferrarse como un clavo ardiendo, pero no era el caso de Lucio. Sus ojos se adaptaban a la oscuridad con una facilidad pasmosa y no tardo ni un segundo en comenzar el camino entre rocas, goteras y musgo.
  La cueva se cerraba ante él como la boca del lobo mientras el camino se estrechaba más y más hasta hacerle caminar un poco encorvado. Rechinó los dientes, molesto por la posición en la que se veía obligado ir, arrastrando los pies que más de una vez tropezaban con los salientes de la roca dentada. Encontró un gran alivió cuando llegó a la zona donde la cueva se empinaba hacia abajo, al centro de la Tierra. Se echó hacia atrás todo lo que le permitió el reducido espacio haciendo que sus huesos crujieran antes de continuar. Tenía que agarrase a las paredes y al techo para no caer entre resbalones en la gravilla y la pronunciado de la cuesta. Usaba todo su sentido del equilibrio para mantenerse en pie y poco a poco fue bajando hasta llegar al final, donde otro largo pasillo le esperaba, estaba vez era el final.

  El aire estaba enrarecido allí abajo. Era denso, pesado, sucio, difícil de respirar. Solo de intentar tomar una bocanada profunda podías marearte y sentir como se estrechaban más las paredes de la cueva. Y era mejor no pensar que justo sobre tu cabeza estaba una gigantesca montaña y varios metros bajo Tierra. Un claustrofóbico habría muerto del infarto.
  Lucio se sacudió un poco de polvo de su camisa y miró hacia delante. Sus puntiagudas orejas se movieron ligeramente, inquietas al captar las pequeñas vibraciones en el ambiente. A lo lejos, un punto titilante de luz lo atraía como un alma perdida que iba a pasar al otro lado. Nunca una comparación fue más acertada.
  Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro a medida que seguía el pasillo. El brillo era cada vez más intenso y el suelo parecía temblar bajo sus pies con cada paso que daba. Le pareció oír el sonido del agua correr pero con intensidad. Una cascada continua, un río a gran velocidad, suaves pulsaciones de una corriente etérea. Aceleró el paso gradualmente hasta que lo convirtió en una carrera hacia lo desconocido. Todas las sensaciones se intensificaron al igual que su emoción por llegar de una vez por todas. Cuando alcanzó el final del túnel, la luz lo cegó.
  Un resplandor lo recibió con la fuerza de mil soles. Automáticamente, colocó los brazos delante de la cara en un vano intento de protección para aplacar su fulgor. Parpadeó varias veces intentando acostumbrarse a la repentina claridad hasta que hubo disipado unos molestos puntos negros que jugueteaban con su visión. Más tranquilo, relajó los brazos dejándolos caer a los lados y entonces lo vio.Un río gigantesco de color azul más claro que el cielo y el mar. Cientos de miles de luces brillantes escapaban de su frenética corriente hacia ninguna parte. No transportaba agua ni ningún líquido semejante. Era una vorágine de formas etéreas, mezcladas entre si, transparentes, metamórficas, un remolino de espirales e hilos turquesa entrelazándose entre si siguiendo el ritmo de un baile cósmico que solo ellos entendían. Parecía volar desde el alto techo de la gran caverna pulida y esmaltada por el mágico efecto del río. El hechizante sonido que provocaba la corriente rebotaba en el eco de las paredes, creando una sinfonía de ensueño que recordaba a las olas del mar muriendo en la playa y el viento jugando entre las hojas. Si los ángeles existieran, sería lo más parecido a su canto que cualquiera podría escuchar.
   Lucio cerró los ojos. Respiró de su poder, se deleitó con su música, sintió como todos esos meses de viaje desaparecían de su cuerpo, dejando cada uno de sus músculos relajados y fortalecidos. Era la magia del lugar más poderoso del mundo: la entrada a la corriente de Eon. La fuente de vida que unía a todos y cada uno de los seres de la Tierra.
   A su derecha había una pequeña escalera incrustada en la pared rocosa que lo llevaban a una ancha plataforma que marcaba las distancias entre la entrada y la corriente, dejando un amplio espacio para caminar o sentarse a contemplarla. Lucio bajó por los estrechos peldaños sin mucha dificultad, incapaz de apartar la vista del eterno correr de las luces danzantes que saltaban del río de energía o se hundían hasta desaparecer y mezclarse con el. Era un espectáculo del que nunca se cansaba a pesar de haberlo visto innumerables veces. Aquel día era diferente. No podía quedarse a mirar como siempre. Sin poder esperar más, se dio impulsó para dar un gran salto, salvando casi todo el tramo de bajada en un instante. Aterrizó sin esfuerzo en el suelo con un golpe seco y se reincorporó con la determinación plasmada en sus ojos. Era la hora.

   Como salido de la nada, una sombra resbaladiza entre la tenue oscuridad de la caverna se abalanzó sobre Lucio.
  No le dio tiempo a reaccionar. Fue más rápido que él, algo casi imposible, y en unos escasos segundos se vio en el suelo, aplastado por una pesada mole negra, inquieta y babosa. Algo pringoso cayó sobre su cara embadurnándolo por completo. La criatura no parecía tener intenciones de soltarlo, pero tampoco de atacarlo. Parecía que en vez de gruñirle como un enemigo, lloriqueara. Lucio abrió un ojo para poder identificar a su agresor y se ganó un lametón de una de las cabezas jadeantes. Las otras dos lo olisqueaban con curiosidad infantil en busca de comida o juguetes. Tal vez pensaran que su cuerpo era su nuevo juguete, quien sabe. Ahora su preocupación era sacarse esa cosa de encima. Alguien se le adelantó.

  – Vamos chico, suéltalo. Lucio ya es muy viejo para jugar.

  Todas las cabezas se volvieron hacia la voz y corrieron hacia ella con alegría. Lucio se alegraba de volver a respirar de nuevo.
  Se sentó en el suelo con una mueca de asco e intentó quitarse todas las babas posibles de la cara. Eran pegajosas, viscosas y olían a animal muerto. Suspiró hastiado y lanzó parte del pringue lejos de él. Se reincorporó sacudiéndose el polvo y se revisó el pelo en busca de más sustancias caninas.

  – Veo que ya conoces a mi can, Cervezo – se rió el extraño invitado con voz cantarina, hechizante.

  El cachorro corrió de nuevo a por Lucio, moviendo la cola con insistencia de lo feliz que estaba por tener a alguien nuevo con quien jugar. Le llegaba a la altura de la cintura y sus tres cabezas sacaban una lengua de la que caían gotas de esa baba asquerosa que se acababa de quitar de encima. Visto ahora, desde una posición más ventajosa, se dio cuenta de que no era más que un cachorro hiperactivo y adorable a su única y maravillosa forma.

  – ¿Te has buscado una mascota? – preguntó mientras acariciaba el lomo a Cervezo.
  – Si me tengo que quedar aquí encerrado durante tantos siglos creo que es justo que me busque algo de compañía – se encogió de hombros–. O mejor, podrías dignarte en visitarme más a menudo.
  – ¿Es que me echas de menos, Hebi?

  Lucio esbozó una irónica sonrisa y miró a su viejo compañero. A pesar de los años se conservaba igual que siempre. Con esa sonrisa descarada y su actitud relajada fingiendo que todo lo que pasaba en el mundo más allá de su cueva le daba igual; Hebi era la viva imagen de un seductor. Vestido elegantemente de negro desde las botas hasta la camisa y el chaleco, ese pelo azabache indomable y sus ojos verdes como esmeraldas brillantes lo convertían en el sueño de toda doncella cándida e inocente. Además, su indiferencia hacia ellas y el halo de misterio que lo acompañaba como un fantasma invisible las atraía con la fuerza de un imán. Tal vez fuera por esa incapacidad de pasar desapercibido que salía muy poco de su cueva, o tal vez se tomaba muy en serio su aburrido trabajo.

  – No mucho la verdad – se encogió de hombros –. Knox suele visitarme más que tú.
  – He estado ocupado.
 – Eso me han dicho – sonrió con sarcasmo –. Una guerra, rebeliones, guerrillas ¿Han vuelto al sistema del Senado?
  – Los humanos nunca aprenden, ya lo sabes – suspiró cansado sin dejar de acariciar al curioso perro.
 – Tu también y aun así insistes en relacionarte con ellos – cogió un palo y se lo lanzó lejos a Cervezo.
  – Son...curiosos – dijo con cierta nostalgia en la voz –. Pueden sorprenderte a veces.

  Hebi sabía bien a quien se refería. Como para no saberlo. Todos sus compañeros se habían llevado las manos a la cabeza cuando se enteraron de la decisión de Lucio de viajar por el mundo junto con un humano. Por muy poderoso que fuera, para un Dios era algo impensable.

  – Ha pasado por aquí.

  Todos los sentidos de Lucio se pusieron en alerta.
  Hebi parecía atender al can pero su mirada seria le advertía que no estaba contento. Observó el correr del río de Eon con atención, intentando discernir algo entre aquel remolino azul luminoso. Una cara, una sonrisa, una señal que le dijera que estaba ahí. Pero todo era igual en la superficie.

  – Lo sabía. Todas las almas y toda la energía vuelve a su origen – murmuró, ido.

  Desde tiempos inmemoriales, Hebi había custodiado aquella cueva para evitar que nada ni nadie pudiera entrar o salir. Ningún humano debía saber de la existencia de ese lugar y ningún alma podía escapar. Las únicas veces que unos mortales entraron fueron por designios de Helienne, nunca por casualidad. Hasta la fecha, ni un ápice de la energía de la corriente de Eon había escapado o provocado desastres. Su trabajo era fácil y aburrido, pero a él le gustaba guiar la energía de Eon de los muertos hacia la corriente y asegurarse de que se quedaban en su sitio. Un trabajo algo macabro, como si fuera la misma Parca, aunque a él le gustaba pensarse como el Dios de las Almas.

  – Sé que lo echas de menos, Lucio – dijo colocándose a su lado, observando el ir y venir de las luces.
  – No te haces una idea.
 – También sé que cuando se echa de menos a alguien se hacen locuras – dijo con fingida naturalidad.

  Lucio dejó escapar una risa forzada. No debió esperar que aquello fuera tan fácil. Hebi no era idiota. Si alguien venía a visitarlo no era solo para saludar. Se echó los mechones del flequillo hacia atrás cerrando los ojos en un vano intento de serenarse.

  – Tengo que hacerlo. Es lo único que me queda en esta vida eterna.
  – No será tan eterna si entras ahí. Ni siquiera nosotros podemos sobrevivir en la corriente sin morir.
  – Al menos moriré intentándolo.

  El silencio se cerró sobre ellos. Tenso, incómodo, casi sepulcral. Solo era roto por las incesantes pulsaciones que emitía la corriente pero ni eso conseguía alterar el ambiente que se había caído sobre ellos. El silencio que venía antes de la guerra.

  Lucio saltó rápidamente hacia atrás en el momento exacto en que Hebi invocó su cetro para golpearle. Dejó que sus pies resbalaran hasta detenerse solos a varios metro de su compañero, manteniendo las distancias. El Guardián de las Almas se colocó en posición de ataque, enarbolando su vara de obsidiana de formas zigzagueantes. Lo taladró con sus ojos verdes en señal de última advertencia.

  – No puedo dejar que cometas esa locura – su voz era tan fría y gélida como el hielo –. No si puedo impedirlo.
 – Esto no tiene nada que ver contigo – gruñó –. Apártate, no quiero luchar.

  Hebi no se inmutó.

  – Tu lo has querido – suspiró.

  De un simple movimiento, una espada apareció en su mano con un resplandor. Acero pulido con inscripciones en la hoja y una garra en la guarda. Apretó la empuñadura con fiereza y entrecerró los ojos sin perder de vista a su compañero. Rojo contra verde se unieron durante interminables segundos.

  En la caverna resonó el choque de las armas.

  En lo que se tarda en parpadear se habían lanzado en un feroz ataque contra el otro, presionando con fuerza para no ceder en sus convicciones. Lucio rugió de frustración consiguiendo hacerle retroceder. Hebi silbó bien alto antes de propinarle una buena patada en el estomago para sacarlo fuera de su camino. Cervezo se lanzó ladrando a por él, pero esta vez no lo cogió por sorpresa. De un rápido movimiento, Lucio se agachó para esquivar al perro, lo empujó con la guarda de la espada, lejos de la zona de batalla y sin perder ni un instante, volvió a atacar a su compañero con la espada en alto.

  Los golpes y las estocadas se sucedían a una velocidad imposible para el ojo humano. Solo se oía el entrechocar de las armas, los jadeos, los gritos y las maldiciones que se propinaban entre ellos.
Hebi únicamente podía defenderse de los furiosos ataques de su compañero que no le daba ni un respiro. Se le notaba lleno de rabia y rencor, lo estaba descargando todo contra él y su espada. A pesar de que se dejaba llevar, la técnica de Lucio era impecable gracias a años de entrenamiento. Debía esperar el momento propicio para contra-atacar.
  Cuando vio un hueco, no lo dudo ni un segundo. Consiguió esquivarle de un salto hacia atrás y le lanzó una ráfaga de ondas cortantes azuladas. Lucio interpuso la espada para bloquear todos los ataques sin mucha dificultad, creando una pequeña cortina de humo por los impactos. Pronto se vio oculto entre una neblina espesa y amarillenta que le impedía ver a su contrincante. Todos sus sentidos estaban alerta ante cualquier mínimo indicio de la presencia de Hebi. Sus puntiagudas orejas se movían inquietas para discernir su posición y un halo azul traspasó sus ojos rojos para poder ver que sucedía más allá del polvo que lo rodeaba. Interpuso su espada por un costado justo a tiempo de que otra onda cortante lo golpeara. Las ráfagas se sucedían por todas direcciones haciéndole muy difícil el defenderse. Era una distracción, lo sabía, pero Hebi se movía muy rápido como para poder devolverle los golpes. Sintió una presencia a su espalda y él mismo lanzo una ráfaga en esa dirección con la esperanza de darle, consiguiendo disipar por fin la densa niebla. Hebi saltó muy alto para esquivarla y se lanzó en picado a por Lucio.
   El choque reverberó en la caverna y creó una onda expansiva que lanzó a cada uno a un extremo de la cueva.
  Cervezo corrió a socorrer a su amo que se levantaba renqueante, apoyándose en su cetro para mantener el equilibrio. Lucio también se incorporaba desde el cráter que había creado con su caída y vio el mal estado de su compañero. Era su oportunidad.
  Lanzó su espada al suelo haciendo que se desintegrara en brillantes azules y corrió lo más rápido que pudo hacia el borde de la corriente de Eon. Se sentía desfallecer pero era ahora o nunca. Jadeante por la batalla, aceleró el ritmo todo lo que le permitía su maltrecho cuerpo. Ya casi estaba, podía sentir como sus dedos rozaban la etérea superficie del río de energía.

  – ¡LUCIO! ¡NO!

  En un último intento por salvarlo, Hebi proyectó un lazo de luz desde su cetro que lo atrapó como un látigo en el momento justo en que iba a entrar en el torrente. Tiró de él con todas sus fuerzas. No dejaría que se suicidara de esa forma.

  – ¡Hebi suéltame! ¡Tengo que intentarlo! – rugió sin dejar de intentando soltarse.
  – ¡No lo conseguirás! ¡No dejaré que tires tu vida de esta forma! – dijo entre dientes por el esfuerzo de retenerlo.
  – ¿¡Qué clase de vida es aquella en la que no puedo salvar a mi mejor amigo!?

 El grito se hizo eco en las paredes.
 Lucio dejó de forcejar. y se encogió en si mismo con un niño desamparado. Hebi se relajó, mirando a su compañero con nuevos ojos. Sabía bien lo que le pasaba. ¿Quién entendería mejor a un ser inmortal que otro?. Todos los Dioses vivían con resignación su eternidad; pero no él. Necesitaba un significado, una función. Cualquier cosa que le hiciera seguir adelante. Y ahora, la única razón de existencia que había conocido estaba en esa corriente.

  – Es la vida de un Dios.
  – Pues tendré que dejar de serlo.

 Lucio se giró veloz y con sus garras cortó el lazo que lo retenía. Lanzó una rápida mirada de determinación a su compañero y se tiro de cabeza al vacío. Pudo escuchar el grito desesperado de Hebi llamando por él, pero ya era tarde.

   Ahora, solo había luz.  

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