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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (V)

    – ¡Fuera de nuestra ciudad, brujos!

   Una piedra voló por el aire impactando contra una ventana. Cientos de gritos se alzaron con estruendo, convirtiéndose en un bullicio denso, condesado, como un zumbido. Lo que hasta hace un momento era una mañana tranquila en la plaza principal de Hellige se había vuelto una turba iracunda, caótica, de hombres y mujeres protestando. ¿Su objetivo? Los Eonins.
   Desde que la guerra terminara hace seis meses la gente los miraba con malos ojos. Se contaban leyendas horribles sobre ellos. Calumnias e infamias de que tenían tratos con seres oscuros que le daban ese extraordinario poder que poseían, o peor aún, que se habían inventado la existencia de la Joya de la Vida para que comenzara la batalla y hacerse con el control del reino. Claro que solo hablaba el miedo y no el sentido común. Era increíble como con un par de rumores, el pueblo era capaz de olvidar todo el bien que hicieron. Aunque Hellige no era cualquier sitio.

   Situado lo más al norte posible del reino, Hellige gozaba de una vida tranquila y sin muchos contratiempos gracias a su posición estratégica entre los montes de Farin. Nadie se atrevía a subir hasta allí y menos en invierno, pues los caminos se bloqueaban por las nevadas, además de que se decía que cerca de allí es donde Helienne dejó caer su lagrima y no era raro escuchar a sus gentes jactarse de que era un pueblo bendecido por la gracia de la Diosa. Pero si que era pequeño. No más de una treintena de casas de madera construidas a mano por sus propietarios. Su insignificancia fue una ventaja a la hora de la guerra pues nadie se acordaba de que existían. Si salía en los mapas, solo era porque era el último lugar antes de salir de Eon por el norte, y porque era el hogar del Guardián.
Hellige no estaba orgulloso de esto último. Para gente tan cerrada en sus montañas no era fácil asimilar que las fuerzas de la naturaleza se podían manejar al antojo. Eran conservadores, profundamente religiosos, orgullosos y tradicionales. Por eso cuando Avalon comenzó a dar sus primeras muestras de su poder lo mandaron lo más lejos posible acusándolo de brujería. Ahora, años más tarde, y aun siendo considerado un héroe, la simple existencia de los Eonins era muy mal recibida en ese pueblo perdido en medio de la nada.
   Cualquiera que osara acercarse, aunque fuera de paso, era castigado con la cólera de Hellige. Y eso era justamente lo que pasaba en esos momentos en la plaza.

   Era un grupo bastante numeroso de hombres y mujeres que a simple vista pasaban desapercibidos ante los ojos de los demás. Vestidos con capas azul turquesa, sin a penas hablar entre ellos, intentando mezclarse con los aldeanos para no crear problemas. Venían huyendo desde la capital y lo que menos querían era otra muchedumbre furiosa que los atacara. Todo había ido bien hasta que un caballo se descontroló en medio de la plaza. El relincho asustado creó el pánico y la gente solo sabía gritar de terror y correr. Nadie hizo el amago de ayudar al pobre comerciante que iba en el carromato que arrastraba el animal. Nadie salvo uno de los Eonins.
  Solo se vio un resplandor azulado, una ráfaga de viento y el hombre estaba fuera de peligro y el caballo tranquilizado. Toda la plaza quedó en un absoluto silencio que nadie se atrevió a romper. Las miradas de impresión se sucedían entre unos y otros, esperando a ver quien sería el primero de hablar. Fue la calma antes de la tormenta. Cuando la primera piedra voló, todo Hellige se lanzó encima de los viajeros.

   Y así continuaba.

  Los aldeanos los tenían rodeados entre gritos, improperios y lanzamiento de proyectiles. Los Eonins solo podían esquivarlos y aguantar a la muchedumbre con la mayor entereza posible. No querían hacerles daño, no se lo merecían a pesar de como los estaban tratando. Ellos habían sido entrenados por el mismísimo Avalon. Él les había enseñado que su deber era proteger a los habitantes del reino a pesar de todas las cosas. Si era verdad que les habían advertido del escepticismo del pueblo, nunca llegaron a pensar que tendrían que vivir siendo prófugos de la ley y repudiados por todos aquellos a los que cuidaban.
  Comenzaron a retroceder, intentando inútilmente que todos entraran en razón. No iban a usar su poder contra ellos, no les harían daño. Pero los gritos eran más altos que sus voces entrecortadas y terminaron contra un muro al que cada vez se pegaban más por la cercanía de todo el mundo. Estaban acorralados.

   Una sombra observaba todo desde la distancia.
  Oculto en su capa, lejos de todo el caos que se había formado, Lucio se debatía si debía intervenir o no. Había llegado allí hace pocas horas. Una parada rápida antes de continuar su camino y conocer por fin el pueblo que repudió a Avalon años atrás. Sin duda, las duras críticas que le había hecho no le hacían justicia. Lo había descrito como un lugar cerrado, retrógrado y alejado del mundo. Un pueblo de bárbaros ignorantes en comparación con las revueltas que se sucedían en el reino durante los últimos meses. ¿A quien se le ocurría atacar de aquella forma a los Eonins?
  Desde que la guerra había terminado se comentaba que no solo los escasos soldados de Alastor habían sufrido persecuciones. Muchos Eonins se escondían con miedo del pueblo llano, acusados de brujería, traición y conspiración de asesinato contra el rey. Hasta los tomaban como los incitadores a la guerra y muchas veces se les juzgaba como tal en los tribunales. Pero no quedaban ahí las terribles atrocidades. Se comentaba por los caminos que la iglesia se había separado: un cisma en la Sagrada Orden de Helienne. Al parecer, algunos sacerdotes muy cercanos a la monarquía llevaban un tiempo instigando a los novicios con nuevas teorías imaginarias en las que colocaban a los Eonins como los servidores del mal y que debían irse de esa orden abarrotada de paganos y marionetas de los Dioses. Que había que crear una orden nueva que siguiera los dictámenes originales de la creación y que castigara cruelmente la manipulación del Eon. Al final habían conseguido crearla aprovechando el descontrol de gobierno del reino. Eran muy pocos y Lucio no pensaba que fueran a durar mucho tiempo, pero era lamentable. Cuando se enteró de aquello, le habría gustado contárselo en persona a sus compañeros. Seguro que más de uno se habría reído con ganas alegando la estupidez humana y que en cuanto vieran que no se podrían defender sin recurrir al Eon todos se retirarían. Él no podía estar más de acuerdo y pensaba dar un pequeño empujón a la humanidad para que esa facción desapareciera cuanto antes. Una buena forma de empezar con ello era abrir un poco las mentes de los habitantes de Hellige.

   La marabunta enfadada no daba señales de dejar ir impunes a los viajeros que no hacían ni el amago de defenderse. Se preguntaba lo que habían tenido que sufrir solo para llegar hasta allí. Eran jóvenes con buen corazón que habían luchado por el bien de aquellos que ahora les perseguían. No era un justo. Lucio suspiró cansado y se preparó para salir en su ayuda. Aunque ya no hizo falta.
 Una piedra más voló por el cielo, directa hacia uno de los Eonins acorralados como ratas. Él no pensaba hacer nada para defenderse, el miedo se lo impedía. Pero el proyectil nunca llegó a su destino.

   – ¡BASTA!

  Una onda de aire azul cortante se interpuso en su camino partiendo la piedra por la mitad. Un grito ahogado se hizo eco en la plaza, seguido de un intenso silencio solo roto por los trozos del proyectil al caer al suelo. Un joven se adelantó de entre la multitud con mirada seria y paso seguro. Todos los aldeanos se apartaron de su camino más pálidos que la cera al reconocerlo, no en vano había crecido allí como uno más, pero al parecer también era uno de ellos.
  Su presencia ahora era tomada por una amenaza entre los aldeanos y una salvación divina por parte de los Eonins. El muchacho se colocó delante de los viajeros y se volvió hacia los habitantes de Hellige con aire desafiante. Era delgado y vestía ropas muy sucias y desgastadas. Si no hubieran visto lo que podía hacer, nadie lo temería.
   Sus ojos café recorrieron toda la muchedumbre con ira contenida, taladrando con su mirada a todos y cada uno de ellos. Sus músculos se tensaron, alerta, controlando la rabia alojada en su corazón y su alma. Había llegado el momento de mostrarse.

  – ¿En que estáis pensando? Apedrear e injuriar contra estos hombres y mujeres. Estos héroes, Eonins que han luchado por vuestro bienestar – sus palabras restallaban como látigos –. ¿Es así como el pueblo de Hellige muestra su gratitud? ¿Con piedras y amenazas?.

  Dio un paso al frente y toda la muchedumbre se echo hacia atrás asustada y encogida en si misma, observando con labio tembloroso a aquel chico. Siempre saludaba y era tan alegre cuando ayudaba a su padre en el mercado. Lo habían visto crecer y creían conocerlo. Pensar que ese joven tenía ese poder, como Avalon en su tiempo, les hacía preguntarse cuantos más de ellos se habían ocultado en el pueblo.

  – Este es el pueblo de un héroe y ninguno de vosotros los quiere reconocer – los señalo con aire acusador –. Os refugiáis en absurdas tradiciones y en vuestra pequeña roca pensando que hacéis lo correcto cuando solo estáis en un error y os convertís en cerdos ignorantes.
  – ¿Quién te crees tú para insultarnos? – preguntó el herrero, airado e irguiéndose orgulloso como la mole de músculos y pelo que era –. No eres más que un crío ¡Peor! Eres un niño que nos ha mentido, se ha infiltrado entre nosotros cuando no eres más que uno de esos sucios brujos que juegan a ser Dios.
  – ¿Y por que crees que lo hice? ¿Qué me habríais hecho si os enterabais de lo que podía hacer? – preguntó aunque sabía perfectamente la respuesta – ¿Apedrearme como a ellos?– se agachó para ayudar a que una Eonin se levantara –. ¿O echarme del pueblo como a Avalon? – los fulminó con la mirada llena de rencor.
  – ¡No menciones siquiera su nombre! – se escuchó que gritaba una mujer.
 – Tu ni habías nacido cuando echamos a ese pecador de Hellige – lo acusó el herrero–. Ni lo conociste, mocoso.
 – Pero nosotros si.

  Uno de los Eonins se situó al lado del chico con renovadas fuerzas. Saberse apoyado por uno de los propios habitantes le daba el respaldo que necesitaba. Además, ahora que habían cesado los ataques contra ellos era mucho más fácil hablar.

 – Nosotros somos alumnos del propio Avalon – dijo en el tono más calmado que pudo, a pesar de que estaba muy nervioso ante una muchedumbre furiosa –. Fue un hombre brillante y amable que supo apreciar este hermoso pueblo aún después de lo mal que lo trataron. Él pensaba que Hellige podría disfrutar de un futuro mejor y por eso nos encomendó venir hacia aquí.
 – ¿Qué quería ese demonio? – preguntó un hombre temeroso.
 – Fundar una academia – dijo el que parecía el cabecilla de los Eonins –. Un lugar donde todos aquellos con dominio sobre el Eon podrían entrenar y ser protegidos al mismo tiempo. En este lugar – recorrió la plaza con los ojos –. Se concentra una gran cantidad de energía por lo que es el sitio propicio para que nazcan muchos más Eonins.

  Los habitantes se comenzaron a ver entre ellos con recelo, pensando para sus adentros cuantos más de esos brujos habían nacido desde Avalon. Seguro que había al menos media docena escondidos entre ellos. La desconfianza era palpable en el aire.

 – Por favor, déjenme explicarme – se aventuró un poco más–. No pretendemos echarlos de su pueblo, eso jamás. Les ofrecemos protección, progreso. Hellige puede ser un lugar mucho mejor si nos unimos – esbozó una sonrisa tranquila al pensar en el futuro.

  Los murmullos y los cuchicheos no se hicieron esperar.
 Lo que les planteaban era muy duro. No solo les proponían unirse, si no que habían predicho que nacerían muchos más como ellos si se quedaban en ese lugar. Hellige era su hogar, su pueblo protegido en medio de las montañas, pero tarde o temprano este sería invadido por seres demoníacos como los Eonins. Aquello era una encrucijada, una callejón sin salida. Quedarse y unirse a ellos esperando que aparecieran más, o irse de su hogar.

  – Este lugar está maldito.
  – Los Dioses nos han abandonado ¿Qué vamos hacer?.
  – ¿Unirnos a esos diablos? Antes muerto.
  – No quiero que hijo nazca convertido en uno de ellos.

  Pronto el murmullo se hizo un zumbido desagradable. Los llantos de las mujeres embarazas se elevaron por encima de los susurros, gritando sobre maldiciones y plagas. Los hombres comenzaron a alborotarse sin saber que hacer. Su primer impulso era quemar a esos viajeros que traían noticias del infierno, pero dedujeron que aquello no arreglaría nada. Otros empezaron a irse con disimulo pero con paso acelerado, contando los segundos que los separaban de sus casas y de la libertad para escaparse de allí cuanto antes.
  Los Eonins se lanzaban miradas inquietas, esperando algún tipo de reacción por parte del pueblo. Cuando Avalon les encomendó esa misión fueron conscientes de que sería muy difícil. Les había hablado de lo cerrado y tradicional que era su hogar pero que aún así, creía firmemente que era una buena decisión. Ellos no pudieron negar que abrir un refugio para gente como ellos era maravilloso, aunque en otro lugar. Ahora, ya no había vuelta atrás.

 Poco a poco, la muchedumbre se fue disipando. Sin decir una palabra habían tomado su decisión. Dejar sus casas era mucho mejor que unirse a ellos. Decir que esperaban una mejor reacción sería mentir, pero nunca se esperaron ser los causantes del desalojo de un pueblo entero.
  Solo se quedaron en su sitio cuatro jóvenes temblorosos con miedo de la decisión que acababan de tomar. Pensaron que era hora de dejar de ocultarse y ser ellos mismo. Era un paso difícil pero en su interior sabían que era lo correcto.
  El grupo de Eonins se acercó a ellos con sonrisas amables y los brazos abiertos, como si se reencontraran con viejos amigos. El cabecilla dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Por un momento pensó que volverían a lanzarle piedras sin darle oportunidad a explicarse. Se alegraba de no tener nada roto.

  – Ha sido muy valiente – murmuró el chico a su lado-
 – Tu tampoco te has quedado atrás, muchacho – le sonrió abiertamente. Se le notaba mucho más relajado –. Te has enfrentado a tu familia por demostrar quien eres ¿Te arrepientes?.
 – Ahora no. Tal vez con el tiempo – suspiró –. Estaba cansado de negar lo que era.
 – Es difícil de asimilar. Avalon solía decir que los Eonins nacimos por una razón. Que estamos aquí para iluminar al mundo en sus momentos más oscuros – en su voz se notaba el eco de la nostalgia por recordar a su maestro.
 – Me habría gustado conocerlo – lo miró de reojo –. Pero, supongo que usted me puede entrenar en su lugar – una traviesa sonrisa se dibujó en su rostro-
 – Supongo que tengo que hacerlo. Al fin y al cabo, este será nuestro hogar a partir de ahora – rió –. Me llamo Dargus.
 – Quinoa – se presentó con una leve inclinación de cabeza.
 – Encantado de conocerte – dijo colocando una mano sobre su hombro –. ¿Me ayudarás a fundar la academia?
 – No lo dude ni por un momento.

  Lucio sonrió desde su escondite entre las sombras. Había observado todo sin haber sido descubierto, y más importante, sin intervenir. Había valido la pena pararse allí, pues había tenido el privilegio de contemplar un cambio importante para la historia del reino. Siempre supo del deseo de Avalon de crear un lugar donde los Eonins pudieran acudir a formarse. Un lugar fijo donde cualquier joven con un don pudiera estudiar y entrenar para desarrollarse adecuadamente. Ahora, su sueño comenzaba a hacerse realidad.

  – Parece que se las arreglan sin ti – murmuró.

  El espíritu de su amigo seguiría presente en cada uno de los futuros Eonins de la historia. Su legado no se perdería jamás y contribuiría al cambio de un pueblo devastado. Pero para él, aun no era suficiente. Avalon merecía ver todo aquello con sus propios ojos. Continuar con la vida que le fue arrebatada y ayudar a levantar los cimientos de su sueño. Y él estaba ahora más dispuesto que nunca a que eso sucediera.
  Se ocultó en su capa y emprendió el camino para salir del ahora pueblo fantasma de Hellige. Se imaginaba que pronto corretearían por allí nuevos Eonins, jóvenes, felices, a salvo. Aquel sería el paraíso de lo que Avalon comenzó. Pero para Lucio no estaría completo si el no estaba allí. 

– Espérame, Avalon. Ya llego.

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