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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (IX)

   El Sol se ocultaba un día más, cubriendo la tierra y bañando las montañas con el dorado de sus últimos rayos. El reino se preparaba para dar la bienvenida a la noche, pero en un lugar ya dormían. Así era desde hacía un año.
  Los alrededores del viejo palacio de Eon se habían mantenido igual desde que la guerra había terminado. Nadie se había atrevido a volver a poner un pie allí, ni siquiera para recoger las viejas armas de metal que ahora se oxidaban, rotas y corroídas por los elementos. La naturaleza comenzaba a reclamar su lugar y muchas plantas habían trepado por las espadas, las hachas y las flechas olvidadas. La Tierra era increíble; la única fuerza capaz de tapar el mal que provocaban los hombres con su bello y delicado fulgor. Donde antes había muerte y destrucción, ahora resurgía la vida a lo largo y lo ancho de todo el valle. Pronto, la guerra sería solo un mal sueño para los habitantes del reino.

   Lucio contempló el paisaje desde la misma colina donde un año atrás había observado la batalla que no pudo detener. Cuantas cosas habían cambiado desde entonces.
  Ya no había hombres, hermanos, amigos luchando por causas estúpidas. Ahora solo había verde, vida y prosperidad, sin un solo indicio de que alguien hubiera pisado esa tierra recientemente. A lo lejos, las ruinas de lo que antaño fue el gran castillo del rey se alzaban como una sombra amenazante. Un guardián oscuro y tenebroso que seguía intimidando al valle con su grandeza, a pesar de que ya no tenía ningún poder.
 Respiró hondo y dibujó una sonrisa relajada. Sus recuerdos de aquella fatídica noche se entremezclaban con el paisaje actual. Escuchaba los gritos y el choque de las armas en el ambiente, el viento le traía la tensión y la hostilidad que se había respirado, la tierra la hablaba de dolor, de sangre y terror. Toda la zona se sentía débil, asustada y pequeña, aun mortificada por lo que había ocurrido en ella. Pero no había de que preocuparse, él estaba allí para sanarla.

  Comenzó a bajar despacio por la colina, deleitándose con un agradable paseo. La última vez que había echo ese trayecto había sido en una carrera desesperada. Ahora solo era un mal recuerdo. Esquivó con soltura algunas armas en su camino, muy hundidas en la tierra y casi rotas, inservibles. Posó una de sus manos en el mango de una espada y una enredaderas se apresuraron a escalarla con agilidad hasta ocultarla por completo. No quería dejar ni rastro de esas odiosas armas hechas para matar. El mundo del futuro tenía que olvidarse de ellas. No debían existir.
  Observó como en algunas zonas, el terreno estaba bastante desigual y como relucía algún objeto metálico entre la maleza, bajo las escasas luces del Sol. Supuso que era la armadura de algún soldado. Rezó para que no hubiera quedado ningún cuerpo para hacer de abono a las plantas.
  Suspiró cansado, continuando su camino entre el cementerio de armas. Ante sus ojos, miles de hombres luchaban entre si, lanzando gritos al cielo de dolor, victoria y agonía. Un paisaje pacífico se superponía con sus recuerdos de la guerra. Lo confundía, pero no debía dejarse vencer por la nostalgia.

  Poco a poco fue salvando el antiguo campo de batalla y se fue internando en el camino.
Allí aún seguían los restos de los carromatos tirados y ardientes que había visto al pasar. Se consoló al no ver ningún resto humano entre los deshechos junto a la maleza salvaje que había nacido en los bordes del viejo camino al castillo. Cuantas vidas habían sido destrozadas esa noche y cuantas habían reempezado, como la del anciano sacerdote que conoció.
  Una leve brisa le acarició la cara y le alborotó el flequillo. Era relajante, cálido, como volver al hogar.
  Se tomó con calma el último tramo de trayecto, tropezando de vez en cuando con algún adoquín del empedrado que se había desprendido. Intentaba retrasar el momento de la llegada. Algo dentro de él le decía que aquello era mala idea. Necesario, pero con un precio muy alto que pagar.
  
  Había pasado los últimos meses de viaje con Samus, a pesar de las primeras negativas de este. Su misión era importante y nada fácil porque ¿Dónde escondes el objeto más poderoso del mundo? Y más importante ¿Cómo conseguir que dentro de un tiempo indeterminado, alguien en concreto la encontrara? Tuvieron que jugar mucho con el tiempo, pedir ayuda a Selina y recorrer lo poco que quedaba del reino hasta conseguir el resultado que querían. Había dejado a Samus en Rogan, la nueva capital de Eon. Bueno, ahora ya no se llamaba así.
  Al parecer el pueblo había evolucionado. Creían en un gobierno de igualdad a base de votos, donde todo el mundo tenía derecho a manifestar su opinión. Democracia le decían. Sabía que no iba a durar, aunque la gente parecía emocionada con el cambio que hasta habían rebautizado el reino para olvidar todo su oscuro pasado monárquico. Ahora era el país de Aterna. Bonito nombre, sin duda. Le habría gustado estar más presente para comprobar con sus propios ojos lo que le deparaba, pero no podía. Todo estaba preparado y en su preciso lugar. Solo faltaba él.

  Lucio alzó la vista al cielo.
  Las primeras estrellas no estaban dispuestas a esperar a que el Sol muriera del todo y se atrevían a salir antes de tiempo, luchando por la entrada de la noche.
  Más adelante, ya no estaban los pináculos que rozaban las nubes, ni los tapices con el símbolo de la realeza, ni innumerables torres de piedra oscura. Ahora a duras penas, las escasas paredes que quedaban en pie del castillo le recordaban lo que había ocurrido allí. El había vivido su derrumbamiento por culpa de la explosión de Eon, había esquivado vigas, escapado de pedruscos y tenía leves memorias de haber matado a un par de guardias que se habían interpuesto en su camino. Tal vez una docena. Poco importaba ya.
  El puente también seguía derruido como esa noche, aunque con una pequeña diferencia. Cierto que estaba oscuro, llovía y había tormenta, pero si se hubiera encontrado con un ente flotante del color del Eon lo recordaría. Suspiró cansado al reconocer esa figura, aunque no detuvo su caminar.
  Con total parsimonia, se acercó al borde y saltó sin ningún esfuerzo la gran distancia que separaba ambas partes, obviando la increíble caída al vacío que le esperaba si fallaba. Cayó al otro lado de un sonido seco con el aspecto de haber saltado una distancia mínima. La figura femenina le esperaba unos pasos más allá, calmada y paciente, como si tuviera toda la eternidad para aguardar a que llegara. Parecía flotar en el aire de forma que sus pies no tocaran el suelo y brillaba con luz propia, emitiendo continuamente un fulgor turquesa. Ella misma era ese brillo. Solo era una silueta con forma de mujer, esbelta, elegante y frágil. Su largo cabello azul ondeaba al son de un viento inexistente, conteniendo en su estela luces de diversos colores como estrellas del firmamento. Su rostro dejaba intuir una gran belleza escondida entre la luminosidad de su ser, remarcando los rasgos afilados de una dama e intuyendo uno grandes ojos que parecían verlo todo al mismo tiempo. Aunque en ese momento, solo observaban a su compañero con infinita culpa.
  Lucio la taladró con la mirada, no muy contento de encontrársela allí. Debía reconocer que no había cambiado en absoluto. Realmente, ningún Dios lo hace. Se atusó el flequillo con calma y se dirigió a su encuentro, contando para sus adentros para no decir nada muy inapropiado en su presencia.
  Cuanto más se acercaba a ella más presión sentía en el ambiente. Era la cercanía a una fuente de poder más grande que uno pudiera imaginar. Solo había sentido eso una vez, y fue cuando se lanzó de cabeza a la corriente de Eon.

  – Divinos los ojos. Literalmente, claro – bromeó intentando romper la tensión del ambiente.
  – Hola, Lucio – dijo como toda respuesta.

  Su voz parecía esconder cientos de voces en su interior. Era un eco que reverberaba en la nada, el susurro del viento en las montañas, el dulce canto de una madre al acostar a su hijo o el apacible rumor del río.

  – Helienne – la saludó con una leve reverencia. Que estuviera enfadado no era excusa para perder las formas –. ¿A que se debe esta milagrosa aparición?
  – Vengo a detenerte – en su etéreo rostro se formó algo parecido a la preocupación –. Sé lo que planeas.
  – Por supuesto que lo sabes. Tú lo ves todo – dijo dejando escapar una ligera risa nerviosa.
  – Con más razón entonces me dejarás parar la locura que piensas hacer. Tu mejor que nadie sabes las consecuencias de tus actos – a pesar de que era algo serio, su voz no perdía el tono calmado y relajante que tenía siempre.
  – Es mi trabajo y te agradecería que no te metieras en él – bufó dando unos pasos hacia las puertas para adelantarla-
  – Tu trabajo es velar por el mundo y su equilibrio, no destruirlo.

  Lucio paró en seco ante aquella acusación. Sus manos se convirtieron en puños, intentaba contener todo el rencor que guardaba en su interior contra ella, algo que se le estaba haciendo muy difícil.

  – Si haces todo lo que planeas, partirás un país en dos. Las zonas que queden en oriente pronto se convertirán en desiertos áridos y sin vida, por no hablar de las gentes que podrían quedar atrapadas en medio por tu locura. Cambiarás el clima de medio planeta, Lucio – entre los diversos tonos de su voz se pudo detectar lo más parecido al pánico que ningún mortal habría podido oír jamás.
  – He valorado todos los cambios climáticos antes de siquiera pensar hacerlo ¿Es que acaso intentas darme lecciones? – preguntó entre dientes, incapaz de contenerse mucho más.
  – Solo intento que recapacites y detengas esta locura, Lucio. Es una orden – intentó sonar firme, pero era demasiado pacífica como para acercarse a ello.

  Aquello fue la gota que colmó el vaso.

 – ¿Pero quien te crees que eres tú para darme ordenes? – rugió al volverse a ella –. ¿La gran y todopoderosa Diosa Helienne? ¿La que creó a los hombres y sus estupideces insensatas? ¿Aquella que dejó caer en un profundo acto de bondad una lágrima que se convirtió en la causa de miles de muertes y guerras? – preguntó con gran sarcasmo e ira contenida.

  Sus ojos rojos destellaban de furia asesina y animal, chocando contra la pasiva calma del ente. La única razón por la que no se había lanzado a por ella era porque sabía que habría muerto solo de intentarlo. Helienne estaba hecha de la energía más pura, la que había creado el universo, y el simple contacto podría absorberle su poder como la misma corriente de Eon.

 – Créeme que lamento muchísimo lo que ocurrió con Avalon – murmuró bajando la mirada, culpable –. Solo quise que el mundo disfrutara del poder del Eon y lo use. Lo admito.
  – Admitirlo no lo traerá de vuelta antes – gruñó haciendo rechinar los dientes mientras mostraba sus afilados colmillos.
 – Pero sabes que volverá tarde o temprano – flotó salvando la distancia que los separaba –. ¿Qué necesidad hay crear esa locura?
 – Parece que se te ha olvidado que Alastor también volverá – Lucio dio un paso hacia delante, haciéndola retroceder –. Tenemos que cubrir todas las posibilidades para que solo Avalon pueda encontrar tu preciada Joya de la Vida, la cual me he tomado la molestia de esconder mientras tu seguías en tu trono del cielo observando todo y sin actuar.
  – Los Dioses no debemos interferir en lo que ocurre en el mundo de los hombres – se defendió soltando un hilillo de voz –. Tú te has involucrado demasiado.
  – ¿Y que me dices de la dichosa Joya de la Vida? – le apuntó con una garra, acusador y con fuego en los ojos –. Ese fue el detonante. En ese mismo momento, los Dioses pasamos a formar parte activa de la vida de los humanos. Todo fue por tu culpa, Helienne y a mi me ha tocado limpiar lo que tu empezaste.
  – Podías haberte quedado al margen, dejar que los humanos lo solucionaran entre ellos – la duda se reflejaba en su rostro azulado y liso. Ni ella misma se lo creía –. Nadie te pidió que te unieras a ellos.
  – La otra opción era quedarme al margen. Aburrido y pasivo por el resto de la eternidad como todos vosotros – bufó y se apartó de ella –. Esa no es la existencia que yo deseo.
  – Pero es la que vas a escoger ahora por elección propia – añadió Helienne.

  Lucio le giró la cara para no verla. Era cierto, esto lo había escogido él debido a las circunstancias. Pero bueno, que eran un par de siglos. Un paseo.

  – Si Avalon regresa, tendrá que volver a este lugar – observó las ruinas con cierta nostalgia –. Le ayudaré a recuperar la memoria.
  – No será tan sencillo.
  – No esperaba que lo fuera – la miró por encima del hombro con la decisión brillando en sus ojos –. Pero si fuera fácil no sería tan divertido.

  Helienne lo observó con detenimiento, escrutándolo con sus relucientes ojos que eran capaces de ver hasta lo más profundo de cada ser. Nada le haría cambiar de opinión. Los siglos le habían enseñado que de todos sus compañeros, Lucio era el más obstinado de todos. El rebelde, como dirían los humanos. Inconformista, luchando por lo que él creía correcto, buscando nuevas experiencias o el significado a algo nuevo. Un suspiro resignado salió de sus labios en forma de vendaval y asintió levemente.

  – Como desees. Solo espero que no te arrepientas con el pasar de los años, porque créeme, vas a tener que esperar mucho tiempo – le advirtió.
  – Lo sé- – dijo esbozando una leve sonrisa.

  Helienne inclinó la cabeza como una reverencia, en señal de respeto por su elección, antes de comenzar a desaparecer en forma de miles de luces brillantes que ascendían al cielo con la brisa. Poco a poco su figura se desvaneció en el aire hasta que ya no quedó ni rastro de ella y la calma del principio de la noche cayó sobre Lucio, ahora solo en medio de un lugar en ruinas.
Suspiró hastiado, intentando dejar ir la rabia que había acumulado durante aquella conversación. Paseó su vista por el valle con minuciosa atención, visualizando lo que iba a hacer en unos momentos. Era difícil, requería bastante poder y podría tener graves consecuencias. Pero Helienne no había podido pararle y ahora nada ni nadie lo detendría.

  De un movimiento limpio, desprendió su capa azul oscuro dejándola caer al suelo a sus espaldas. Se colocó en una pose relajada, pero a la vez tensa, concentrado, atento a su entorno. Dejó caer sus brazos a los lados de su cuerpo y cerró los ojos con calma. Todos sus sentidos se agudizaron, permitiéndole sentir el mínimo cambio en el entorno.

  Disfrutó de la caricia del viento en su piel, del dulce aroma de la hierba mojada por la humedad de la noche, del tacto de la graba bajo sus pies. Sus puntiagudas orejas pudieron captar el levísimo sonido del río bajo el abismo y del cantar de las hojas al mecerse con la brisa. Sus ojos pudieron ver mucho más allá a pesar de estar cerrados. Podía ver el Eon, danzando en un baile caótico en el valle, haciendo piruetas en el aire como llamas turquesa crepitantes. Y mucho más al fondo. Era capaz de ver el poder encerrado bajo tierra, en las placas que se movían lentamente en la corteza terrestre y el magma, de un intenso color azul brillante, poderoso e impaciente por escapar de su prisión.

  Lucio respiró hondo, concentrándose en juntar todo el Eon que tenía. Empuñó las manos con fuerza y se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre con un colmillo. Era difícil intentar acumular tanta energía, pero la necesitaba para hacer tal hazaña.

  Todas las fuerzas de la naturaleza a su alrededor recibieron su llamada y le prestaron su energía como buenos súbditos que eran ante su señor. Poco a poco, fue más consciente aún del entorno, era capaz de reclamar el poder de los minerales en formación y de las montañas al otro lado del país. Una pequeña parte de él utilizó su conexión con la corriente para reclamar el poder que aún le debía. Más energía, más fuerza, más Eon.
  La tierra comenzó a temblar bajo sus pies a medida que el poder se iba acumulando en su cuerpo. Sus músculos se tensaron y comenzó a sudar del esfuerzo. Una ligera corriente de aire se formó a su alrededor hasta crear un remolino que lo alzó en el aire. Chispas y rayos de Eon azules saltaban de su cuerpo sin llegar a dañarlo. Lucio sentía la fuerza que lo embargaba por completo, estaba envuelto por la Tierra. Era uno con el mundo.
  Abrió los ojos de golpe mostrando dos faros de luminoso azul turquesa, sin ningún rastro de sus rasgadas pupilas o sus iris carmesí. Estaba sobrepasado por el poder que albergaba, se sentía capaz de romper el universo en mil pedazos. Aunque toda aquella energía era para algo más importante.
  Señaló con un dedo a un punto invisible del horizonte y frunció el ceño al concentrarse en la localización. Poco a poco, comenzó a mover el brazo a la derecha, renqueante, como si se encontrara obstáculos en su camino. Cuando llegó al punto que estaba en frente suya se pudo vislumbrar como la tierra se partía en dos, pero no se detuvo hasta que completó la vuelta completa. Acababa de partir Aterna por la mitad con la misma facilidad como la de un niño que traza una línea en el papel. Se volvió de nuevo hacia el frente, donde la gran grieta que había creado comenzaba a burbujear magma ardiente del centro de la Tierra. Lucio se movió hacia delante en el aire, haciendo cortes secos con los brazos en el vacío. A cada movimiento, se sucedía una grieta más en el valle hasta destrozarlo al igual que en el resto de la gran grieta a lo largo del país.
  Los terremotos no se hicieron esperar, el relieve se descompuso en mil pedazos. Bosques enteros se perdieron, muchas montañas se derrumbaron incapaces de soportar los golpes, los cortes y los temblores que un solo hombre estaba haciendo. Pero Lucio no se detenía por nada.
Aun repleto de poder, continuo con su gran obra sin detenerse ni un segundo. Comenzaba a jadear y a sudar por el gran esfuerzo de controlar un poder tan grande. Nunca había hecho algo así en todos sus siglos de existencia.
  El magma terminó por ascender a borbotones por la grieta, terminando así con toda la vida que pudo haber a su alrededor alguna vez. Lucio lanzó un tajo cortante de Eon, enorme y letal, que lo endureció en un solo segundo. Abrió los brazos a los lados con un elegante y fluido movimiento y sintió sobre sus manos el peso completo del plantea. Entones, comenzó a empujar.
  Sus hombros bajaban ante el tremendo peso que intentaba levantar y sintió como sus huesos se resentían, incapaces de hacer el mínimo movimiento. La tierra en frente suya comenzó a temblar con aun más violencia a medida que las placas tectónicas bajo la corteza eran empujadas por la fuerza invisible del Dios. Lucio gruñó desesperado y sacó fuerzas de donde no tenía para seguir tirando de la tierra hacia arriba. Poco a poco, la roca comenzó a romperse y a alzarse en dirección al cielo, queriendo tocar las nubes y los astros. En toda la gran grieta empezaron a surgir montañas empinadas y escarpadas, imposibles de escalar para ningún ser humano.
  Lucio descendió un poco en el aire y sintió como su poder se desvanecía mientras las montañas se le escurrían de los dedos. Sus ojos parpadearon entre el rojo y el azul del poder absoluto. No, aun no podía pasar eso, debía conseguirlo. La única forma de proteger ese lugar de los hombres era hacerlo inaccesible. Protegerlo y defenderlo como una fortaleza, como una tumba anónima de lo que fue el reino más poderoso del mundo, del héroe más grande de todos los tiempos que algún día volvería y al que debía esperar.
  Lanzó un grito desesperado que reverberó  y volvió a empujar con renovadas fuerzas. El rumor de la roca resquebrajarse y chocando entre ella creó un gran estruendo que hizo eco en el lugar. Cientos de montañas se formaban ante sus ojos con la precisión de un artista. Picos altos, imponentes, escarpados, lisos, peligrosos, terroríficos; a lo largo de una gran línea que se había convertido en la nueva frontera de dos países en unos pocos minutos. Un acto impensable para los ojos mortales. Ningún poder era capaz de lograr algo así, salvo él: El Guardián de la Tierra.
  El rumor y los temblores fue remitiendo a medida que todas las montañas tomaban su lugar en todo el país. Pequeños relámpagos azulados recorrían las cumbres con la velocidad de un parpadeo y las primeras nubes grises no tardaron en formarse en lo alto, tapando por completo el maravilloso cielo nocturno de esa noche.

  Lucio dejó caer los brazos, exagüe, preso de un cansancio mortal. Sus ojos volvieron a su natural tono rojizo, dejando ir todo el poder que había contenido hasta ese momento. Tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor, al igual que el pelo. Sentía los músculos desgarrados, como si el mismo hubiera levantado todas aquellas montañas. A pesar de todo eso, una cansada sonrisa adornaba su rostro. Lo había conseguido.
  Aun en el aire, se volvió al ruinoso castillo. Suspiró y chasqueó los dedos en un pequeño ademán. Las piedras caídas desafiaron el poder de la gravedad y regresaron a su lugar exacto. Las vigas volvieron a sustentar el techo y las torres se reconstruyeron a gran velocidad hasta volver a tocar las nubes con sus altos pináculos. Todo menos el puente volvió a su lugar original, tal y como debía ser.
Por fin pudo descender al suelo, aunque tan pronto como su pies tocaron la grava sus rodillas perdieron fuerza y cayó irremediablemente, exhausto. Había agotado todo su poder.
  Un trueno rasgó el cielo, resonando en un gran eco entre las recién formadas montañas. Le siguió la caída de un gran aguacero que cayó con fuerza sobre la tierra mustia y cambiada de lo que antes fue el valle.
  Lucio alzó el rostro hacia la lluvia, dejando que las gotas resbalaran por sus mejillas, su pelo y que lo empaparan por completo. Sentaba bien. Era una lluvia diferente a la de hace un año. Esta no intentaba limpiar la sangre, si no que traía vida. Renqueante, consiguió ponerse en pie, no sin dar más de un traspiés. Su nueva existencia comenzaba. Una de espera y paciencia, de encierro y soledad. Valía la pena.

  Empujó el gran portón de, ahora su castillo, y volvió la vista a su creación. Las montañas se alzaban como colosos, guardianes de sus secretos que no permitirían que ningún humano osara acercarse hasta allí. No hasta que él regresara en busca de pistas y respuestas.

  – Aquí te espero, Avalon.

  Las puertas se cerraron a sus espaldas, y así seguirían hasta que el Guardián regresara. 

4 comentarios:

  1. hola Cristina! somos de la iniciativa seamos seguidores,luego de presentarnos te elogiamos tu hermoso blog, cuanto trabajo! magnifico, te esperamos si gustas visitarnos. besos.

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    1. Gracias por dejaros caer por mi pequeño rincón de internet, os lo agradezco y me alegra que os guste mi blog. Espero que nos sigamos leyendo!

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  2. Hola, me parece buena idea lo de plasmar aquí tus historias.
    Te sigo, soy de la iniciativa blogs asociados.
    Un saludo

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  3. Hola, me parece buena idea lo de plasmar aquí tus historias.
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