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lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (IV)

   El sol comenzaba a despuntar por encima de las copas de los árboles.
  Una ligera neblina se extendía por todo el bosque tras la fría noche y el suave rumor de las olas a penas era capaz de romper el silencio reinante. El mundo despertaba en tonos azules y anaranjados. Lucio estaba allí para recibirlo.
  A pesar de que anoche se sentía casi desfallecido, no había necesitado muchas horas de sueño para sentirse como nuevo. Cuando abrió los ojos, todos los ocupantes de la caravana seguían soñando, por eso aprovechó para salir de allí sin hacer ruido y no causar alboroto por su marcha. Odiaba las despedidas. Ellos habían sido muy amables pero realmente necesitaba partir cuanto antes. ¿Hacia donde? Aun no lo tenía muy seguro.
   Lo primero que hizo fue acercarse a un río cercano al campamento. Abrigado por su capa y arropado por la niebla, se adentró entre los árboles, siguiendo el dulce sonido del agua corriendo. No era más que un pequeño riachuelo poco profundo y lleno de guijarros brillantes, pulidos, que relucían con los primeros rayos del sol. Lucio se arrodilló ante el y hundió las manos en el agua creando una cuenca para recogerla. Sin pensarlo se la echó a la cara y todo el mundo cobró claridad. Estaba fría y le entumeció el rostro, pero también consiguió despertar todos sus sentidos. Debía pensar hacia donde ir ahora. No tenía ataduras ni gente a la que visitar. Podía seguir deambulando por el reino por el resto de los siglos y nadie lo echaría de menos. Eso le frustraba.
   Se levantó del suelo algo renqueante y observó la dirección del río. Tal vez si lo seguía corriente arriba encontraría un poblado. Eso implicaba más humanos. Suspiró resignado y se recolocó bien la capa. Era hora de partir.

   – ¿Os ibais sin despediros?

 Lucio se volvió muy sorprendido al escuchar la voz del viejo guía a sus espaldas. Bohem lo observaba con semblante tranquilo y misterioso. Parecía que hubiera esperado que hiciera eso.

  – No quisiera que os fuerais sin que pudiera daros las gracias como realmente merecéis – dijo acercándose a él unos pocos pasos.

  Lucio se percató que el anciano usaba otro tono mucho más formal que la noche anterior. Ya no lo trataba con el respeto adecuado a los desconocidos: lo trataba con honor. Sabía quien era.

  – Creo que vuestra hospitalidad fue agradecimiento más que suficiente por tan pequeña acción – intentó excusarse. Quería irse ya.
  – Os conformáis con poco. Sois humilde para ser quien sois. El Guardián ha dejado una gran huella en vos, sin duda – asintió para si el anciano.

   Su sorpresa fue imposible de ocultar. Era la primera vez que oía como alguien ajeno, del propio pueblo, nombraba a su viejo amigo.
   Casi como acto reflejo, se llevó la mano a una de sus puntiagudas orejas, de la cual colgaba un pequeño pendiente con forma de lágrima azul. Aquel había sido el único regalo que Avalon le había dado. Tal vez un pequeño obsequio para cualquier otra persona, pero a él le hacía sentirse más cerca de su amigo. Era así cuando sus caminos se separaban por poco tiempo y así continuaba hasta ahora.

  – Los humanos son seres que nunca dejarán de sorprenderme – sonrió quedo –. Usted no es el apacible anciano que todos creen que es ¿me equivoco?

  Bohem bajó la cabeza con su suspiro. Su rostro de abuelo entrañable dejó paso a un hombre de mirada seria, solemne, asustada. Aquel que realmente era.

   – Desde muy joven consagré mi vida a los Dioses del panteón real. Solía pensar que nunca dejarían que algo malo le pasara el reino – negó con languidez –. Es obvio que me equivoqué. Ahora solo busco huir de todos ellos y buscar un futuro mejor para mi familia. Da igual quien fuera antes de la guerra, eso ya está en el pasado.

  Lucio volvió a respirar. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento. La culpabilidad taladró su sien con la fuerza del martillo de un herrero. Un sacerdote exiliado que había creído en los Dioses, los cuales le fallaron en el momento de mayor necesidad. Eso era lo malo de la fe: piensas que todo lo puede, pero cuando chocas con la realidad ya es muy tarde.

  – Yo...Lo siento, Bohem. No-no se como...– comenzó a balbucear cabizbajo.
  – Vos, más que nadie, no debéis disculparos – levantó la mano con gesto solemne para detenerlo –. No sois como vuestros compañeros.
  – No detuve la guerra – incidió con amargura en la voz.
 – Pero lo intentasteis – sonrió –. Vos luchasteis con el Guardián para evitar que todo sucediera. Actuasteis para ayudar a los humanos. Aparecisteis a tiempo de salvar a mi familia – hizo una leve reverencia –. Creedme. Sois digno de veneración.

   Lucio se sintió algo incomodo con todo aquel formalismo y adulaciones. Él no creía merecerse nada. No se sentía nadie importante. Solo hacía las cosas porque le parecían que eran las adecuadas. Es cierto que eso le solía acarrear discusiones con sus compañeros, pero a pesar de ello el quería seguir siendo como era. Salvó a Bohem y su familia por un impulso natural. No había sido solo por la buena influencia de Avalon, también lo hizo porque quería.
   Posó una mano sobre un hombro del anciano para que se enderezara y lo miró con respeto. Ese hombre había sufrido por culpa de la fe y los Dioses. Se merecía una vida feliz.

  – No soy digno de nada. Pero usted si – le sonrió con sinceridad –. Usted y su familia llegarán a salvo a Shin-tekiná. Gozarán de una larga descendencia y una vida próspera. Tendrán la felicidad que la guerra les arrebató.

  El rostro de Bohem se iluminó de la emoción y las lágrimas empezaron a agolparse en sus ojos. Entendía muy bien las palabras de Lucio y su significado oculto en ellas. Aquel era el mejor regalo que podrían darle a su resquebrajada fe.

 – Gracias. No sabéis de verdad cuanto os lo agradezco – susurró con voz ahogada –. Prometo...prometo levantar un templo en su honor. Nunca ninguno de mis descendientes olvidará lo que ha hecho por nosotros – hizo una reverencia aún más pronunciada que la anterior –. Que el espíritu del Guardián del Eon lo acompañe durante toda su existencia – dijo como una oración

  Lucio sonrío con cortesía, aunque la tristeza se había alojado en su mirada. Su espíritu era lo único que podría acompañarlo a partir de ahora, o al menos su recuerdo, pues todo el poder y el alma de Avalon se había unido a la corriente vital de Eon que unificaba el mundo y nada ni nadie podría liberarlo de ella jamás. Ni siquiera un…
  Una sonrisa perversa asomo por su rostro, dejando entrever uno de sus afilados colmillos. Puede que él le dijera que algún día volvería, pero seguramente en un acto de hacerle más suave la pérdida. Los detalles de un plan suicida comenzaban a ordenarse en su mente avivando por momentos la llama de la esperanza que durante todo ese tiempo dormía.

   – ¿Piensa que algún día volverá con nosotros?
  – Lo dudo – suspiró –. Vos sabéis que la corriente de Eon no puede ser alterada. El Guardián se haya ahora viajando en ella como energía que nunca desaparece y se transforma. Dudo mucho que el reino vuelva a gozar de un hombre tan extraordinario como él – dijo con pesar – Imposible.

  Lucio dejó escapar una pequeña risa y se ajustó la capa antes de dar unos pasos para comenzar a seguir el río.

  – Eso solo significa que es más difícil. No existe nada imposible.
  – ¿Incluso para un Dios? – inquirió Bohem al ver como se alejaba.
   – Incluso para un Dios.

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