Blogger Widgets

lunes, 16 de mayo de 2016

El Guardián de la Tierra (IX)

   El Sol se ocultaba un día más, cubriendo la tierra y bañando las montañas con el dorado de sus últimos rayos. El reino se preparaba para dar la bienvenida a la noche, pero en un lugar ya dormían. Así era desde hacía un año.
  Los alrededores del viejo palacio de Eon se habían mantenido igual desde que la guerra había terminado. Nadie se había atrevido a volver a poner un pie allí, ni siquiera para recoger las viejas armas de metal que ahora se oxidaban, rotas y corroídas por los elementos. La naturaleza comenzaba a reclamar su lugar y muchas plantas habían trepado por las espadas, las hachas y las flechas olvidadas. La Tierra era increíble; la única fuerza capaz de tapar el mal que provocaban los hombres con su bello y delicado fulgor. Donde antes había muerte y destrucción, ahora resurgía la vida a lo largo y lo ancho de todo el valle. Pronto, la guerra sería solo un mal sueño para los habitantes del reino.

   Lucio contempló el paisaje desde la misma colina donde un año atrás había observado la batalla que no pudo detener. Cuantas cosas habían cambiado desde entonces.
  Ya no había hombres, hermanos, amigos luchando por causas estúpidas. Ahora solo había verde, vida y prosperidad, sin un solo indicio de que alguien hubiera pisado esa tierra recientemente. A lo lejos, las ruinas de lo que antaño fue el gran castillo del rey se alzaban como una sombra amenazante. Un guardián oscuro y tenebroso que seguía intimidando al valle con su grandeza, a pesar de que ya no tenía ningún poder.
 Respiró hondo y dibujó una sonrisa relajada. Sus recuerdos de aquella fatídica noche se entremezclaban con el paisaje actual. Escuchaba los gritos y el choque de las armas en el ambiente, el viento le traía la tensión y la hostilidad que se había respirado, la tierra la hablaba de dolor, de sangre y terror. Toda la zona se sentía débil, asustada y pequeña, aun mortificada por lo que había ocurrido en ella. Pero no había de que preocuparse, él estaba allí para sanarla.

  Comenzó a bajar despacio por la colina, deleitándose con un agradable paseo. La última vez que había echo ese trayecto había sido en una carrera desesperada. Ahora solo era un mal recuerdo. Esquivó con soltura algunas armas en su camino, muy hundidas en la tierra y casi rotas, inservibles. Posó una de sus manos en el mango de una espada y una enredaderas se apresuraron a escalarla con agilidad hasta ocultarla por completo. No quería dejar ni rastro de esas odiosas armas hechas para matar. El mundo del futuro tenía que olvidarse de ellas. No debían existir.
  Observó como en algunas zonas, el terreno estaba bastante desigual y como relucía algún objeto metálico entre la maleza, bajo las escasas luces del Sol. Supuso que era la armadura de algún soldado. Rezó para que no hubiera quedado ningún cuerpo para hacer de abono a las plantas.
  Suspiró cansado, continuando su camino entre el cementerio de armas. Ante sus ojos, miles de hombres luchaban entre si, lanzando gritos al cielo de dolor, victoria y agonía. Un paisaje pacífico se superponía con sus recuerdos de la guerra. Lo confundía, pero no debía dejarse vencer por la nostalgia.

  Poco a poco fue salvando el antiguo campo de batalla y se fue internando en el camino.
Allí aún seguían los restos de los carromatos tirados y ardientes que había visto al pasar. Se consoló al no ver ningún resto humano entre los deshechos junto a la maleza salvaje que había nacido en los bordes del viejo camino al castillo. Cuantas vidas habían sido destrozadas esa noche y cuantas habían reempezado, como la del anciano sacerdote que conoció.
  Una leve brisa le acarició la cara y le alborotó el flequillo. Era relajante, cálido, como volver al hogar.
  Se tomó con calma el último tramo de trayecto, tropezando de vez en cuando con algún adoquín del empedrado que se había desprendido. Intentaba retrasar el momento de la llegada. Algo dentro de él le decía que aquello era mala idea. Necesario, pero con un precio muy alto que pagar.
  
  Había pasado los últimos meses de viaje con Samus, a pesar de las primeras negativas de este. Su misión era importante y nada fácil porque ¿Dónde escondes el objeto más poderoso del mundo? Y más importante ¿Cómo conseguir que dentro de un tiempo indeterminado, alguien en concreto la encontrara? Tuvieron que jugar mucho con el tiempo, pedir ayuda a Selina y recorrer lo poco que quedaba del reino hasta conseguir el resultado que querían. Había dejado a Samus en Rogan, la nueva capital de Eon. Bueno, ahora ya no se llamaba así.
  Al parecer el pueblo había evolucionado. Creían en un gobierno de igualdad a base de votos, donde todo el mundo tenía derecho a manifestar su opinión. Democracia le decían. Sabía que no iba a durar, aunque la gente parecía emocionada con el cambio que hasta habían rebautizado el reino para olvidar todo su oscuro pasado monárquico. Ahora era el país de Aterna. Bonito nombre, sin duda. Le habría gustado estar más presente para comprobar con sus propios ojos lo que le deparaba, pero no podía. Todo estaba preparado y en su preciso lugar. Solo faltaba él.

  Lucio alzó la vista al cielo.
  Las primeras estrellas no estaban dispuestas a esperar a que el Sol muriera del todo y se atrevían a salir antes de tiempo, luchando por la entrada de la noche.
  Más adelante, ya no estaban los pináculos que rozaban las nubes, ni los tapices con el símbolo de la realeza, ni innumerables torres de piedra oscura. Ahora a duras penas, las escasas paredes que quedaban en pie del castillo le recordaban lo que había ocurrido allí. El había vivido su derrumbamiento por culpa de la explosión de Eon, había esquivado vigas, escapado de pedruscos y tenía leves memorias de haber matado a un par de guardias que se habían interpuesto en su camino. Tal vez una docena. Poco importaba ya.
  El puente también seguía derruido como esa noche, aunque con una pequeña diferencia. Cierto que estaba oscuro, llovía y había tormenta, pero si se hubiera encontrado con un ente flotante del color del Eon lo recordaría. Suspiró cansado al reconocer esa figura, aunque no detuvo su caminar.
  Con total parsimonia, se acercó al borde y saltó sin ningún esfuerzo la gran distancia que separaba ambas partes, obviando la increíble caída al vacío que le esperaba si fallaba. Cayó al otro lado de un sonido seco con el aspecto de haber saltado una distancia mínima. La figura femenina le esperaba unos pasos más allá, calmada y paciente, como si tuviera toda la eternidad para aguardar a que llegara. Parecía flotar en el aire de forma que sus pies no tocaran el suelo y brillaba con luz propia, emitiendo continuamente un fulgor turquesa. Ella misma era ese brillo. Solo era una silueta con forma de mujer, esbelta, elegante y frágil. Su largo cabello azul ondeaba al son de un viento inexistente, conteniendo en su estela luces de diversos colores como estrellas del firmamento. Su rostro dejaba intuir una gran belleza escondida entre la luminosidad de su ser, remarcando los rasgos afilados de una dama e intuyendo uno grandes ojos que parecían verlo todo al mismo tiempo. Aunque en ese momento, solo observaban a su compañero con infinita culpa.
  Lucio la taladró con la mirada, no muy contento de encontrársela allí. Debía reconocer que no había cambiado en absoluto. Realmente, ningún Dios lo hace. Se atusó el flequillo con calma y se dirigió a su encuentro, contando para sus adentros para no decir nada muy inapropiado en su presencia.
  Cuanto más se acercaba a ella más presión sentía en el ambiente. Era la cercanía a una fuente de poder más grande que uno pudiera imaginar. Solo había sentido eso una vez, y fue cuando se lanzó de cabeza a la corriente de Eon.

  – Divinos los ojos. Literalmente, claro – bromeó intentando romper la tensión del ambiente.
  – Hola, Lucio – dijo como toda respuesta.

  Su voz parecía esconder cientos de voces en su interior. Era un eco que reverberaba en la nada, el susurro del viento en las montañas, el dulce canto de una madre al acostar a su hijo o el apacible rumor del río.

  – Helienne – la saludó con una leve reverencia. Que estuviera enfadado no era excusa para perder las formas –. ¿A que se debe esta milagrosa aparición?
  – Vengo a detenerte – en su etéreo rostro se formó algo parecido a la preocupación –. Sé lo que planeas.
  – Por supuesto que lo sabes. Tú lo ves todo – dijo dejando escapar una ligera risa nerviosa.
  – Con más razón entonces me dejarás parar la locura que piensas hacer. Tu mejor que nadie sabes las consecuencias de tus actos – a pesar de que era algo serio, su voz no perdía el tono calmado y relajante que tenía siempre.
  – Es mi trabajo y te agradecería que no te metieras en él – bufó dando unos pasos hacia las puertas para adelantarla-
  – Tu trabajo es velar por el mundo y su equilibrio, no destruirlo.

  Lucio paró en seco ante aquella acusación. Sus manos se convirtieron en puños, intentaba contener todo el rencor que guardaba en su interior contra ella, algo que se le estaba haciendo muy difícil.

  – Si haces todo lo que planeas, partirás un país en dos. Las zonas que queden en oriente pronto se convertirán en desiertos áridos y sin vida, por no hablar de las gentes que podrían quedar atrapadas en medio por tu locura. Cambiarás el clima de medio planeta, Lucio – entre los diversos tonos de su voz se pudo detectar lo más parecido al pánico que ningún mortal habría podido oír jamás.
  – He valorado todos los cambios climáticos antes de siquiera pensar hacerlo ¿Es que acaso intentas darme lecciones? – preguntó entre dientes, incapaz de contenerse mucho más.
  – Solo intento que recapacites y detengas esta locura, Lucio. Es una orden – intentó sonar firme, pero era demasiado pacífica como para acercarse a ello.

  Aquello fue la gota que colmó el vaso.

 – ¿Pero quien te crees que eres tú para darme ordenes? – rugió al volverse a ella –. ¿La gran y todopoderosa Diosa Helienne? ¿La que creó a los hombres y sus estupideces insensatas? ¿Aquella que dejó caer en un profundo acto de bondad una lágrima que se convirtió en la causa de miles de muertes y guerras? – preguntó con gran sarcasmo e ira contenida.

  Sus ojos rojos destellaban de furia asesina y animal, chocando contra la pasiva calma del ente. La única razón por la que no se había lanzado a por ella era porque sabía que habría muerto solo de intentarlo. Helienne estaba hecha de la energía más pura, la que había creado el universo, y el simple contacto podría absorberle su poder como la misma corriente de Eon.

 – Créeme que lamento muchísimo lo que ocurrió con Avalon – murmuró bajando la mirada, culpable –. Solo quise que el mundo disfrutara del poder del Eon y lo use. Lo admito.
  – Admitirlo no lo traerá de vuelta antes – gruñó haciendo rechinar los dientes mientras mostraba sus afilados colmillos.
 – Pero sabes que volverá tarde o temprano – flotó salvando la distancia que los separaba –. ¿Qué necesidad hay crear esa locura?
 – Parece que se te ha olvidado que Alastor también volverá – Lucio dio un paso hacia delante, haciéndola retroceder –. Tenemos que cubrir todas las posibilidades para que solo Avalon pueda encontrar tu preciada Joya de la Vida, la cual me he tomado la molestia de esconder mientras tu seguías en tu trono del cielo observando todo y sin actuar.
  – Los Dioses no debemos interferir en lo que ocurre en el mundo de los hombres – se defendió soltando un hilillo de voz –. Tú te has involucrado demasiado.
  – ¿Y que me dices de la dichosa Joya de la Vida? – le apuntó con una garra, acusador y con fuego en los ojos –. Ese fue el detonante. En ese mismo momento, los Dioses pasamos a formar parte activa de la vida de los humanos. Todo fue por tu culpa, Helienne y a mi me ha tocado limpiar lo que tu empezaste.
  – Podías haberte quedado al margen, dejar que los humanos lo solucionaran entre ellos – la duda se reflejaba en su rostro azulado y liso. Ni ella misma se lo creía –. Nadie te pidió que te unieras a ellos.
  – La otra opción era quedarme al margen. Aburrido y pasivo por el resto de la eternidad como todos vosotros – bufó y se apartó de ella –. Esa no es la existencia que yo deseo.
  – Pero es la que vas a escoger ahora por elección propia – añadió Helienne.

  Lucio le giró la cara para no verla. Era cierto, esto lo había escogido él debido a las circunstancias. Pero bueno, que eran un par de siglos. Un paseo.

  – Si Avalon regresa, tendrá que volver a este lugar – observó las ruinas con cierta nostalgia –. Le ayudaré a recuperar la memoria.
  – No será tan sencillo.
  – No esperaba que lo fuera – la miró por encima del hombro con la decisión brillando en sus ojos –. Pero si fuera fácil no sería tan divertido.

  Helienne lo observó con detenimiento, escrutándolo con sus relucientes ojos que eran capaces de ver hasta lo más profundo de cada ser. Nada le haría cambiar de opinión. Los siglos le habían enseñado que de todos sus compañeros, Lucio era el más obstinado de todos. El rebelde, como dirían los humanos. Inconformista, luchando por lo que él creía correcto, buscando nuevas experiencias o el significado a algo nuevo. Un suspiro resignado salió de sus labios en forma de vendaval y asintió levemente.

  – Como desees. Solo espero que no te arrepientas con el pasar de los años, porque créeme, vas a tener que esperar mucho tiempo – le advirtió.
  – Lo sé- – dijo esbozando una leve sonrisa.

  Helienne inclinó la cabeza como una reverencia, en señal de respeto por su elección, antes de comenzar a desaparecer en forma de miles de luces brillantes que ascendían al cielo con la brisa. Poco a poco su figura se desvaneció en el aire hasta que ya no quedó ni rastro de ella y la calma del principio de la noche cayó sobre Lucio, ahora solo en medio de un lugar en ruinas.
Suspiró hastiado, intentando dejar ir la rabia que había acumulado durante aquella conversación. Paseó su vista por el valle con minuciosa atención, visualizando lo que iba a hacer en unos momentos. Era difícil, requería bastante poder y podría tener graves consecuencias. Pero Helienne no había podido pararle y ahora nada ni nadie lo detendría.

  De un movimiento limpio, desprendió su capa azul oscuro dejándola caer al suelo a sus espaldas. Se colocó en una pose relajada, pero a la vez tensa, concentrado, atento a su entorno. Dejó caer sus brazos a los lados de su cuerpo y cerró los ojos con calma. Todos sus sentidos se agudizaron, permitiéndole sentir el mínimo cambio en el entorno.

  Disfrutó de la caricia del viento en su piel, del dulce aroma de la hierba mojada por la humedad de la noche, del tacto de la graba bajo sus pies. Sus puntiagudas orejas pudieron captar el levísimo sonido del río bajo el abismo y del cantar de las hojas al mecerse con la brisa. Sus ojos pudieron ver mucho más allá a pesar de estar cerrados. Podía ver el Eon, danzando en un baile caótico en el valle, haciendo piruetas en el aire como llamas turquesa crepitantes. Y mucho más al fondo. Era capaz de ver el poder encerrado bajo tierra, en las placas que se movían lentamente en la corteza terrestre y el magma, de un intenso color azul brillante, poderoso e impaciente por escapar de su prisión.

  Lucio respiró hondo, concentrándose en juntar todo el Eon que tenía. Empuñó las manos con fuerza y se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre con un colmillo. Era difícil intentar acumular tanta energía, pero la necesitaba para hacer tal hazaña.

  Todas las fuerzas de la naturaleza a su alrededor recibieron su llamada y le prestaron su energía como buenos súbditos que eran ante su señor. Poco a poco, fue más consciente aún del entorno, era capaz de reclamar el poder de los minerales en formación y de las montañas al otro lado del país. Una pequeña parte de él utilizó su conexión con la corriente para reclamar el poder que aún le debía. Más energía, más fuerza, más Eon.
  La tierra comenzó a temblar bajo sus pies a medida que el poder se iba acumulando en su cuerpo. Sus músculos se tensaron y comenzó a sudar del esfuerzo. Una ligera corriente de aire se formó a su alrededor hasta crear un remolino que lo alzó en el aire. Chispas y rayos de Eon azules saltaban de su cuerpo sin llegar a dañarlo. Lucio sentía la fuerza que lo embargaba por completo, estaba envuelto por la Tierra. Era uno con el mundo.
  Abrió los ojos de golpe mostrando dos faros de luminoso azul turquesa, sin ningún rastro de sus rasgadas pupilas o sus iris carmesí. Estaba sobrepasado por el poder que albergaba, se sentía capaz de romper el universo en mil pedazos. Aunque toda aquella energía era para algo más importante.
  Señaló con un dedo a un punto invisible del horizonte y frunció el ceño al concentrarse en la localización. Poco a poco, comenzó a mover el brazo a la derecha, renqueante, como si se encontrara obstáculos en su camino. Cuando llegó al punto que estaba en frente suya se pudo vislumbrar como la tierra se partía en dos, pero no se detuvo hasta que completó la vuelta completa. Acababa de partir Aterna por la mitad con la misma facilidad como la de un niño que traza una línea en el papel. Se volvió de nuevo hacia el frente, donde la gran grieta que había creado comenzaba a burbujear magma ardiente del centro de la Tierra. Lucio se movió hacia delante en el aire, haciendo cortes secos con los brazos en el vacío. A cada movimiento, se sucedía una grieta más en el valle hasta destrozarlo al igual que en el resto de la gran grieta a lo largo del país.
  Los terremotos no se hicieron esperar, el relieve se descompuso en mil pedazos. Bosques enteros se perdieron, muchas montañas se derrumbaron incapaces de soportar los golpes, los cortes y los temblores que un solo hombre estaba haciendo. Pero Lucio no se detenía por nada.
Aun repleto de poder, continuo con su gran obra sin detenerse ni un segundo. Comenzaba a jadear y a sudar por el gran esfuerzo de controlar un poder tan grande. Nunca había hecho algo así en todos sus siglos de existencia.
  El magma terminó por ascender a borbotones por la grieta, terminando así con toda la vida que pudo haber a su alrededor alguna vez. Lucio lanzó un tajo cortante de Eon, enorme y letal, que lo endureció en un solo segundo. Abrió los brazos a los lados con un elegante y fluido movimiento y sintió sobre sus manos el peso completo del plantea. Entones, comenzó a empujar.
  Sus hombros bajaban ante el tremendo peso que intentaba levantar y sintió como sus huesos se resentían, incapaces de hacer el mínimo movimiento. La tierra en frente suya comenzó a temblar con aun más violencia a medida que las placas tectónicas bajo la corteza eran empujadas por la fuerza invisible del Dios. Lucio gruñó desesperado y sacó fuerzas de donde no tenía para seguir tirando de la tierra hacia arriba. Poco a poco, la roca comenzó a romperse y a alzarse en dirección al cielo, queriendo tocar las nubes y los astros. En toda la gran grieta empezaron a surgir montañas empinadas y escarpadas, imposibles de escalar para ningún ser humano.
  Lucio descendió un poco en el aire y sintió como su poder se desvanecía mientras las montañas se le escurrían de los dedos. Sus ojos parpadearon entre el rojo y el azul del poder absoluto. No, aun no podía pasar eso, debía conseguirlo. La única forma de proteger ese lugar de los hombres era hacerlo inaccesible. Protegerlo y defenderlo como una fortaleza, como una tumba anónima de lo que fue el reino más poderoso del mundo, del héroe más grande de todos los tiempos que algún día volvería y al que debía esperar.
  Lanzó un grito desesperado que reverberó  y volvió a empujar con renovadas fuerzas. El rumor de la roca resquebrajarse y chocando entre ella creó un gran estruendo que hizo eco en el lugar. Cientos de montañas se formaban ante sus ojos con la precisión de un artista. Picos altos, imponentes, escarpados, lisos, peligrosos, terroríficos; a lo largo de una gran línea que se había convertido en la nueva frontera de dos países en unos pocos minutos. Un acto impensable para los ojos mortales. Ningún poder era capaz de lograr algo así, salvo él: El Guardián de la Tierra.
  El rumor y los temblores fue remitiendo a medida que todas las montañas tomaban su lugar en todo el país. Pequeños relámpagos azulados recorrían las cumbres con la velocidad de un parpadeo y las primeras nubes grises no tardaron en formarse en lo alto, tapando por completo el maravilloso cielo nocturno de esa noche.

  Lucio dejó caer los brazos, exagüe, preso de un cansancio mortal. Sus ojos volvieron a su natural tono rojizo, dejando ir todo el poder que había contenido hasta ese momento. Tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor, al igual que el pelo. Sentía los músculos desgarrados, como si el mismo hubiera levantado todas aquellas montañas. A pesar de todo eso, una cansada sonrisa adornaba su rostro. Lo había conseguido.
  Aun en el aire, se volvió al ruinoso castillo. Suspiró y chasqueó los dedos en un pequeño ademán. Las piedras caídas desafiaron el poder de la gravedad y regresaron a su lugar exacto. Las vigas volvieron a sustentar el techo y las torres se reconstruyeron a gran velocidad hasta volver a tocar las nubes con sus altos pináculos. Todo menos el puente volvió a su lugar original, tal y como debía ser.
Por fin pudo descender al suelo, aunque tan pronto como su pies tocaron la grava sus rodillas perdieron fuerza y cayó irremediablemente, exhausto. Había agotado todo su poder.
  Un trueno rasgó el cielo, resonando en un gran eco entre las recién formadas montañas. Le siguió la caída de un gran aguacero que cayó con fuerza sobre la tierra mustia y cambiada de lo que antes fue el valle.
  Lucio alzó el rostro hacia la lluvia, dejando que las gotas resbalaran por sus mejillas, su pelo y que lo empaparan por completo. Sentaba bien. Era una lluvia diferente a la de hace un año. Esta no intentaba limpiar la sangre, si no que traía vida. Renqueante, consiguió ponerse en pie, no sin dar más de un traspiés. Su nueva existencia comenzaba. Una de espera y paciencia, de encierro y soledad. Valía la pena.

  Empujó el gran portón de, ahora su castillo, y volvió la vista a su creación. Las montañas se alzaban como colosos, guardianes de sus secretos que no permitirían que ningún humano osara acercarse hasta allí. No hasta que él regresara en busca de pistas y respuestas.

  – Aquí te espero, Avalon.

  Las puertas se cerraron a sus espaldas, y así seguirían hasta que el Guardián regresara. 

El Guardián de la Tierra (VIII)

   Las primeras notas resonaban en el silencio del teatro.
  Tímidas, dulces, pausadas, cálidas. Tomándose su tiempo, creciendo y muriendo en menos de un segundo, aumentando la intensidad, el ritmo, con calma. Danzando en el aire entre el expectante público, creando formas imposibles con las florituras de la melodía. Subiendo hacia el clímax con fuerza, un canto desesperado de nostalgia y esperanza que ascendía y bajaba entre las teclas, jugueteando en la partitura, creando ritmos evocadores, armonías únicas, veloces, poderosas, novedosas, que hablaban de futuro.

   La música volaba por todas partes, buscando cualquier rincón que le dejará escapar hacia la gran ciudad de Rawen.

  Situado en el centro de la ciudad, la llamada Capital del Arte resplandecía con luz propia. Diversos poetas y artistas habían deambulado por sus calles y puentes, plasmando en sus obras la gran belleza de su arquitectura, sus canales, y por supuesto, de su maravilloso auditorio. Antiguos reyes del pasado lo habían mandado construir para que se convirtiera en un punto de referencia musical para todo el mundo. Grandes concertistas y compositores habían logrado su éxito en ese escenario. Y hoy nacía otro nuevo genio.

   El pianista, con los ojos cerrados, se movía guiado por la notas, cumpliendo sus deseos, dejándose llevar hasta la cumbre para luego dejarlas caer exagües en esa tierna melodía del comienzo, haciéndolas descansar y respirar de nuevo como una exhalación. Un llanto, el dolor de la pérdida; pero luego, la esperanza resurge. Despacio, muy despacio, el canto de una elegante dama como era la música que se alza sobre la desesperación. Caminando por el auditorio, sobreponiéndose ante todo y ante todos, habla. Bailando por el aire al son que le marcaba el pianista. Ascendiendo hasta el cielo y bajando a la tierra. Cada vez más rápido, frenético, el descenso con fuerza a la realidad. Siempre tierno, dulce, como una caricia, amable en el piano entre miles de adornos y florituras.

  Todos los ojos estaban fijos en el rápido y elegante movimiento de las manos del pianista. Era hechizante, una magia arcaica que todos los humanos admiraban. También los Dioses.
  Oculto entre bambalinas, apoyado entre una de las muchas, grandes y pesadas cajas que se amontonaban allí detrás, Lucio disfrutaba del concierto.
  Samus siempre había tenido talento, lo supo desde que se conocieron. Siempre tan alegre, lleno de nuevas ideas y de ganas de hacer llegar su música a todo el mundo. Él representaba una de las muchas cosas que le gustaban de los humanos: el arte. Eran capaces de crear tantas cosas bellas. Cuadros de colores vivos que te transportaban a increíbles paisajes, esculturas de héroes, doncellas y Dioses, hechas con esmero, cariño y dedicación. Y música. Era lo que más le gustaba. Él era incapaz de arrancarle un sonido decente a ningún instrumento, por eso gustaba de escuchar a otros siempre que podía. Y Samus era su predilecto. Se preguntaba como reaccionaría al verlo allí después de medio año desaparecido. Habían pasado muchas cosas y debían hablar. Aunque había tiempo de sobra. Pararse a escuchar las maravillosas melodías que le arrancaba al piano era un espectáculo que nunca querría perderse.

  Poco a poco, la dama de la música se dejó caer sobre el escenario muerta, resoluta, cansada, pero aun viva. La última nota se extinguió en el inmenso teatro, dejando una estela de expectación entre el público. El mago del piano, el músico, abrió sus ojos despertando de su pequeño éxtasis, como volviendo de un sueño efímero e idílico. Los aplausos resonaron con la fuerza de un trueno para recibirlo.
  Samus abrió los ojos y se levanto para dedicarle una reverencia al público con una gran sonrisa en la cara. Se sentía cansado y al mismo tiempo, satisfecho consigo mismo por el magnífico concierto que acababa de ofrecer. Todo el mundo se levantó para vitorearle haciendo resonar el auditorio completo. El mismo Lucio le aplaudía desde su escondite, orgulloso. Aquel día acababa de marcar historia. El reino cambiaba y él había dado un paso más para la evolución de la música.

  – Ese chico llegará lejos, sin duda.

  Lucio ni se sorprendió al oír esa voz tan familiar a su lado. Le extrañaba que no hubiera aparecido antes.

  – ¿Eso también te lo ha dicho tu querido libro? – preguntó sin volverse.
  – Puede – rió de forma elegante.
  – Deberías dejar de verlo durante unos segundos y conectar con la realidad – dijo volviéndose a él –. Créeme, te vendrá bien.

  El extraño visitante le dedicó una mirada escéptica con sus profundos ojos azules del color del Eon. Vestía con corte señorial, tal y como lo haría alguien de la aristocracia de dentro de varios siglos en el futuro. Un traje beige con chaleco, americana y un sombrero de caballero que ocultaba su sedoso pelo rubio. En una mano sujetaba un voluminoso tomo de hojas amarillentas algo arrugadas por el uso, aunque tenía una elegante cubierta de cuero con remates dorados que estaba como nueva, como recién encuadernado.

  – No puedo evitar tener mis ojos puestos en el destino de todos los seres, Lucio – rió por lo bajo –. Al fin y al cabo, es mi trabajo.
  – Un trabajo bastante molesto, Knox ¿Nunca has oído hablar del libre albedrío? – bromeó.
  – Esos filósofos idealistas– chasqueó la lengua, molesto –. Los humanos siempre están liando términos. Que tengan libertad para decidir no significa que puedan escapar de su destino – bufó exasperado. Era un tema que no le gustaba nada.

  Desde los albores de los tiempos, los hombres se habían preocupado bastante sobre a donde le llevará la vida, el sentido de su existencia y muchas preguntas difusas que nadie tenía respuesta. Para eso estaba Knox y su maravilloso librito, por decir un eufemismo. Él era el único capaz de leer el destino de cada hombre y mujer que vivía en ese momento. Un trabajo aburrido, predecible, pero del que a él le encantaba presumir. Al menos no era como su hermana Selina, la encargada de vigilar y controlar el tiempo, así como cada línea temporal que se creaba por las decisiones de los humanos. Era raro verla sonreír. Siempre tan fría e hierática, tomándose su trabajo demasiado en serio. Ambos hermanos eran la antítesis del otro a pesar de que sus labores eran tan importantes para la humanidad. Cada uno tenía su particular forma de sobrellevarlo.
 
  – Me han dicho que has decidido darte un pequeño chapuzón en la corriente de Eon – se sonrió –. ¿Qué tal el baño?
  – Un poco turbio. Aunque claro, eso ya lo sabias – suspiró hastiado.
 – El destino tiene su propio sentido del humor. Estaba escrito que lo harías – dijo con condescendencia.
  – ¿También está escrito que te vas a tragar tus palabras? – lo taladró con la mirada.
  – Por supuesto que no. Si estuviera entre estas páginas que mi preciosa cara iba a sufrir daños me aseguraría de reescribirlo – dijo con fingido horror cerrando el libro de un golpe seco.

  Lucio suspiró y volvió la vista hacia el escenario donde la ovación continuaba cubriendo a Samus de aplausos y felicitaciones. Se le miraba inmensamente feliz.

  – Ese chico marcará historia. Créeme – dijo Knox a sus espaldas –. Sus páginas están llenas de logros y éxitos que serán recordados durante siglos.
  – No tenía la menor duda – sonrió –. ¿Qué me dices de Avalon? – lo miró de reojo –. ¿Sus páginas también están plagadas de aventuras y grandes hazañas?.
  – Avalon está muerto – dijo enarcando una ceja, como si aquello fuera lo más obvio del mundo-

  Por primera vez en mucho tiempo, no le dolió escuchar esa dura verdad. En el fondo de su ser ya estaba interiorizado, guardado con celo junto con la esperanza de que su promesa se haría realidad.

  – Sabes muy bien a lo que me refiero – insistió.

  Knox negó levemente intentando reprimir una sonrisa burlona, como si pensara que estaba loco. Solo por darle el gusto, abrió su preciado libro donde estuvo el destino del Guardián del Eon. La página estaba decorada en un brillante marco dorado con volutas y filigranas, con letras capitales profusamente ornamentadas y coloreadas. Aquella hoja tuvo que haberse vuelto blanca en el momento de su muerte, pero para su sorpresa, seguía manteniendo escrito el sino del joven héroe, con unos puntos suspensivos que esperaban, pacientes, a continuar la historia.

  – Vaya. Esto es nuevo – murmuró observando las letras con más detalle –. ¿Cómo es que no se ha borrado?

  Ambos dioses compartieron una mirada de complicidad. Cierto que nunca había pasado algo así y si el libro no había borrado de su memoria la existencia de Avalon, era porque esta no se había extinguido aún.

  – Algo así no tiene precedentes – dijo Knox cerrando el libro de nuevo –, ¿Helienne lo sabe?
 – Seguramente ella misma lo ha planeado – dijo con algo de rencor –. Y si en la página de Avalon aparece eso, también en la de Alastor.
  – Si es así debemos de estar preparados. Tal vez debería hablar con Selina para que los tenga vigilados a ambos. Aunque… – Knox puso una mueca – Últimamente está de muy mal humor. Lo último que supe de ella es que maldijo a una humana por algo tan simple como odiar a los Dioses. Dejaré esa conversación para dentro de un siglo. Tal vez cuatro – rió entre dientes solo de pensar en el genio que se gastaba su melliza.
  – Olvídalo. Si esto es obra de Helienne habrá cubierto cualquier rastro de su existencia. Como si eso no hubiera pasado – dijo mientras se atusaba su flequillo. Parecía muy cansado –. Nuestra labor es prevenirnos para cuando llegue el momento y poder actuar.
  – ¿Y cómo piensas hacerlo?.
  – Que tu me preguntes eso – dijo esbozando una sonrisa ladina al lanzarle una mirada al libro.

  Knox no perdió tiempo en buscar la página que correspondía a su inmortal compañero. Sus ojos se movieron rápido entre las líneas leyendo lo que estaba escrito en su destino. A medida que avanzaba, su cara se iba convirtiendo desde una indiferencia absoluta de quien lee una novela, hasta la más absoluta perplejidad.

  – No puedes – musitó –. Es demasiado tiempo. Es una locura – se giró a verle angustiado.
  – Eso mismo dijo Hebi cuando me intenté tirar a la corriente y no pudo detenerme – se carcajeó –. Te agradecería que no intentaras imitarle, Knox. No me gustaría dejarte las mismas cicatrices que a él.

  Ensanchó más su sonrisa dejando ver uno de sus afilados y brillantes colmillos con aire amenazador. Era suficiente para darle a entender que no era ningún farol. Podría salir muy mal parado si se interponía en su camino. Se adelantó un par de pasos para tener una mejor perspectiva del público que ya parecía retirarse del auditorio.

  – ¿Y cuando piensas hacerlo?– preguntó.
  – ¿Qué crees que hago aquí? – le respondió riendo.

  El silencio se hizo entre ellos con la fuerza de una ventisca. Era la despedida y ninguno se atrevía a decir nada. Quien sabe cuanto tiempo pasaría hasta que sus caminos se volvieran a cruzar.

  – Espero que estés seguro de esta elección.

 Lucio se giró para contestarle, pero su respuesta murió en sus labios antes de lanzarla hacia nadie. Knox había desaparecido de la misma forma que había llegado: sin que nadie lo hubiera visto. Suspiró resignado y se masajeó el puente de la nariz intentando relajarse. ¿Si estaba seguro de esa elección? No mucho. Significaba renunciar a muchas cosas de su existencia. Todo por una promesa. Eso debería bastarle para no echarse atrás.

  – ¿Lucio? – escuchó que alguien le llamaba por la espalda. Samus había terminado su concierto –. ¿Qué haces aquí?
  – Ver tu gran concierto, por supuesto – dijo con una gran sonrisa, como si lo que acababa de pasar con su compañero nunca hubiera existido –. Has estado increíble.
  – Creo que exageras, pero gracias. Me alegro de que estés aquí – se le notaba aliviado, como si al verlo sano y salvo le hubiera quitado un gran peso de encima –. Pero ahora dime, de verdad ¿Qué haces aquí? Sé que no solo has sido atraído por el poder de la música – rió.
  – ¿A ti no te puedo engañar? – preguntó dejando escapar una risa nerviosa –. La verdad es que vengo a ayudarte, Samus

  No necesitó más palabras. Estaba claro que se refería a aquello por lo que discutieron hacía ahora medio año y que tan lejos quedaba ya. Muchas cosas habían cambiado en muy poco tiempo y muchas más estaban por cambiar. Empezando por su misión.

  – ¿Aún la tienes? – preguntó Lucio.
 – Si, a buen recaudo. Tenía la esperanza de que recapacitaras para poder esconderla bien – respondió sonriente.
  – Muy previsor – le puso la mano en el hombros – Además de esconderla, tendremos que dejar pistas para que la encuentre en el momento adecuado – dijo mientras buscaba algo en su bolsa –. Pero tranquilo, lo tengo todo bien planeado.
  – ¿Qué la encuentre? ¿Quién? – preguntó con una mueca que daba a entender su confusión.

  Como toda respuesta, Lucio le tendió un viejo cuaderno de tapas de cuero negro desgastadas por el tiempo, el uso y los constantes viajes en una bolsa. Samus lo cogió para observarlo más detenidamente. Las hojas estaban arrugadas, dobladas y rotas. Había sido muy maltratado. No tenía título y al abrirlo pudo ver como estaba escrito a mano, con un pluma ágil y una letra afilada y elegante.

  – Es el diario de Avalon – dijo Lucio mientras lo revisaba –. Si va a volver, o reencarnarse, como prefieras, creo que le será útil recuperar sus antiguas memorias. Lo usaremos para dejar las pistas.
  – ¿Pistas? ¿Cómo que Avalon va a volver? – estaba más perdido que un lobicornio en el desierto. Acababa de terminar un concierto y las notas aun flotaban por su cabeza. Lucio y su don de la oportunidad.
  – Te lo explicaré por el camino – sonrió al ver como estaba Samus –. Ahora no tenemos tiempo que perder. Venga, cambiate que nos vamos – dijo caminando hacia la salida
  – ¿¡Qué!? ¡Espera! No puedo irme así como así – en su voz sonaba casi una súplica ante las prisas de su amigo – Tengo conciertos, y obligaciones ¿Al menos podrías explicarme a donde quiere ir?
  – Pensé que era obvio – dijo sin detener su caminar hacia la salida –. A esconder la Joya de la Vida.


El Guardián de la Tierra (VII)

   Lucio se sentía flotar en medio de la inmensidad.
  Su cuerpo era liviano y se movía al compás del místico ritmo de la corriente, como una hoja llevada por el viento. Sus extremidades parecían no pesar nada, al igual que todas sus preocupaciones y temores. Aun no se atrevía a abrir los ojos por miedo de lo que se podría encontrar. Por si la magnificencia del poder del Eon en todo su esplendor fuera demasiado para su mente, aunque parecía el paraíso. Pequeñas chispitas chocaron contra su cuerpo creando suaves descargas eléctricas. Los hilos de energía le acariciaban los dedos y los mechones de su pelo suelto le provocaban ligeras cosquillas que lo hicieron sonreír. Allí dentro, todo se intensificaba.
  Se dejó arrullar por el dulce sonido que creaban las pulsaciones del río. Como el susurro de las hojas del bosque, el relajante sonido de las olas del mar, murmullos y tímidas risas en la lejanía, el arrullo del viento entre las montañas; nada era suficiente para describir aquel bello cantar. No llegaba ningún sonido del exterior, era como estar en un mundo a parte donde no podía existir el dolor, solo la eternidad.

  Finalmente, se armó de valor para abrir los ojos.

 Todo era azul, como si estuviera usando su poder para ver el Eon. Llamas turquesa bailaban al son de una música que solo ellas entendían. Chispas brillantes e intermitentes se arremolinaban a placer entre los torrentes de energía. Y almas. Cientos, miles de ellas que volaban por el universo etéreo e ingrávido en el que existían. No emitían ningún sonido, flotaban sin rumbo fijo, siguiendo la corriente. Una de ellas le atravesó el cuerpo como si no estuviera allí. Un agradable calor lo abrazó con ternura; eran los sentimientos de esa persona. El alma era feliz en ese lugar. No sintió miedo, ni temor a la Muerte. Nada de lo que le había preocupado cuando estaba viva importaba ya. Lucio sonrió sin darse cuenta al asimilar todo eso. Nunca pudo imaginar que existiera un lugar tan maravilloso y pacífico como ese.

   Negó rápidamente con la intención de concentrarse. Sabía que no tenía mucho tiempo antes de que toda su energía fuera absorbida por la corriente. Debía buscar a Avalon, o su alma, lo más rápido posible. La cuestión era como. A su alrededor, miles de entes discurrían como el agua de un rio, con caras traslúcidas difíciles de reconocer que se entremezclaban unas con otras. Era como buscar una aguja en un pajar en una carrera contrarreloj.
  Flotó inquieto en medio de la inmensidad, sin saber que hacer o por donde empezar. Por primera vez desde que estaba allí sentía la ansiedad de la locura que había cometido. Lo imposible que era aquella hazaña. No podía. Nunca lo conseguiría.
  Lucio se encogió sobre si mismo respirando entrecortadamente. Debía tranquilizarse para pensar y recordar todo lo que sabía de aquel lugar. La corriente se extendía por todo el planeta en un torrente continuo. Sería incapaz de recorrerla entera sin ser absorbido en el intento. Observó el comportamiento de las almas más cercanas a él. Se removían entre los hilos de energía, danzando en la corriente, siempre cambiantes. Por un momento eran jóvenes, al siguiente ancianos, cambiaban de sexo o se convertían en niños. Ninguna tenía una forma estable por más de unos segundos. Fue entonces cuando lo recordó.
  El Eon era la forma de energía elemental, primigenia, pura. Y como tal, siempre se transformaba, pero nunca desaparecía. Podría haberse pasado la eternidad buscando en la corriente que nunca habría encontrado a su amigo. Todas sus partes debían de estar desperdigadas por el río y solo había que juntarlos.
  Respiró hondo, en pos de tranquilizarse. Debía dejar que todo el pánico que había sentido hace un momento desapareciera y que su mente se centrara solo en los recuerdos con él. Su rostro se relajó y cerró los ojos despacio, concentrado. En su mente comenzaron a aparecer diversas escenas inconexas a gran velocidad. Los viajes, las aventuras, las conversaciones; todo lo que tuviera que ser con...

  – Avalon – susurró.

  Su voz reverberó en la corriente, mezclándose con los susurros, las olas, el viento y las pulsaciones. El eco se intensificó haciendo que el nombre del héroe se repitiera continuamente como un sonar, buscando algo en el infinito.
 Unas lucecitas danzantes comenzaron a arremolinarse frente a él. Algunas almas se vieron absorbidas junto con algunos hilos de energía que serpenteaban cerca. En un instante, toda aquella espiral tomó forma hasta convertirse en una persona. Lucio abrió los ojos de nuevo y tuvo que ahogar un grito de expectación al distinguir su figura. Allí estaba él, aunque no en carne y hueso.
 Traslucido, emitiendo un ligero fulgor azulado que se llegaba a mimetizar con el entorno. Pero era él. Tenía la misma ropa de ese día: la capa, el chaleco, las botas, los guantes, hasta su sombrero de ala ancha que siempre llevaba. Parecía confuso y se observaba a si mismo intentando asimilar que volvía a ser él, por un alguna obra divina. Lucio no daba crédito a sus ojos. Estaba frente a él de nuevo. Lo había conseguido.
  Boqueó varias veces, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Después de todo ese tiempo, volver a verlo era una impresión más grande de la que esperó. Que decir, que admitir, que ocultar. Eran demasiadas sensaciones a la vez.

  – ¿Lucio? – le escuchó preguntar, incrédulo.
  – Cuanto tiempo sin verte, Avalon – sonrió con nostalgia. Estaba demasiado feliz como para intentar reprimirla.
  – ¿Qué haces aquí?
  – Yo vine… .

  Sus voces resonaban en un místico eco que no desentonaba con el pacífico ambiente que reinaba. A pesar de ello, la tensión cayó sobre ellos. Lucio sabía que no le quedaba mucho tiempo allí, y en ese punto, se sentía hasta ridículo por haber llegado tan lejos por recuperar a su amigo. Mil veces se había reído de las leyendas de otros países sobre hombres que llegaban hasta el inframundo para hacer actos suicidas llenos de heroísmo. Y ahora estaba haciendo lo mismo, pero en la realidad. Quería decir tanto y el tiempo corría en su contra. Sería un Dios, pero ahora mismo se sentía como un humano adolescente, perdido y solo.

  – He venido a buscarte – dijo con determinación –. No pienso irme de aquí sin ti, Avalon.
  – ¿Venir a buscarme? – preguntó como si no lo hubiera oído bien –. Pero Lucio, es una locura. Algo imposible.
  – Lo imposible solo es algo más difícil – le cortó repitiendo sus mismas palabras.
  – En este caso, imposible es algo mucho más que eso – suspiró con pesar –. Te lo agradezco, pero créeme que mi destino es estar aquí. Es por el bien de todos.
  – ¿Cómo va a ser el bien que te hayas sacrificado por un reino que se desmorona? – lo encaró –. No se si te has dado cuenta pero el mundo se cae a pedazos desde que desapareciste – la desesperación y el dolor impregnaban cada una de sus palabras.
  – Lo se. Pero lo que ahora son pedazos, dentro de años será un nuevo mundo. Y cuando llegue el momento, volveré para verlo – dijo con tono tajante en un intento de hacerle desistir.
  – ¿Por que esperar para ver ese nuevo mundo y no ayudar a crearlo? Los Eonins han comenzado a construir la academia. Se que quieres ver tu sueño hecho realidad, Avalon. Por favor, regresa.

  Alargó una mano para coger a su amigo del antebrazo con la idea de salir de allí juntos, pero solo consiguió coger aire. La silueta del brazo de Avalon se difuminó durante unos segundos antes de volver a formarse.

  – No puedo volver, no aún – susurró mirándole con pesar –. Mi forma física ya no existe.

  Lucio se observó las garras sin poder creelo. Estaba allí, en lo más parecido al fin del mundo que existía, en un río de almas y energía. Había bajado al mismísimo Inframundo como esos tontos de las leyendas. A ellos siempre les salía bien la hazaña ¿Por que a él no?
  La frustración y la impotencia se apoderaron de cada fibra de su cuerpo. Una furia casi animal se apoderó de él. Arremetió contra la figura de Avalon entre gruñidos y jadeos, dando zarpazos salvajes al vacío en vanos intentos de sujetar algo de esa energía azulada que formaba la figura. No valía como amigo, no valía como Dios ¿Es que serviría para algo en esa absurda existencia? Las lagrimas comenzaron a recorrer sus mejillas. Ni se esforzó en retenerlas, ya no tenía sentido hacerlo.

  – ¡No he llegado hasta aquí para nada!-bramó con la voz impregnada de dolor, rota –. ¡No pude detener esa estúpida guerra! ¡No te pude salvar antes y tampoco ahora! ¡¿Cómo quieres que viva con esta culpa!?

  Avalon dejó que descargara su ira contra lo poco que quedaba de él. Después de tantos años juntos, entendía sus miedos y se arrepentía de haberlos hecho realidad. Desde los principios de la creación, Lucio se había sentido solo en un mundo de continua evolución. Se había prometido a si mismo que haría todo lo posible para que no se volviera a sentir así nunca más. Había fallado. El destino era caprichoso y él había roto su promesa a pesar de todo. El también se sentía culpable. Parecía que ambos debería existir con sus cargas.

  – Lucio, para… .

  Su figura fantasmal lo abrazó en el aire. Era extraño que te abrazara un ánima traslúcida pero aquello consiguió calmarlo. A pesar de que no se tocaban, Lucio pudo percibir todo lo que Avalon sentía y por unos segundos, volvió a sentir que todo estaba bien. Que estaban juntos acampando en un bosque remoto, buscando aventuras y viviendo nuevas experiencias. Bellos recuerdos que ambos atesorarían por el resto de los siglos.

  – Déjame ir, por favor – susurró Avalon sin soltarlo –. Créeme que nada de lo que pasó fue culpa tuya, fue el destino; algo que ni un Dios puede cambiar – suspiró –. Ahora te necesito en Eon para que hagas lo que yo ya no puedo.
  – ¿Cómo sabré que lo estoy haciendo bien? ¿Qué no te decepciono? – preguntó con voz rota por las lágrimas.
  – Lo harás muy bien. Cree en mi que creo en ti – rió repitiendo la frase que solían decirse en los momentos de flaqueza.

  Lucio sonrió aliviado. Puede que fuera el efecto de la corriente de Eon, aunque lo más seguro, era que el hablar con él de nuevo le había devuelto las fuerzas de vivir. Se separó despacio de su etérea figura y se seco de mala manera los restos de las lágrimas que aun quedaban en su rostro. Era hora de que se terminaran los lamentos.

  – ¿Era cierto aquello que me dijiste? ¿Volverás?.
  – Al igual que Alastor – asintió –. No nos reconocerás a ninguno, pero esta lucha no se ha terminado aún. Pasarán años antes de que podamos encontrar una nueva forma física. Una reencarnación, si así lo prefieres – por un momento dudo – No podré recordarte.
  – Pero yo a ti sí – dijo con renovado optimismo –. Te estaré esperando, Ava...

  Una sacudida eléctrica le hizo convulsionarse con fuerza en un segundo. Lucio ahogó un grito de dolor que quedó en un gemido roto. Cayó de rodillas, flotando en aquella azulada inmensidad. Se encorvó dolorido llevándose una mano en el pecho, le costaba respirar. Pequeños rayos azules recorrieron su cuerpo, erráticos, provocándole un dolor inimaginable. Estaba pasando.

  – ¡Lucio!

  El Dios apretó los dientes con fuerza para no gritar de agonía. Sentía como su energía era absorbida como si una mano gigante intentara partirlo en dos. Su Eon era llamado a formar parte de la corriente de vida. Había pasado allí demasiado tiempo.

  – ¡Vamos, levantate! ¡Si te quedas aquí morirás! – lo apremió con el miedo impregnando su voz.

  Lucio no contestó pero una sonrisa rota asomó en su rostro por la ironía. Había buscado durante mucho tiempo su propia perdición, hasta había aceptado morir por salvar a su amigo. Y ahora, que por fin miraba la luz a través del túnel, el destino volvía a llamar a su puerta. Desde que había entrado allí, pensó que estaba en un paraíso de ensueño, sin dolor y sin penas. Era obvio que se equivocó. Lo que estaba sintiendo ahora no lo podría igualar ni la peor de las torturas.

  – Cr-creo que es el f-fin p-ara mi – jadeó.

  No pudo mantenerse por mucho más tiempo de rodillas. Se dejó caer con un gemido de dolor. Se retorcía, se clavaba las garras en cualquier parte del cuerpo para que este respondiera y le dejará salir de allí. Pero era inútil. Iba a morir. Entre convulsiones pudo ver la cara preocupada de Avalon, presa del pánico, de la impotencia, de la preocupación. En un último relámpago de consciencia pensó que no hace mucho las tornas eran distintas. Él sabía lo horrible que era ver morir a tu mejor amigo, y ahora, sabía que era horrible morir viendo la cara de un ser querido.

  Ya se daba por acabado. Su energía era ínfima, la suficiente como para mantenerle con vida antes de que fuera succionada por la corriente. Cerró los ojos, dispuesto a aceptar su propio final cuando lo sintió.
 Algo lo asió por la cintura con fuerza, tirando de él como un látigo. Abrió los ojos de la impresión justo a tiempo para ver como volaba entre las luces, las almas, los hilos de energía y como estos se alejaba a gran velocidad hasta que volvió a ver la pared escapada de la caverna. Voló por los aires, sintiéndose aún ingrávido hasta que las leyes física volvieron a su sitio y cayó de espaldas contra el suelo haciendo resonar la cueva del gran golpe. Hebi no tardó en seguirle, tirándose a su lado jadeante mientras su cetro se desmaterializaba en pequeñas luces azules. Había conseguido sacar a Lucio justo a tiempo y no había sido nada fácil.

  Ambos Dioses miraron el techo en silencio, concentrándose en el sonido de sus respiraciones erráticas y en las pulsaciones de la corriente. Lucio aun era víctima de alguna sacudida eléctrica que de vez cuanto que le arrancaba leves gemidos de dolor. Pronto, la pequeña llama de Eon que conservaba volvería a tener toda su fuerza. Unos segundos más allí dentro y no tendría ni esa mínima parte de su poder. No sería nada, nunca jamás podría volver a recuperar su forma física. Le debía una grande a su compañero.

  – Gracias – musitó.
  – No hay que darlas – dijo Hebi tajante sin apartar la vista del techo –. Se me da bien rescatar a locos suicidas como tu.
  – ¿Hay muchos Dioses que se tiren a la corriente vital? – preguntó en una risa que quedó en un quejido.
  – Solo los locos que han perdido el juicio – suspiró –. Insensato. Casi no lo cuentas.
  – Lo se – el semblante de Lucio se serenó recordando lo que había vivido ahí dentro –. Creo que por fin se lo que debo hacer, Hebi.
  – ¿El destino? – preguntó enarcando una ceja.
  – El destino – asintió.

  Otro silencio, este más tranquilo, cayó sobre ellos. Cervezo se acercó a su amo en busca de la recompensa por haberle ayudado a salvar a su amigo. Los dos habían tirado fuerte del cetro de Hebi, luchando contra la fuerza de la corriente de Eon para sacarlo. No había sido fácil y estaban agotados, aunque el resultado era inmejorable.

  – Oye – lo llamó mientras acariciaba una de las tres cabezas del perro –. ¿Cómo es ahí dentro?

  Lucio esbozó una sonrisa ladina ante su curiosidad.

  – Un paraíso hecho infierno.

El Guardián de la Tierra (VI)

   Los Montes de Farin dormían.
  Escondidos en lo más alejado del reino, en medio de esa tierra de nadie, los gigantescas montañas seguían sumidas en su eterno letargo. Colosales masas de roca escarpada que rozaban el cielo e intimidaban a cualquier incauto que osara acercarse a su hogar. Ningún animal se atrevía a vivir allí, ningún humano, nadie. Ni el río Tonli, que allí nacía, era capaz de alzar la voz. Solo era un murmullo quedo y tímido, que aliviaba el ambiente sin romper el silencio sepulcral reinante en cada rincón del macizo, creando la soledad más absoluta. Solo el gélido viento tenía el valor de aparecer serpenteando entre las cumbres, indómito; como un travieso diablillo invisible que intentaba arrancarle algún sonido a ese inhóspito lugar. Erosionaba las montañas a placer creando laderas imposibles de escalar, cubría de nieve las picos más altos y se colaba por los recovecos más increíbles para escuchar como silbaba la montaña. Pero ni eso conseguía romper la quietud del lugar. Era la nada.

   Lucio arrastró los pies alcanzando el final de una empinada ladera. Sentía la garganta congelada del frío y resollaba del esfuerzo de haber ascendido hasta allí; pero por fin había llegado.
  Pocos eran los que habían tenido el privilegio de llegar tan lejos y contemplar las maravillas que ofrecía aquel paraíso solitario. Las montañas se cernía imponentes y intimidantes sobre el pequeño valle que escondían, protegiéndolo del exterior como una coraza casi impenetrable. Delicadas y coloridas flores salpicaban un poco de color sobre ese monótono lienzo de piedras, rocas y maleza. Algo de luz y de vida en un terreno yermo y muerto. Pequeños rayos de sol se filtraban entre los huecos de las montañas, cubriéndolas con los tonos anaranjados del atardecer. Allí, a lo lejos, inaccesible, donde comenzaban otras tierras y mundos por recorrer.
  Una fuerte corriente de viento hizo que se encogiera sobre si mismo y que sujetara con fuerza su capa para que no saliera volando. El frío le caló los huesos, pero había llegado muy lejos como volver ahora atrás. Contemplar las vistas estaba muy bien aunque no era momento de detenerse. Se arrebujó lo mejor que pudo y comenzó el descenso.

   No era la primera vez que iba a ese páramo. No en vano era el lugar con más energía de Eon de la tierra y eso se debía a varios motivos. Aunque a primera vista pareciera un lugar alejado del mundo, solo un paso entre reinos que pertenecía a la naturaleza, aquel paraíso entre montañas guardaba un secreto para el resto de los mortales y los seres como él, los Dioses, se aseguraban de que siguiera así.
Lucio se dejó resbalar por la ladera creando una leve avalancha de piedras. En un sitio tan silencioso, el pequeño acto resonó con eco como si se tratara de un alud de grandes magnitudes. Llegó abajo sin mayores complicaciones e intentó ubicar la entrada de la cueva que buscaba de entre las cientos que se escondían entre las paredes montañosas. No fue difícil hallarla para sus ojos.
  Caminó con tranquilidad hasta comenzar a subir un estrecho y empinado sendero de cabras que serpenteaba por la pared de la montaña. Colocando una mano sobre la rugosa superficie, Lucio notaba las vibraciones internas de la roca, esperando pacientemente a encontrar el lugar exacto. Era cierto que buscaba una cueva, aunque esta no estuviera a la vista. Los humanos nunca se paraban a sentir a la naturaleza y mucho menos a adentrarse en parajes solitarios como ese. Aquel lugar remoto, abandonado, era el lugar perfecto para esconder los poderes más grandes del mundo.

  Se detuvo de golpe cuando sintió la punzada eléctrica. Sutil, instantánea, como un rayo. Esbozó una sonrisa ladina y en el tiempo que se tarda en suspirar atravesó la pared como si no estuviera allí realmente. Un espejismo, un juego de sombras ideado para disuadir a los aventureros más insospechados y salvaguardar así el secreto mejor guardado de la humanidad. Los Dioses lo guardaban. El primer rey, Noa, lo guardó. Y Avalon también lo hizo.
  Tuvo que agacharse bastante para entrar y no darse un golpe en la cabeza. Estaba solo en medio de una oscura caverna que apestaba a humedad y moho. Una nauseabunda cueva estrecha y áspera que hacía el intento de pista de obstáculos entre las estalactitas y estalagmitas que la adornaban. Se escuchaba a los murciélagos chillar desde lo más profundo de la galería, negra como una noche sin Luna. Un humano habría buscado cualquier fuente de luz a la que aferrarse como un clavo ardiendo, pero no era el caso de Lucio. Sus ojos se adaptaban a la oscuridad con una facilidad pasmosa y no tardo ni un segundo en comenzar el camino entre rocas, goteras y musgo.
  La cueva se cerraba ante él como la boca del lobo mientras el camino se estrechaba más y más hasta hacerle caminar un poco encorvado. Rechinó los dientes, molesto por la posición en la que se veía obligado ir, arrastrando los pies que más de una vez tropezaban con los salientes de la roca dentada. Encontró un gran alivió cuando llegó a la zona donde la cueva se empinaba hacia abajo, al centro de la Tierra. Se echó hacia atrás todo lo que le permitió el reducido espacio haciendo que sus huesos crujieran antes de continuar. Tenía que agarrase a las paredes y al techo para no caer entre resbalones en la gravilla y la pronunciado de la cuesta. Usaba todo su sentido del equilibrio para mantenerse en pie y poco a poco fue bajando hasta llegar al final, donde otro largo pasillo le esperaba, estaba vez era el final.

  El aire estaba enrarecido allí abajo. Era denso, pesado, sucio, difícil de respirar. Solo de intentar tomar una bocanada profunda podías marearte y sentir como se estrechaban más las paredes de la cueva. Y era mejor no pensar que justo sobre tu cabeza estaba una gigantesca montaña y varios metros bajo Tierra. Un claustrofóbico habría muerto del infarto.
  Lucio se sacudió un poco de polvo de su camisa y miró hacia delante. Sus puntiagudas orejas se movieron ligeramente, inquietas al captar las pequeñas vibraciones en el ambiente. A lo lejos, un punto titilante de luz lo atraía como un alma perdida que iba a pasar al otro lado. Nunca una comparación fue más acertada.
  Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro a medida que seguía el pasillo. El brillo era cada vez más intenso y el suelo parecía temblar bajo sus pies con cada paso que daba. Le pareció oír el sonido del agua correr pero con intensidad. Una cascada continua, un río a gran velocidad, suaves pulsaciones de una corriente etérea. Aceleró el paso gradualmente hasta que lo convirtió en una carrera hacia lo desconocido. Todas las sensaciones se intensificaron al igual que su emoción por llegar de una vez por todas. Cuando alcanzó el final del túnel, la luz lo cegó.
  Un resplandor lo recibió con la fuerza de mil soles. Automáticamente, colocó los brazos delante de la cara en un vano intento de protección para aplacar su fulgor. Parpadeó varias veces intentando acostumbrarse a la repentina claridad hasta que hubo disipado unos molestos puntos negros que jugueteaban con su visión. Más tranquilo, relajó los brazos dejándolos caer a los lados y entonces lo vio.Un río gigantesco de color azul más claro que el cielo y el mar. Cientos de miles de luces brillantes escapaban de su frenética corriente hacia ninguna parte. No transportaba agua ni ningún líquido semejante. Era una vorágine de formas etéreas, mezcladas entre si, transparentes, metamórficas, un remolino de espirales e hilos turquesa entrelazándose entre si siguiendo el ritmo de un baile cósmico que solo ellos entendían. Parecía volar desde el alto techo de la gran caverna pulida y esmaltada por el mágico efecto del río. El hechizante sonido que provocaba la corriente rebotaba en el eco de las paredes, creando una sinfonía de ensueño que recordaba a las olas del mar muriendo en la playa y el viento jugando entre las hojas. Si los ángeles existieran, sería lo más parecido a su canto que cualquiera podría escuchar.
   Lucio cerró los ojos. Respiró de su poder, se deleitó con su música, sintió como todos esos meses de viaje desaparecían de su cuerpo, dejando cada uno de sus músculos relajados y fortalecidos. Era la magia del lugar más poderoso del mundo: la entrada a la corriente de Eon. La fuente de vida que unía a todos y cada uno de los seres de la Tierra.
   A su derecha había una pequeña escalera incrustada en la pared rocosa que lo llevaban a una ancha plataforma que marcaba las distancias entre la entrada y la corriente, dejando un amplio espacio para caminar o sentarse a contemplarla. Lucio bajó por los estrechos peldaños sin mucha dificultad, incapaz de apartar la vista del eterno correr de las luces danzantes que saltaban del río de energía o se hundían hasta desaparecer y mezclarse con el. Era un espectáculo del que nunca se cansaba a pesar de haberlo visto innumerables veces. Aquel día era diferente. No podía quedarse a mirar como siempre. Sin poder esperar más, se dio impulsó para dar un gran salto, salvando casi todo el tramo de bajada en un instante. Aterrizó sin esfuerzo en el suelo con un golpe seco y se reincorporó con la determinación plasmada en sus ojos. Era la hora.

   Como salido de la nada, una sombra resbaladiza entre la tenue oscuridad de la caverna se abalanzó sobre Lucio.
  No le dio tiempo a reaccionar. Fue más rápido que él, algo casi imposible, y en unos escasos segundos se vio en el suelo, aplastado por una pesada mole negra, inquieta y babosa. Algo pringoso cayó sobre su cara embadurnándolo por completo. La criatura no parecía tener intenciones de soltarlo, pero tampoco de atacarlo. Parecía que en vez de gruñirle como un enemigo, lloriqueara. Lucio abrió un ojo para poder identificar a su agresor y se ganó un lametón de una de las cabezas jadeantes. Las otras dos lo olisqueaban con curiosidad infantil en busca de comida o juguetes. Tal vez pensaran que su cuerpo era su nuevo juguete, quien sabe. Ahora su preocupación era sacarse esa cosa de encima. Alguien se le adelantó.

  – Vamos chico, suéltalo. Lucio ya es muy viejo para jugar.

  Todas las cabezas se volvieron hacia la voz y corrieron hacia ella con alegría. Lucio se alegraba de volver a respirar de nuevo.
  Se sentó en el suelo con una mueca de asco e intentó quitarse todas las babas posibles de la cara. Eran pegajosas, viscosas y olían a animal muerto. Suspiró hastiado y lanzó parte del pringue lejos de él. Se reincorporó sacudiéndose el polvo y se revisó el pelo en busca de más sustancias caninas.

  – Veo que ya conoces a mi can, Cervezo – se rió el extraño invitado con voz cantarina, hechizante.

  El cachorro corrió de nuevo a por Lucio, moviendo la cola con insistencia de lo feliz que estaba por tener a alguien nuevo con quien jugar. Le llegaba a la altura de la cintura y sus tres cabezas sacaban una lengua de la que caían gotas de esa baba asquerosa que se acababa de quitar de encima. Visto ahora, desde una posición más ventajosa, se dio cuenta de que no era más que un cachorro hiperactivo y adorable a su única y maravillosa forma.

  – ¿Te has buscado una mascota? – preguntó mientras acariciaba el lomo a Cervezo.
  – Si me tengo que quedar aquí encerrado durante tantos siglos creo que es justo que me busque algo de compañía – se encogió de hombros–. O mejor, podrías dignarte en visitarme más a menudo.
  – ¿Es que me echas de menos, Hebi?

  Lucio esbozó una irónica sonrisa y miró a su viejo compañero. A pesar de los años se conservaba igual que siempre. Con esa sonrisa descarada y su actitud relajada fingiendo que todo lo que pasaba en el mundo más allá de su cueva le daba igual; Hebi era la viva imagen de un seductor. Vestido elegantemente de negro desde las botas hasta la camisa y el chaleco, ese pelo azabache indomable y sus ojos verdes como esmeraldas brillantes lo convertían en el sueño de toda doncella cándida e inocente. Además, su indiferencia hacia ellas y el halo de misterio que lo acompañaba como un fantasma invisible las atraía con la fuerza de un imán. Tal vez fuera por esa incapacidad de pasar desapercibido que salía muy poco de su cueva, o tal vez se tomaba muy en serio su aburrido trabajo.

  – No mucho la verdad – se encogió de hombros –. Knox suele visitarme más que tú.
  – He estado ocupado.
 – Eso me han dicho – sonrió con sarcasmo –. Una guerra, rebeliones, guerrillas ¿Han vuelto al sistema del Senado?
  – Los humanos nunca aprenden, ya lo sabes – suspiró cansado sin dejar de acariciar al curioso perro.
 – Tu también y aun así insistes en relacionarte con ellos – cogió un palo y se lo lanzó lejos a Cervezo.
  – Son...curiosos – dijo con cierta nostalgia en la voz –. Pueden sorprenderte a veces.

  Hebi sabía bien a quien se refería. Como para no saberlo. Todos sus compañeros se habían llevado las manos a la cabeza cuando se enteraron de la decisión de Lucio de viajar por el mundo junto con un humano. Por muy poderoso que fuera, para un Dios era algo impensable.

  – Ha pasado por aquí.

  Todos los sentidos de Lucio se pusieron en alerta.
  Hebi parecía atender al can pero su mirada seria le advertía que no estaba contento. Observó el correr del río de Eon con atención, intentando discernir algo entre aquel remolino azul luminoso. Una cara, una sonrisa, una señal que le dijera que estaba ahí. Pero todo era igual en la superficie.

  – Lo sabía. Todas las almas y toda la energía vuelve a su origen – murmuró, ido.

  Desde tiempos inmemoriales, Hebi había custodiado aquella cueva para evitar que nada ni nadie pudiera entrar o salir. Ningún humano debía saber de la existencia de ese lugar y ningún alma podía escapar. Las únicas veces que unos mortales entraron fueron por designios de Helienne, nunca por casualidad. Hasta la fecha, ni un ápice de la energía de la corriente de Eon había escapado o provocado desastres. Su trabajo era fácil y aburrido, pero a él le gustaba guiar la energía de Eon de los muertos hacia la corriente y asegurarse de que se quedaban en su sitio. Un trabajo algo macabro, como si fuera la misma Parca, aunque a él le gustaba pensarse como el Dios de las Almas.

  – Sé que lo echas de menos, Lucio – dijo colocándose a su lado, observando el ir y venir de las luces.
  – No te haces una idea.
 – También sé que cuando se echa de menos a alguien se hacen locuras – dijo con fingida naturalidad.

  Lucio dejó escapar una risa forzada. No debió esperar que aquello fuera tan fácil. Hebi no era idiota. Si alguien venía a visitarlo no era solo para saludar. Se echó los mechones del flequillo hacia atrás cerrando los ojos en un vano intento de serenarse.

  – Tengo que hacerlo. Es lo único que me queda en esta vida eterna.
  – No será tan eterna si entras ahí. Ni siquiera nosotros podemos sobrevivir en la corriente sin morir.
  – Al menos moriré intentándolo.

  El silencio se cerró sobre ellos. Tenso, incómodo, casi sepulcral. Solo era roto por las incesantes pulsaciones que emitía la corriente pero ni eso conseguía alterar el ambiente que se había caído sobre ellos. El silencio que venía antes de la guerra.

  Lucio saltó rápidamente hacia atrás en el momento exacto en que Hebi invocó su cetro para golpearle. Dejó que sus pies resbalaran hasta detenerse solos a varios metro de su compañero, manteniendo las distancias. El Guardián de las Almas se colocó en posición de ataque, enarbolando su vara de obsidiana de formas zigzagueantes. Lo taladró con sus ojos verdes en señal de última advertencia.

  – No puedo dejar que cometas esa locura – su voz era tan fría y gélida como el hielo –. No si puedo impedirlo.
 – Esto no tiene nada que ver contigo – gruñó –. Apártate, no quiero luchar.

  Hebi no se inmutó.

  – Tu lo has querido – suspiró.

  De un simple movimiento, una espada apareció en su mano con un resplandor. Acero pulido con inscripciones en la hoja y una garra en la guarda. Apretó la empuñadura con fiereza y entrecerró los ojos sin perder de vista a su compañero. Rojo contra verde se unieron durante interminables segundos.

  En la caverna resonó el choque de las armas.

  En lo que se tarda en parpadear se habían lanzado en un feroz ataque contra el otro, presionando con fuerza para no ceder en sus convicciones. Lucio rugió de frustración consiguiendo hacerle retroceder. Hebi silbó bien alto antes de propinarle una buena patada en el estomago para sacarlo fuera de su camino. Cervezo se lanzó ladrando a por él, pero esta vez no lo cogió por sorpresa. De un rápido movimiento, Lucio se agachó para esquivar al perro, lo empujó con la guarda de la espada, lejos de la zona de batalla y sin perder ni un instante, volvió a atacar a su compañero con la espada en alto.

  Los golpes y las estocadas se sucedían a una velocidad imposible para el ojo humano. Solo se oía el entrechocar de las armas, los jadeos, los gritos y las maldiciones que se propinaban entre ellos.
Hebi únicamente podía defenderse de los furiosos ataques de su compañero que no le daba ni un respiro. Se le notaba lleno de rabia y rencor, lo estaba descargando todo contra él y su espada. A pesar de que se dejaba llevar, la técnica de Lucio era impecable gracias a años de entrenamiento. Debía esperar el momento propicio para contra-atacar.
  Cuando vio un hueco, no lo dudo ni un segundo. Consiguió esquivarle de un salto hacia atrás y le lanzó una ráfaga de ondas cortantes azuladas. Lucio interpuso la espada para bloquear todos los ataques sin mucha dificultad, creando una pequeña cortina de humo por los impactos. Pronto se vio oculto entre una neblina espesa y amarillenta que le impedía ver a su contrincante. Todos sus sentidos estaban alerta ante cualquier mínimo indicio de la presencia de Hebi. Sus puntiagudas orejas se movían inquietas para discernir su posición y un halo azul traspasó sus ojos rojos para poder ver que sucedía más allá del polvo que lo rodeaba. Interpuso su espada por un costado justo a tiempo de que otra onda cortante lo golpeara. Las ráfagas se sucedían por todas direcciones haciéndole muy difícil el defenderse. Era una distracción, lo sabía, pero Hebi se movía muy rápido como para poder devolverle los golpes. Sintió una presencia a su espalda y él mismo lanzo una ráfaga en esa dirección con la esperanza de darle, consiguiendo disipar por fin la densa niebla. Hebi saltó muy alto para esquivarla y se lanzó en picado a por Lucio.
   El choque reverberó en la caverna y creó una onda expansiva que lanzó a cada uno a un extremo de la cueva.
  Cervezo corrió a socorrer a su amo que se levantaba renqueante, apoyándose en su cetro para mantener el equilibrio. Lucio también se incorporaba desde el cráter que había creado con su caída y vio el mal estado de su compañero. Era su oportunidad.
  Lanzó su espada al suelo haciendo que se desintegrara en brillantes azules y corrió lo más rápido que pudo hacia el borde de la corriente de Eon. Se sentía desfallecer pero era ahora o nunca. Jadeante por la batalla, aceleró el ritmo todo lo que le permitía su maltrecho cuerpo. Ya casi estaba, podía sentir como sus dedos rozaban la etérea superficie del río de energía.

  – ¡LUCIO! ¡NO!

  En un último intento por salvarlo, Hebi proyectó un lazo de luz desde su cetro que lo atrapó como un látigo en el momento justo en que iba a entrar en el torrente. Tiró de él con todas sus fuerzas. No dejaría que se suicidara de esa forma.

  – ¡Hebi suéltame! ¡Tengo que intentarlo! – rugió sin dejar de intentando soltarse.
  – ¡No lo conseguirás! ¡No dejaré que tires tu vida de esta forma! – dijo entre dientes por el esfuerzo de retenerlo.
  – ¿¡Qué clase de vida es aquella en la que no puedo salvar a mi mejor amigo!?

 El grito se hizo eco en las paredes.
 Lucio dejó de forcejar. y se encogió en si mismo con un niño desamparado. Hebi se relajó, mirando a su compañero con nuevos ojos. Sabía bien lo que le pasaba. ¿Quién entendería mejor a un ser inmortal que otro?. Todos los Dioses vivían con resignación su eternidad; pero no él. Necesitaba un significado, una función. Cualquier cosa que le hiciera seguir adelante. Y ahora, la única razón de existencia que había conocido estaba en esa corriente.

  – Es la vida de un Dios.
  – Pues tendré que dejar de serlo.

 Lucio se giró veloz y con sus garras cortó el lazo que lo retenía. Lanzó una rápida mirada de determinación a su compañero y se tiro de cabeza al vacío. Pudo escuchar el grito desesperado de Hebi llamando por él, pero ya era tarde.

   Ahora, solo había luz.