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sábado, 9 de abril de 2016

Reto de Marzo: Tiempo.

¡Buenos días, mis pequeños cronistas!

Hoy es sábado y como no podía ser de otra forma, sigo poniéndome al día con los retos de historias. Hoy toca el reto de Marzo de Eleazar, concretamente el bloque dos: Alguien ha robado a tu personaje. No una pulsera o un iPod, sino algo por lo que merece la pena meterse en problemas: un diario, una canción, un hechizo, una formula...

¡Espero que os guste!

 May suspiró cuando por fin pudo parar de correr.
¿Dónde se habrían metido esos malnacidos? Más importante ¿Cómo la habían seguido hasta allí? Se supone que estaba en una zona segura. Esos bastardos ya no respetaban ni las fronteras. Debía respirar y relajarse si quería pensar con claridad. A todo esto ¿Dónde estaba? Había corrido sin ninguna dirección en concreto y había terminado en medio de un gran barrio residencial, con casas bajas de tejado de pizarra y chimeneas humeantes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Las más lejanas eran solo borrones en medio de la noche, soldados apostados que defendían los tejados de los hogares ingleses. Al fondo, una torre imponía respeto sobre todos los demás edificios. Alta, puntiaguda, orgullosa, vigilante. El Big Ben en toda su altura se alzaba sobre Londres en aquella tranquila noche.
May saltó a otro tejado.
Era el efecto que tenía esa ciudad. Daba igual cuantas veces la visitara. Época, lugar, tiempo y espacio; Londres conseguía que todos sus problemas se fueran y la invitaba a quedarse una hora, días, semanas, hasta más de una vez se planteó vivir allí para siempre. Aunque claro, el concepto de “siempre” era algo demasiado grande par ella. Sabía que no existía nada eterno. Había visto con sus propios ojos como hasta el más grande imperio que se creía invencible, caía. Grandes metrópolis sepultadas por la subida de las aguas, humanos que jugaban a ser Dios, razas de seres exterminadas por la ambición y ciudades asediadas por guerras que no justificaban toda aquella muerte y destrucción. La vida de May era dura por lo general, pero siempre intentaba buscar el lado bueno de la existencia.

Una vez más, saltó hacía otro tejado y se dejó acariciar por la fría brisa del invierno.
El concepto de eterno no existía en su mente, pero si que existía el ahora y lo procuraba disfrutar cada vez que podía. Pequeños detalles que para el resto de los humanos parecían superfluos, para ella, eran muy preciados. Era verdad que había contemplado desastres inombrables, pero también había visto maravillas que ningún humano podría imaginar. Auroras boreales, la creación de una nueva estrella, hasta la del universo. Había aprendido de culturas que ya no existían, o que nacerían dentro de millones de años, observado en primera persona como se hacían grandes hitos de la historia. Se sentía afortunada por haberlos vivido, y más importante, por haberlos protegido.
Siempre viajando de un lado para otro, casí nunca tenía tiempo para el descanso entre persecuciones y escapar de ellos. Y ahora, que por fin los había despistado, tal vez podría parar y ver en que época había caído.

Con una soltura casi felina, May saltó un par de tejados más hasta llegar a una gran casa que daba a una modesta plaza adoquinada, donde se podía escuchar los gritos y las risas de los niños rezagados que ignoraban los gritos de sus madres.
May se asomó con curiosidad. Observó con detalle la ropa y la forma de hablar de aquellas personas. Debía de haber caído a finales del XIX, una época bastante tranquila en la ciudad. Había tenido mucha suerte. No habría soportado volver a la Segunda Revolución Industrial. Todo humo y hollín en el aire. Solo de recordarlo se le puso la cara amarga, como si acabara de chupar un limón. De la que se había librado, pero lo sentía por los pequeños que jugueteaban por la plaza. Sus futuros pulmones de adulto iban a sufrir mucho. Aunque claro, ellos aún no lo sabían. Su única preocupación era correr y reír. También ignorar a sus madres que los llamaban, eso era imprescindible.
May se encontró a sí misma sonriendo. No era una de esas sonrisas alegres, no. Era una sonrisa de pérdida, de pensar lo que nunca se tuvo y tal vez se pudo tener. Infancia ¿Qué es eso?. Lo único que recordaba era caos y destrucción. Y no es que fuera muy mayor para no tener recuerdos. Bueno, la verdad es que no recordaba cuantos años tenía. Con tantos saltos temporales, una termina perdiendo su percepción personal del tiempo, también la cordura, aunque ella se había encargado de que eso no pasara.
Inconscientemente se llevó la mano al bolsillo, donde debería estar una fría y pesada esfera dormía. ¿De que le servía tener deseos de una vida normal? Ella era quien era, y pensar en cosas tan mundanas solo conseguiría hacerle daño.
Cerró los ojos y una vez más se dejó acariciar por el viento. Le despeinaba y le golpeaba con su larga melena en la cara. En su mente solo se repetía sus verdades universales apretando cada vez más la esfera de su bolsillo. Un método infalible para no caer en grandes errores y de mantener la cordura.

– Eres May. No tienes familia, no tienes hogar. No tienes tiempo. Ese es el precio que un Viajero tiene que pagar.

Suspiró algo más tranquila, aunque no más feliz, para que mentir. No era una mala vida. Viajaba, veía mundo y universo, pero había una gran pega en su trabajo.

Un chasquido.
De forma automática, todos sus sentidos se pusieron en alerta. Nadie la había visto allí arriba, estaba segura.

Dos chasquidos.
Conocía muy bien ese sonido. Lo escuchaba continuamente en sus pesadillas, y ni se libraba de él aun estando despierta.

Tres chasquidos.
La habían encontrado.

May se llevó la mano a la espalda, sujetando con firmeza la empuñadura de su katana. Sus ojos violeta se movían por rapidez en todas direcciones, intentando vislumbrar un pequeño reflejo de aquellos asquerosos seres que la perseguían.

Silencio.
Sabía que estaban cerca, muy cerca. No podía verlos pero si sentirlos. Esa presión, esa asfixia en el aire, las distorsiones temporales a su paso, la ansiedad del peligro que se cierne sobre ti . Esa sensación que solo aparece cuando sabes que vas a morir.

Desenvainó más rápido de lo que se tarda en parpadear.
Un tajo al aire, donde supuestamente no había nada. Se escuchó un crujido. May se movió hacia un lateral y volvió a envainar su katana de un fluido movimiento. Cuando el acero encajó a la perfección en la vaina, la figura apareció.
Era una mezcla vaporosa de sombras, bruma, humo ceniciento y muchas, demasiadas extremidades que salían de todas partes sin ningún sentido. May observó sin ninguna compasión como ese ser le dedicaba una mirada asustada antes de desaparecer. mientras exhalaba su último grito de agonía. Cuando toda su bruma se disipó, aparecieron los demás.
Rozaban la treintena. Seres de diversas formas y tamaños, mostrando sus dientes afilados como cuchillas en bocas deformes y asimétricas. May esbozó una sonrisa confiada al verse rodeada. Era el mismo baile de siempre. Y esta vez, siempre era un concepto real.
Varios de ellos flotaron a gran velocidad hacía ella, chillando, golpeando al aíre con sus múltiples miembros en una estampida sacada del mísmisimo Infierno. May esperó un segundo y saltó. Todos los seres de sombra chocaron entre ellos, mezclando sus cuerpos neblinosos en una espiral negra y tormentosa. May cayó sin mayor esfuerzo en el tejado siguiente y desenvainó con fluidez, a tiempo de parar el ataque de otro de aquellos monstruos.

Estocadas, choques, bloqueos y relámpagos de energía se sucedían en una danza peligrosa y a gran rapidez. May se movía casí como una bailarina entre ellos, esquivándolos y partíendolos por la mitad con un simple tajo de su katana. Ellos intentaban morderla, adherirse a su piel para poseerla y destruir cualquier signo de identidad que pudiera tener. Al menos no se lo pondría fácil.
Dio una voltereta hacía atrás justo a tiempo para esquivar al último de los seres de niebla y ya en el aire le rebanó de un tajo vertical que lo dejó en dos cachos de humo desvaneciéndose. Había sido fácil, o eso pensaba.
Un movimiento a su espalda la volvió a poner en alerta. Los monstruos que habían chocado entre si, habían continuado moviéndose hasta crear un gigante humeante. Un coloso con infinidad de extremidades, ojos y bocas, cada una con una ristra de cientos de dientes afilados; babeantes y lamentándose a grandes gritos. La masa brumosa se movía lenta, pesada,como si no se pusiera de acuerdo entre tantas conciencias juntos.
May tragó pesado y empuñó la katana con fuerza.
Estaba en una zona residencial, un par de espectro no causaban mayor problema pero eso, porque no había otro nombre, podría crear el caos.
Sin esperar ni un segundo, se lanzó a la carrera a por él con su arma preparada. Con una agilidad sobrehumana y saltos, comenzó a escalar de extremidad en extremidad, podándolas y lanzándo tajos a la masa de sombra. Las manos se peleaban por atraparla a medida que escalaba sobre el ser y más de una boca intentaba cerrarse sobre ella. En más de una ocasión casí lo consiguen, aunque solo le hicieron unos rasguños profundos con aquellos dientes salientes como puas.
May resoplaba cansada, aquel bicho no daba señales de debilidad. Hasta parecía divertirse con el juego de “caza tu comida” que habían comenzado. Y eso la enfurecía. No había luchado contra miles como ese como para caer ahora sin oponer resistencia. Los cortes le escocían y la sangre hacía que la ropa se le pegara el cuerpo.
En un momento de distracción, una mano la sujetó por el tobillo sosteniéndola boca-abajo en el aire. May se desorientó por un momento y miró con fiereza a su contrincante que se reía con sus múltiples bocas babosas. De un tajó consiguió podar esa mano y se enderezó, lista para caer dentro de la boca que se abría a sus pies. Entró con la katana preparada, rasgando cada tejido brumoso que estaba al alcance de su filo. Era asfixiante, tenebroso, frío y estrecho, como quedarse encerrado en una cueva donde sabes que miles de ojos te están observando. Como caer sin freno hacía el Averno.
Cuando sus pies tocaron suelo, solo había oscuridad. Luego, la pared se partió a la mitad y entraron las estrellas.
El coloso de sombra cayó sobre los tejados como una niebla difuminada que huyó con la brisa nocturna. El peligro se había ido y por fortuna, nadie había salido herido. Bueno, solo una persona.
May sintió el tirón de la piel al intentar separar su camiseta de las heridas. Debía volver al Centro para que le vieran aquello. Los seres de sombra solían tener veneno en sus fauces, esperaba que este no hubiera sido uno de ellos. Resopló cansada y se apartó un mechón pegajoso de la cara. Sería mejor que se preparara para el viaje.
Intentó enderezarse lo mejor que pudo, aguantándose el dolor a base de gruñidos y resoplidos. Guardó la katana en su funda con un suave siseo y sonrió. Siempre perfecta. Era su mejor amiga. La mejor compañera que un Viajero podría desear.
Cojeó un poco hasta donde el monstruo había desaparecido. La niebla oscura se había ido y en el tejado brillaba ahora una espera de oro muy brillante. May se agachó a recogerla y acarició su fría superficie para sacarle los restos de polvo. Por fin había recuperado su billete para volver a casa.
El curioso reloj estaba decorado con filigranas que no parecían tener fin y con una tapa de cristal que permitía ver la esfera de su interior, donde una agujas y un montón de pequeños engranajes se movían como en el eterno tic tac del tiempo. May abrió la tapa y echó un último vistazo a Londres. Tal vez algún día, o en algún tiempo, podría volver.

– Hora de volver a casa – musitó.

Presionó el pequeño botón dorado junto a la rueda de darle cuerda y desapareció en un haz de luz azul cegador, sumergiéndose una vez más en las aguas del tiempo, rumbo a nuevos tiempos, nuevas eras y nuevos universos.




2 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Me gusto gusto la historia que escribiste...

    Te eh nominado a un Liebster Award
    http://myimaginacionflies.blogspot.com/2016/04/premio-liebster-award-2.html

    ¡saludos!

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    1. Aaaaay, otro Liebster Award. Veré si lo puedo hacer. Gracias por la nominación

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