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sábado, 23 de abril de 2016

El Guardián de la Tierra (III)

  
¡Hola, mis pequeños cronistas!
Ahora que ya se ha terminado la temporada de ponerme al día, vuelve...¡El Guardián de la Tierra! De esta historia solo había publicado hasta el momento la parte I y II (os dejo los links para que os pongáis al día) y por fin podemos continuar. ¡Espero que lo disfrutéis! 



    No tenía ni idea de como había llegado a esa situación.
  En que momento se le había pasado por la cabeza que ayudar a unos indefensos viajeros era buena idea. Maldecía a Avalon y a todas las buenas costumbres que le había inculcado con los años. Tenía que haberse ido cuando tuvo ocasión, no era su culpa que aquellas personas fueran tan persistentes en mostrar su gratitud.
   Primero, las mujeres lo habían casi empujado a una gran tina de madera que llenaron con agua caliente. Allí le hicieron lavarse hasta que toda la tierra y la mugre que había cogido en los caminos tiñó el agua. También le cortaron el pelo y le afeitaron su barba incipiente. Se sintió como un niño pequeño al que su madre le obligaba a darse el baño de los domingos. Después le proporcionaron ropa. Unos pantalones negros y una camisa blanca nuevos, además de que le dieron lustre a sus desgastadas botas y le habían cosido los múltiples agujeros de su capa azul marino. Su generosidad no tenía límites.
Cuando lo vieron limpio y adecentado, lo sentaron junto al fuego donde una olla estaba hirviendo y de la que salía un rico olor a estofado que hizo que sus tripas gruñeran de hambre. Con la excusa de que ya se estaba haciendo de noche lo invitaron a pasarla con ellos y ya no se pudo negar.

  Y así es como se encontró a si mismo sentado entre los hombres de la caravana, aseado y con una jarra de cerveza de barril en la mano mientras esperaban a la cena. Lucio solo atinó a suspirar.
   No es que le disgustara la compañía de otros humanos, solo se sentía extraño, como si desentonara entre todos ellos. Antes era distinto. El ir acompañado de su amigo le daba seguridad y confianza cuando estaba rodeado de otras personas. Le daba la sensación de que no era tan juzgado porque si alguien como Avalon estaba a su lado era porque algo bueno tenía que ofrecer. Sin él a su lado no sabía que hacer. Era demasiado humano para estar con los suyos, pero demasiado extraño para estar con los humanos.
   Lucio esbozó una sonrisa cansada al pensar en su suerte. Tenía que haber aprendido a decir que no cuando tuvo ocasión, o al menos, aprender del don de gentes de su amigo le habría sido muy útil. Pero ya era tarde para lamentarse. Dioses, si que lo echaba de menos.
   Hizo el amago de beber de la jarra, pero paró a medio camino y observó el contenido. El alcohol no era la solución. Ya había bebido suficiente todo aquel tiempo para buscar una salida fácil, pero no podía seguir haciéndose eso. Dejó la jarra en el suelo negando con suavidad pero sin poder contener la sonrisa irónica. Odiaba cuando Samus tenía razón en algo, como ahora mismo. Si Avalon lo viera así no le habría gustado nada. No quería manchar la buena imagen que su amigo tenía de él, a pesar de que no estaba. Alzó la vista al cielo iluminado de estrellas.
   No recordaba la última vez que se había deleitado con el espectáculo celeste que creaban los Dioses todas las noches. Había estado tan centrado en su pena que ya ni se fijaba en los pequeños placeres de la existencia. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire frío de la noche le relajara el cuerpo. Se sentía bien; o lo más cercano que podía sentirse con la culpa que arrastraba. Eso era algo que aun tardaría en irse, al igual que las ganas de seguir adelante tardarían en volver. Haría lo que fuera por volver a hablar con Avalon una vez más. Hasta renunciaría a...

   – ¿Qué opina de eso, Lucio?

   Aquella pregunta le sacó de su mundo como un vaso de agua congelada. Lucio volvió la vista al grupo que lo rodeaba. Decenas de ojos lo observaban con atención esperando a que hablara. Sonrió nervioso en un ridículo intento de excusarse. Se había perdido en el hilo de sus pensamientos olvidándose de que estaba acompañado.

   – Lo siento, Bohem – se disculpó ante el guía–. No le escuché bien ¿Qué me decía?
  – Comentábamos el mal estado de los caminos a pesar de que la guerra ya ha terminado hace cinco meses – repitió con paciencia.
  – ¿Ya ha pasado tanto tiempo? – preguntó Lucio, sorprendido.

   Todos le miraron con incredulidad. Tenía que haber estado debajo de una roca para no saber cuando tiempo llevaban en relativa paz. Eso o estar vagando por el reino como alma en pena. Lucio desvió la mirada algo incómodo por su desinformación consiguiendo que algunos mechones de pelo le taparan la cara. Respiró hondo y se hizo rápidamente su habitual coleta baja mientras pensaba como solucionar su metedura de pata.

  – Ustedes parecen personas que han frecuentado los caminos principales durante estos últimos meses – comenzó carraspeando ligeramente –. ¿Les ha llegado alguna noticia de la capital? Lo último que supe era que estaban cortando nobles cabezas – su pequeño chiste se ganó unas pequeñas risas de sus acompañantes. Se había salvado.
  – Hemos hablado con muchos caminantes que venían de allí. Se dice que es como una ciudad fantasma, arrasada por el fuego y las revueltas – dijo Bohem sin apartar la vista del fuego –. Los caminos reales están repletos de asaltantes y las guerrillas se suceden entre los pocos soldados que se atreven a llevar el estandarte del rey y los diversos pueblos de Eon – suspiró.
  – Menuda paz estamos viviendo – se lamentó una de las mujeres mientras le daba vueltas al estofado.
  – ¿Y que hacen en un camino secundario con una caravana tan llamativa y sin mercenarios? – preguntó Lucio con curiosidad.
  – Huir – dijo uno de los hombres al lado de Bohem –. Eon ya no es un lugar seguro, debemos rehacer nuestra vida en otro sitio.
  – Nos dirigimos a Shin-tekiná donde todo este caos no nos alcanzará – asintió Bohem.

   Lucio conocía el imperio. Hacía frontera con el reino de Eon por el este y gozaba de una rica y estricta cultura tradicional, además de que veneraban con fuerza a todos los Dioses del panteón. Lo había visitado en uno de sus viajes con Avalon y le había parecido un lugar muy pacífico y tranquilo. Tal vez era justo lo que necesitaban estas gentes.

  – Pues espero que consigan llegar hasta allí y que puedan llevar la vida que desean – dijo Lucio dando un trago a su cerveza.
  – Esperemos que si – suspiró uno de los hombres –. Eon ya no volverá a ser el mismo. Hemos oído cosas. Revolución, estatutos. Todo es demasiado rápido para nosotros.
  – Pero no por ello malo. Se comenta que buscan un nuevo lugar donde emplazar la capital. Con un consejo representado por el pueblo y con tomas de decisiones por mayoría de votos – comentó un joven adolescente con ilusión en los ojos.

   Lucio conocía bien ese sistema de gobierno. Las primeras culturas del mundo lo habían utilizado para controlar sus ciudades. Claro está que no salió bien. Recordaba algunas reuniones del Senado a las que había asistido de oyente. Todo eran gritos, metáforas absurdas que intentaban dar significado a las plagas y argumentos respaldados con un simple “Es la voluntad de los Dioses”. Ellos también habían terminado en guerra hasta que apareció el primer rey de Eon, Noa, y unificó todas las ciudades en un solo reino monárquico que derivó con el pasar de los años a una monarquía absoluta llevada por un rey perturbado. Si lo que estaba pensando el pueblo era volver a sus orígenes, estaba más que claro que la historia se repetiría.

   – Lo que hagan en Eon a partir de ahora ya no es asunto nuestro – le reprendió el que parecía ser su padre –. Ahora debemos pensar solo en nuestra nueva vida, lejos de esos locos liberales, de las armas y de la guerra.
  – ¿En Shin-tekiná no hay armas de acero? – preguntó una de las muchas niñas que jugueteaban por allí.
  – El emperador Suko no fue tan benévolo como el antiguo rey Velamir con ese tema. En cuando el Guardián del Eon le mostró lo que podía hacer, creó un decreto para que se fundieran todas las armas hechas por los hombres, además de fundar una escuela para enseñar el correcto uso del Eon a todo el que estuviera interesado – dijo Lucio sin pensar.

   Recordaba perfectamente la cara del gobernante cuando le enseñaron el poder del Eon. Se había vuelto loco de júbilo y comenzó a dar ordenes a todos sus consejeros sin perder un instante. Había cogido la idea de Avalon de fundar una academia pero para su pueblo. No era exactamente lo que su amigo había pensado en más de una ocasión, pero no eso le impedía ser feliz por el progreso y la prosperidad que pronto tendría el imperio.

   – Entonces allí solo hay Eonins como usted – dijo el joven adolescente, aun más entusiasmado. 
  – Supongo que podría decirse que si – rió quedo –. Tal vez aun queden algunos rebeldes pero no son tan preocupantes como los de Eon, No deberían tener más problemas con los asaltantes de caminos.
  – Bueno, ya hemos tenido un susto con ellos, pero ahora que nos ha salvado, estamos seguros de que conseguiremos llegar – la mujer del estofado le sonrió agradecida y le pasó un cuenco humeante –. Ha llegado en el momento justo para librarnos de esos bandidos. Como si los Dioses lo hubieran enviado.
   – Si. Casi como un mensajero de los Dioses… – murmuró para si antes de dar cuenta de su plato.

La conversación decayó, siendo sustituida por el ruido de los cubiertos. Todos estaban hambrientos y cansados, hasta el propio Lucio. Puede que su mente no estuviera tranquila pero hasta el cuerpo de un ser inmortal necesita un descanso.

3 comentarios:

  1. wow me encanto la historia!

    Pd:Hola!!! soy de la iniciativa seamos seguidores, mi blog es: http://entrepalabrasyescritos.blogspot.pe/
    Saludos! Te espero por mi blog♥

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  2. Hola! Soy Max de Diary Of Max y te sigo por la iniciativa de blogs asociados. Un beso. http://eldiariosecretodemax.blogspot.mx/

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  3. Holaaa!!! Te felicito por tu entrada! Me llamo Max y quería aprovechar para decirte que te has ganado un premio en mi blog, pasa a verlo :) Saludos, Max. http://eldiariosecretodemax.blogspot.mx/2016/05/versatile-blogger-award.html

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