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viernes, 11 de marzo de 2016

Reto ELDE: nº 18 Lapis, la bruja del agua

   ¡Hola, mis jóvenes cronistas! 
   Como cada sábado, es hora del relato y como sigo poniendo al día, hoy es el turno del reto de El Libro del Escritor. En concreto, el que correspondía con Febrero el nº18: Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante en la historia. 




   El mundo está lleno de leyendas, cuentos y fábulas, que nos entretienen y nos hace temerosos de aquello que no entendemos o que escapa de nuestro control, aunque en el fondo sepamos que tienen su parte de verdad. Historias de brujas, conjuros y maldiciones, que consiguen alejarte de los parajes más inhóspitos que existen.
   Concretamente hay una, relacionada con el Bosque de las Contemplaciones, que llena de amor, dolor y perdida. La vida, de una joven enamorada y un caballero con un destino por cumplir.

   ¿Quieres conocerla? Pues presta mucha atención, no sea que los Dioses nos hagan callar.

   Nuestra historia ocurrió hace muchísimos años, en la época en que los poderes de la naturaleza estaban entre nosotros, cuando el mundo vivía en armonía con todos los seres vivos y el murmullo de una posible guerra solo eran susurros sin fundamento.
   Por aquel entonces, existía un pequeño pueblo de leñadores en la linde del Bosque de las Contemplaciones. Era un lugar de paso, después del puerto de Ornil, para aquellos intrépidos viajeros que tenían que cruzar el bosque hacía la capital. No era muy grande pero si acogedor, de unas veinte casas, contando la taberna.
   Aún a día de hoy, nos han llegado algunas leyendas sobre ese pueblo. Como que sus habitantes eran descendientes de las criaturas del bosque que habían decidido vivir entre los humanos y que levantaron ese pueblo con sus propias manos de un día para otro. También se cuenta que fue maldito y que las almas de sus ciudadanos vagan por esa zona.
   No se si eso sera verdad, que lo dudo. Lo que si sé, es que su hospitalidad y generosidad para con los viajeros era famosa en todo el reino de Eon, por eso era tan famosa en aquellos días.
   Allí vivía una hermosa joven, de radiante sonrisa y gran bondad; de profundos ojos azules como el fondo del mar y brillante pelo negro como la noche. Es en ella en quien centraremos nuestra historia, pues en aquellos días no lo sabía, pero su destino le tenía guardado un horrible sufrimiento.
    
  ¿Su nombre? Lapis

   Fue una radiante tarde de primavera.
   Como era habitual para ella, se había adentrado en el Bosque de las Contemplaciones para dar un agradable paseo hacía el lago y poder descansar del ajetreado trabajo de su casa. La quietud del bosque y el quedo susurro de las hojas al ser mecidas por la brisa, eran uno de los placeres que más la relajaban, y que le permitían, por unas horas, olvidarse del mundo que había más allá de ese mágico paraje.

   Siguiendo la senda que los leñadores habían hecho para que los viajeros no se perdieran, pronto se encontró en el gran lago que allí se escondía.
   Un bello rincón del bosque, con aguas frías y cristalinas y a penas tocado por la mano del hombre, donde se podía sentir como la naturaleza estaba en perfecta sintonia con todo lo que le rodeaba. Era como entrar en otra dimensión, donde el tiempo se detenía y todo lo bullicio del pueblo dejara de existir.
   Por eso ese lugar le gustaba tanto a Lapis. Era su pequeño secreto, pues muy pocos se atrevían a adentrarse tanto en el bosque, y mucho menos se tomaban el respiro de relajarse ante el lago.

   Se sentó a la orilla, asegurándose de que el agua no rozaba su vestido verde, no le haría mucha gracia volver a casa con la ropa mojada, y sumergió lentamente sus pies descalzos en el lago mientras ahogaba un quejido por el cambio tan brusco de temperatura. Cuando consiguió acostumbrase, se entretuvo observando las ondas que se creaban en la superficie mientras movía las piernas y disfrutó de la suave brisa que reinaba esa tarde. Lo único que se escuchaba era el murmullo de las hojas al mecerse con el viento, creando una atmósfera que invitaba al sueño y al disfrute de la tarde.
Lapis alzó el rostro con los ojos cerrados, dejando que los pequeños rayos de Sol que se filtraban entre las ramas le acariciaran la piel. Todos los días, esperaba con ansia a que llegara el momento en que podría volver al lago. Era su pequeño momento para ella y nada ni nadie, podía romper la magia que se creaba. Pero como ya dije antes, esa tarde era diferente.

   En medio de ese tranquilo silencio, comenzó a escucharse el rumor de unos arbustos al moverse y que alertaron a la joven Lapis. Todo su cuerpo, hasta entonces en una apacible relajación, se tensó de golpe, temerosa de que fuera algún lobo que había bajado de las montañas, o un jabalí enfadado, dispuesto a defender su territorio. Sin querer esperar a averiguar que criatura sería, Lapis comenzó a levantarse muy despacio, sin despegar la vista de las plantas, esperando a que algo apareciera.

   -Disculpe, señorita...-se escuchó entre la maleza.

   Un hombre surgió de entre los arbustos, con semblante tranquilo y sonrisa avergonzada. Robusto y ataviado con una elegante capa azul oscuro, con gentil sonrisa y el bochorno adueñado de sus ojos azul agua marina, no parecía ser ninguna amenaza. Pero Lapis, sabiéndose sola en medio del bosque cerca de aquel completo extraño, solo podía pensar en una forma de escapar. Había oído lo que les pasas a las mujeres como ella cuando se encuentran con jóvenes en el bosque, y no quería ser una de ellas.
   El atractivo hombre, ajeno al torrente de malos pensamientos que cruzaban por la mente de Lapis, se acercó un poco más a ella quitándose su extraño sombrero de ala ancha y picuda y le dedicó una solemne reverencia en señal de respeto.

   -No os asustéis, por favor. No pretendo haceros nada-dijo con voz solemne y llena de sinceridad-solo soy un viajero que se ha perdido y que estaría muy agradecido si le mostrarais el camino.

   Aunque las palabras de aquel hombre sonaban genuinas, la joven Lapis estaba demasiado asustada por su intromisión que no era capaz de razonar con lógica. Poco a poco, se separó de la orilla del lago, sin perder de vista a aquel hombre, mientras retrocedía lentamente hacía el bosque, titubeando palabras sin sentido.
   Tan asustada estaba, que no se dio cuenta de que seguía descalza y caminando hacía atrás, con tan mala suerte de que una piedra se cruzó en su camino, provocando que tropezara y cayera al suelo con un gemido lastimero.
   El forastero no tardó en acudir a su ayuda con gentil diligencia, arrodillándose a su vera para socorrerla. Aun presa del dolor, Lapis seguía tensa ante la presencia de ese hombre, pero dadas las circunstancias, poco podía hacer, salvo rezar a los Dioses para que ese desconocido no fuera una mala persona.

   -Dioses, menuda caída. Decidme ¿donde os duele, señorita?-preguntó con calma, sin verse afectado por lo que acababa de pasar.
   -En el pie. Creo que me he torcido el tobillo-respondió con voz ahogada

   El extraño joven, observó la zona donde ella le había indicado. En el tobillo, comenzaba a formarse una ligera hinchazón. Si bien no estaba roto, tenía mala pinta.
   Esbozó una suave sonrisa, que para Lapis fue como un bálsamo que la tranquilizó por completo y que la distrajo tanto, que no se dio cuenta cuando le estaba tocando el tobillo.

   Fue un simple roce, una efímera caricia, pero en un segundo, el dolor había desaparecido. Pura magia, pensaba la chica. Pero había visto un ligero brillo azulado salir de los dedos de ese chico. Un poder mucho más poderoso que cualquier magia que su mente imaginara.

   -Sois...¿sois un Eoin?-susurró en un suspiro

   El desconocido la miró de soslayó, escondiendo la mirada entre los cabellos de su flequillo negro. En sus ojos pudo observar el aura que lo envolvía. Cálida, tranquila,misteriosa y poderosa. Se llevó un dedo a los labios, en señal de que quería que guardara silencio.

   -Que sea nuestro pequeño secreto.

   Aquel pequeño gesto, y la apacible presencia del joven, consiguieron que Lapis sonriera de verdad, haciendo que el miedo inicial se disipara. Un Eoin no podía ser malo. Eran caballeros que prestaban su inmenso poder y su dominio del Eon para velar por el bien del reino.. Había oído hablar de las aventuras que vivían esos caballeros, pero nunca había tenido el placer de conocer a ninguno hasta ese momento.

   -Permitidme que me presente. Mi nombre es Avalon-dijo mientras se levantaba y le tendía una mano para ayudarla a levantarse.

   Lapis aceptó su mano con timidez, descubriendo que el dolor del pie, no era más que un desagradable recuerdo. Avalon la levantó de un tirón suave, dejando a ambos a escasos centimetros del otro.

   -Lapis. Mi nombre es Lapis- murmuró con cierta vergüenza-es un honor conocer a un Eoin en persona.
   -Creedme, el placer es todo mio.

   Con modales estudiados, Avalon besó el dorso de su mano, sin romper ni un segundo, el lazo que sus miradas habían creado al entrecruzarse.
   Hacedme caso cuando os digo, que el amor es la cosa más maravillosa que existe, y que cuando llega a tu vida, sabes reconocer cuando te ha tocado el corazón. Ellos dos lo sabían con solo cruzar una mirada. Lo que jamás sospecharon, es el terrible destino que les aguardaba.


   Los días pasaron con la misma lentitud con la que se suceden los meses y las estaciones. Fue durante ese tiempo, en el que la cercanía entre Avalon y Lapis se fue acortando. Con paciencia y dedicación, el amor fue floreciendo en sus corazones.
   Al principio, Avalon solo era un viajero de paso en el pueblo, cumpliendo su misión de extender el conocimiento del Eon por el reino. Lapis y él, solían pasar largas horas en la orilla del lago en el que se conocieron, hablando de cualquier cosa, contemplando el bello paisaje y disfrutando de la compañía del otro.
  Poco a poco, el caballero pasaba más por el pueblo, con cualquier pretexto en los labios para que nadie supiera los verdaderos motivos que le guiaban a aquel pequeño pueblo. Echaba de menos sonrisa de Lapis, pues esta, le hacía olvidar todo el peso que cargaba sobre sus hombros. Ella también lo echaba de menos cada vez que se iba y adoraba que le narrara todas las aventuras que había vivido por todo el mundo. Era obvio lo que se estaba creando entre tanta cercanía y confianza, pero nadie se atrevía a decirlo.
   Finalmente, Avalon ya no intentaba ocultar la razón de sus visitas. Solo iba allí para verla, pues solo cuando estaba junto a Lapis el tiempo se detenía. No había guerra, no había corrupción, ni engaños por buscar el poder. Solo ellos dos, en su pequeño escondite junto al lago. Ni tengo que decir, que Lapis pensaba lo mismo. Si bien, ella no se creía merecedora del afecto de un caballero tan importante y poderoso como Avalon, intentaba dejar escapar esos horribles pensamientos cada vez que él volvía a por ella.
   Solían hablar de un mundo idílico, donde ambos escaparían a lo más recóndito de los bosques para escapar de la realidad. Construirían una pequeña cabaña y formarían una familia. Sería todo perfecto.    Lamentablemente, no todo en la vida es así. Pronto, su sueño de amor se rompería en pedazos.

   Fue durante la guerra.
   Los hombres ya llevaban luchando desde hace semanas, y aunque en aquel pequeño pueblo al otro lado del reino no habían llegado sus devastadores efectos, si que se respiraba la tensión en el ambiente y el temor a que cualquier día fueran arrasados.
   Una noche, después de que llegaran las noticias de que el Rey Alastor premiaría al bando vencedor con el poder de los Dioses, Avalon llamó a Lapis a su rincón secreto.

   Nunca la había llamado tan tarde, y eso la intranquilizaba. Caminó todo el sendero con paso apresurado y el corazón en un puño, imaginándose las mil y una cosas que le podría decir, y ninguna de ellas le gustaba.Tras unos minutos caminando bajo la luz plateada de la Luna llena, por fin llegó a su tan adorado lago.
   Allí estaba él, con la mirada perdida en la superficie cristalina de las aguas, ausente y con semblante meditabundo.
   Se acercó con cautela, intentando no asustarle y sacarlo de su profundo trance. Pero si algo había aprendido al estar tanto tiempo con él, es que nunca se le podía coger por sorpresa. Por eso, no se sorprendió mucho cuando él se giro a verla con una pequeña sonrisa.

   -Has llegado pronto.
   -Supuse que querrías hablarme de algo importante, y he venido lo más rápido que he podido-dijo mientras se acercaba más a el y posaba una mano en su hombro-¿Qué ocurre, Avalon? ¿Por que me has llamado?-preguntó con voz queda.
   -Quería...quería decirte que...-suspiró, incapaz de verla a los ojos-debo detener esta guerra, Lapis. Este sin sentido-apretó los puños con rabia-si no le hubiera enseñado al Rey el poder de los Dioses, esto jamás habría pasado.
   -No ha sido culpa tuya- se apresuró en decir-¿Cómo ibas a saber que el rey lo usaría para esto?
   -¡Era mi trabajo Lapis! ¡Debí haber visto antes su oscura alma corrupta!-gritó lleno de rabia y culpabilidad.

   Que le hablara de esa forma la asustó de tal manera que le hizo dar un salto en el sitio y alejarse un poco de él. La mirada que le estaba lanzando Avalon en aquel momento, no era la del hombre bondadoso y tranquilo que había conocido. Era la de un hombre destrozado por la culpa y sepultado bajo todo el peso que había cargado sobre sus hombros durante demasiado tiempo.

   -Tengo el poder para ver lo que otros no ven. Para detener a todo aquel que quiera dañar este reino -murmuró con voz ahogada-y no he podido reaccionar a tiempo, ni darme cuenta de que he estado bajo las ordenes de un ser diabólico y egoísta.

   Avalon desvió la mirada avergonzado de si misma, incapaz de dejar que le viera en ese estado. Él, el caballero más poderoso, se estaba derrumbando como un castillo de arena. Debía hacer algo, debía arreglar su error.

   -Avalon...

   La voz y los brazos de Lapis abrazándolo, le devolvieron a la realidad.
   Sintió como todo desaparecía, como su alma era calmada por el amor que ella le profesaba. Absolutamente cualquier preocupación, fue disipada de su interior, haciendo que volviera a ser el mismo. Ese era el efecto que ella siempre conseguía en él y que en esos momentos, agradecía a todos los Dioses que estuviera a su lado.

   -Tengo que ir.
   -Lo se.

   Avalon la apartó un poco de su pecho para poder verla a los ojos. Siempre le había parecido la mujer más hermosa del reino, pero ahora, iluminada por completo por la luz de la Luna, sonriendole de aquella forma que le aseguraba de que todo iría bien, era un ángel ante él.

   -No puedo prometerte que volveré-susurró al dejarle una suave caricia en la mejilla.
   -También lo se-murmuró con voz ahogada.

   Debía mantenerse fuerte, por él. No le serviría de nada si la veía llorar.

   -Pero, aunque no puedo prometerte algo asi, si que puedo prometerte que haré todo lo que esté en mi mano para volver a ti.
   -No prometas algo así, Avalon. Siempre dices que los Dioses te marcaron un gran destino. Si es este, no me prometas algo que va contra sus dictados.

   Al decir aquello, desvió la mirada para que no viera el resentimiento en sus ojos. Los Dioses. Si algo había aprendido a su lado, es que esos seres solo jugaban con los humanos como él y como ella. Simples marionetas a las que no les importaba torturar para que se llevaran a cabo sus propósitos.

   -Entonces, déjame prometerte algo que si que podré cumplir.

Con delicadeza, giró su rostro para que lo volviera a ver y selló su juramento con un suave beso en sus labios. Un beso que duró una eternidad en el mundo de los sueños que habían creado junto al lago y que a día de hoy aun sigue perdurando.

   -Te prometo, Lapis, que siempre te amaré. Da igual lo que pase o que destino nos aguarde. Mi corazón siempre estará contigo-susurró contra sus labios.

   Y ella lo creyó así. Que daba igual lo horrible que fuera el destino que los Dioses le tenían preparado. Ellos siempre estarían juntos.
   Siempre.

   Como ya sabéis, y así lo dice la historia de nuestro mundo, Avalon nunca volvió.
   El sacrificio del Guardián del Eon fue decisivo para que terminara la guerra. Salvó a miles de personas y derrotó al rey corrupto gracias a su increíble poder. Todo el reino estaba en deuda con él.    Era un héroe. Pero como toda muerte, dejó cosas atrás. Amigos, hermanos y un amor destrozado.
   
   Os preguntaréis como estaba la joven Lapis tras enterarse de su muerte. Siento deciros, que me es imposible describir el horrible dolor que sentía.
   Intentad imaginaros una profunda presión en el pecho, que no os permite que respirar. Imaginad un fuego desgarrador en vuestro interior, similar a las llamas del Infierno, y que os arrancan el corazón de cuajo mientras lo pisotean ante vuestros ojos. Puede, que solo así, os acerquéis mínimamente a su sufrimiento.
   Acababa de perder al amor de su vida, al hombre que más amaba, por culpa de un cruel destino impuesto por unos seres superiores, que habían sacrificado a un buen hombre por el bien mayor. ¿Qué clase de Dioses piden a otra persona que haga su trabajo? ¿Para que sirve seguir con vida, si Avalon ya no estaba a su lado para disfrutar esa paz? Esas, y muchas otras preguntas, cruzaban su mente en un bucle infinito entre lágrimas y desesperación.
   Así era como pasaba los días desde la noticia. Sentada en su lugar secreto, abrazada a sus piernas y repitiendo su nombre una y otra vez, como si así consiguiera que reviviera. Solía soñar, con que en cualquier momento volvería a aparecer entre los arbustos con esa sonrisa tranquila que lo había caracterizado, que se disculparía por haber tardado tanto y que le prometería que nada les separaría jamás. Era bonito, pero no dejaban de ser sueños y cada vez que se despertaba, volvía a encontrarse sola y desamparada.

   No puedo deciros, en que momento el dolor de Lapis se convirtió en resentimiento, ira y furia contra los Dioses, por haberle arrebatado a Avalon. Lo que si puedo aseguraros, es que enfadarlos es el peor error que podemos cometer, porque entonces, cosas terribles pueden suceder y se desencadenan los horrores y las maldiciones más espantosas que vuestras mentes puedan imaginar.
Lapis sabía esto, y no le importó.

    Fue otro día más de dolor y soledad.
   Ya no le quedaban más lágrimas que derramar. Se había pasado las horas en silencio, contemplando la luz reflejada en el lago hasta que cayó la noche. Lapis no tenía ninguna intención de irse, quería quedarse allí para siempre, en el único lugar donde alguna vez pudo decir que fue feliz.

   -Se supone que los Dioses nos quieren, que nos crearon en este mundo para ser felices. Entonces ¿Por que dejan que ocurran tantas desgracias? ¿Por que no nos protegen ellos? ¿Acaso son demasiado cobardes para dejarse ver, que nos necesitan para hacer su trabajo sucio?

   Había comenzado hablando en un ligero murmullo, pero poco a poco, había terminado gritando, dejando que el eco de su voz se extendiera por todo el paraje. Total, nadie la escuchaba en mitad de la noche.

   -¿¡Qué clase de Dioses dejan que muera un hombre inocente en su nombre?! ¿¡Decidme?!-le gritó al lago, levantándose de un salto- ¡Da igual cuando podéis tengáis, siempre mandaréis a otro a hacer el trabajo sucio! Porque claro ¿¡Quién en su sano juicio osaría enfrentarse a vosotros!?

   La ira de Lapis fluía como fuego por sus venas. Estaba harta de ser un títere de los Dioses mientras ellos disfrutaban de su dolor. Fuera de si, cogió una piedra del suelo y con un grito desgarrador, la lanzó con todas sus fuerzas al agua, impactando en el reflejo de la Luna.

   -¡Odio a los Dioses!

   Y entonces, todo se detuvo.
   El viento quedó congelado en la nada, las gotas de agua quedaron suspendidas en las inmensidad y el silencio reinante de la noche se convirtió en una prisión gélida y cortante. La tierra retumbó bajo los pies de Lapis y la Luna sobre ella tomó un color azulado electrizante.

Tú, que nos odias. Que deseas nuestra muerte. Nosotros vamos a castigar tu osadía.

   El bosque entero se estremeció ante el eco de esas voces hablando al unisono. Parecían provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. Lapis no entendía que estaba ocurriendo, pero por alguna razón, aunque quería huir, ninguna parte de su cuerpo le respondía.

Sufrirás ese dolor para toda la eternidad. Sola y encerrada en esta prisión que tu escogiste.

   En el lugar donde había lanzado la piedra, se formó un gigantesco remolino en cuestión de segundos y que se dirigía hacía ella a gran velocidad. Lapis intentó correr, intentó gritar, pero su cuerpo ya no le pertenecía.

Este será tu destino. A partir de ahora solo traerás dolor, solo sentirás desesperación...¡Para toda la eternidad!

   Finalmente, Lapis encontró las fuerzas para gritar, pero ya era demasiado tarde. Su voz fue acallada por el ruido de las aguas en el remolino, que la engulleron y la hicieron desaparecer, en el tiempo en que dura un parpadeo.
   El bosque quedó envuelto en una tétrica calma, sin que nadie pudiera sospechar jamás lo que allí acababa de pasar. Y el único testigo de la maldición que allí se había lanzado, aún sigue sentada en la orilla del lago.

   La llaman, La Bruja del Agua.
Una joven de gran belleza, con cabello tan largo y negro como una noche de invierno y con la Luna en la mirada, condenada a mostrar los horrores que le depara el destino a todo aquel que ose acercarse al Bosque de las Cotemplaciones.

   Y pensaréis que esto es solo un cuento que os he narrado para divertiros. Pero como os dije al principio, todo cuento tiene su parte de realidad y si aguzáis el oído, tal vez aun la podáis escuchar llorar.
   Es la joven Lapis, sentada en el lago esperándole por toda la eternidad.






1 comentario:

  1. ¡Hola! Tienes un blog muy bonito :) He leído unos relatos y la verdad es que están bastante bien.

    Vengo de la iniciativa blogs asociados y ya te sigo!

    Mi blog es: perdidaenunmundodeletras.blogspot.com

    ¡Saludos!

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