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sábado, 19 de diciembre de 2015

El Guardián del Eon (III)

   Una atronadora explosión hizo vibrar las ruinas del castillo.
La columna luminosa, se convirtió en una gran onda expansiva que arrasó con todo a su paso. Cegadora, poderosa, aterradora y cálida. Se extendió por todo Eon y no hubo rincón en el reino al que no llegara, ni súbdito que no se dejara invadir por la tranquilizadora sensación que transmitía.
   Lucio fue arrastrado por la gran corriente de aire que generó la explosión e impactó con fuerza contra los escombros de la sala del trono. Magullado e incapaz de moverse, tuvo que conformarse con ver con terrorífica admiración, lo que era capaz de hacer su amigo. Ese poder estaba por encima de cualquier lógica. Estaba por encima del poder de un Dios.

   En medio de todo el caos que se había desatado en la sala, un alarido salido de ultratumba, se alzó sobre el ruido de la explosión, poniendo los pelos de punta a cualquiera que pudiera escucharlo.
   El rey Alastor, consumido por completo por la llama negra de su alma, se retorcía de puro dolor en el suelo, bramando y desgarrándose la voz a gritos como testimonio del infierno que estaba viviendo. Era como si le estuvieran aplicando un hierro candente, pero por todo el cuerpo. Intentaba arrastrarse por el suelo, en un vano intento de huir, mientras su cuerpo corrupto se desintegraba, poco a poco en el aire, incapaz de soportar la luz sanadora de Avalon.
   El castillo no tardó mucho en ceder ante la onda expansiva, quedando destruido casi en su totalidad. Los muebles de madera flotaban y se estrellaban contra las escasas paredes que quedaban, las columnas se convertían en arena sin el menor esfuerzo, obras de arte de incalculable valor ardían en llamas de color turquesa. El palacio del rey se había convertido en una explanada llena de escombros en cuestión de segundos.
   No muy lejos de allí, en el campo de batalla, los soldados que hasta hace unos minutos clamaban la muerte de sus enemigos, se hallaban paralizados observando la destrucción del castillo de su monarca.
   Muchos tiraron sus armas con gran estrépito, incapaces de encontrar las fuerzas para seguir luchando. Otros, se dejaron caer de rodillas con lágrimas en los ojos y oraciones sin sentido en los labios. Todos interpretaban aquel poder y aquella sensación que los invadía, como una señal de los Dioses para que la guerra cesara. Ellos no querían que obtuvieran su tesoro, y así sería.
Del mismo modo que los guerreros vieron en aquella explosión de luz la señal del fin de la lucha, el resto de los habitantes de Eon la contemplaron como una aurora boreal. El indicio de que, después de tantos años de dolor y sufrimiento, la guerra por fin había terminado y que la paz volvía al reino.
Nadie se preguntó ni por un segundo, de quien o de que procedía aquel poder. Los Dioses, decían. Pero nadie pensó jamás, que esas señales divinas no eran más que la muestra del sacrificio de un hombre.

   La luz tardó bastante en disiparse, como si quisiera asegurarse de que no quedaba rincón en el mundo que no viera la señal o que no sintiera su calidez. Cuando desapareció por completo, dejando solo paz y tranquilidad a su paso, las nubes del cielo habían desaparecido por la fuerza de la explosión, y en lugar de una terrible tormenta, solo quedaban brillantes estrellas en el cielo.

   De entre los escombros del destrozado castillo, Lucio emergió como una exhalación, aliviado por conseguir algo de aire. Estaba cubierto de polvo, sus ropas estaban hechas jirones y sentía el cuerpo entumecido por los numerosos golpes que había recibido. Aun así, estando algo desorientado y cegado por la luz tan intensa de la explosión, intentó buscar casi a la desesperada al temerario de su amigo. Poco a poco, la vista se le fue aclarando, y pudo ver con nitidez lo poco que había quedado del castillo, pues había sido reducido a una gran explanada empedrada con ruinas a su alrededor. Al fondo de lo que fue la sala del trono, pudo distinguir el destrozado trono del rey sobre el que flotaba una llama negra y oscura como el azabache. Era lo poco que quedaba del despiadado monarca.
Aunque toda la luz de la explosión se había disipado, aun quedaba un pequeño cuerpo brillante flotando a pocos centímetros del suelo de la sala.
   La esfera de color azulizo, estaba empezando a perder intensidad, y de ella emergió un debilitado Avalon al borde de perder la consciencia. Cuando sus pies tocaron tierra, las escasas fuerzas que le quedaban fallaron y terminó de rodillas, antes de dejarse caer por completo como un peso muerto.

   Lucio no tardó en correr a su encuentro, con la esperanza aún presente en sus ojos. Tal vez no fuera demasiado tarde para salvarlo, o eso quería creer. Pero la realidad era una muy distinta a lo que su mente pensaba.
   Al arrodillase a su lado con la intención de ayudarle, pudo ver con horror las consecuencias del heroico acto de su buen amigo.
Avalon estaba pálido y respiraba entrecortadamente. Le costaba mantener los ojos abiertos y su rostro se contraía de dolor, como si una corriente eléctrica le recorriera por dentro o como si le estuvieran arrancando un pedazo de su alma. Eso era exactamente lo que le había pasado. Había dado todo su poder, su Eon, la energía que mantiene vivo a todo ser, por detener a un rey loco.

   Lucio no sabía que hacer. Ni siquiera él, con todo el poder que poseía, podía curar o reemplazar algo tan importante como el Eon de una persona. Una vez que desaparece, solo quedaba...

   -Avalon ¿Por que?-preguntó con voz ahogada.

Su amigo esbozó una sonrisa rota por el dolor y extendió lentamente su mano hasta tocar su pecho.

   -Porque era lo que debía hacer-susurró.
 -Podríamos haber encontrado otra manera-negó con energía, incapaz de aceptar lo que estaba ocurriendo.

   Lucio cogió la mano de su amigo con fuerza y escondió los ojos tras su flequillo. No quería creer lo que pasaba, no quería pensar que el destino había ganado y que él no pudo hacer nada por evitarlo.

   -Fue por el bien del reino- Avalon alzó la mirada al cielo. Se alegraba de ver las estrellas de nuevo- Puede que ahora no lo entiendas, amigo mio, pero en el futuro comprenderás porque hice lo que hice.
   -¡No! ¡Nunca lo entenderé!-gritó con frustración, encarándolo con ojos llorosos- ¿Qué sentido tiene el futuro si no estás conmigo? ¿Qué sentido tiene la inmortalidad si no estás a mi lado para llenar el vacío que deja?

A pesar del dolor, Avalon consiguió sonreír con sinceridad.

   -Lo siento, Lucio. Supongo que he sido un poco egoísta y no pensé en todo lo que dejaría atrás. Pero ya no hay nada que podamos hacer-suspiró, antes de reprimir un quejido de dolor.
   -Si que podemos. Tenemos el poder de Helienne- dijo casi a la desesperada, pensando que había encontrado una solución-¿Dónde está, Avalon? ¿Dónde tienes la Joya de la Vida?

   El héroe comprendía lo que intentaba su fiel amigo, pero como toda respuesta, solo pudo cerrar lo ojos con semblante tranquilo y resignado. Lucio entendió el gesto y sintió como su alma y sus esperanzas se rompían en pedazos.

   -Conseguí arrebatársela a Alastor antes de que la usara para destruir Eon- abrió los ojos para observar la llama negra que comenzaba a desaparecer- Samus la custodia. Seguramente ya esté muy lejos de aquí.
   -¿Samus?-balbuceó Lucio-¿Por que se le has dado a él?
  -Porque yo ya no puedo protegerla, amigo mio. Ahora sois vosotros los que tenéis que custodiarla hasta que...

   Avalon se vio interrumpido por una nueva oleada de dolor. Cada vez era más intenso y su tiempo se estaba terminando. Lucio cogió a su amigo en brazos, como si le diera un último abrazo de despedida, mientras se aferraba con fuerza a la mano que tenía en su pecho, la cual comenzaba a desmaterializarse en pequeñas luces azuladas, como luciérnagas que ascienden al cielo.

  -Hasta que...-Avalon encontró fuerzas para continuar. Tenía que ponerle sobre aviso-hasta que regrese.
  -¿Regresar? Eso es imposible-dijo lanzando una mirada de soslayo al trono vacio.
  -No lo es. Él y yo, nos uniremos a la corriente de Eon que rige nuestro mundo- Avalon cerró los ojos, mientras ya gran parte de su cuerpo no era más que un ente etéreo- y volverá. No he podido disipar todo el odio que reinaba en su alma y cuando regrese, tu debes de proteger la Joya de la Vida a toda costa. Samus ya sabe que hacer, ayúdale, amigo mio-su voz no era más que una suplica atemorizada-protege este mundo por el que ambos lo hemos dado todo.

   Lucio no sabía que decir. Su mejor amigo se estaba despidiendo de él, su vida se le escurría entre las manos. En un momento así, era incapaz de negarle nada.
   Aunque la mano de Avalon no era más que un simple espejismo, se la apretó con seguridad, en un intento desesperado de anclarle a la vida y lo miró con determinación, mientras luchaba por contener las lágrimas.

   -Lo haré, Avalon. Protegeré aquello por lo que has dado la vida. Lo prometo.
   -Gracias...-susurró cerrando los ojos. Estaba listo- ¿Sabes? Ha sido una buena vida. He viajado por todo el mundo, he conocido el amor-una lágrima esquiva corrió por su mejilla-y he tenido buenos amigos-miró a Lucio por última vez-Nos volveremos a ver, viejo amigo. Tal vez no me reconozcas, pero créeme, volveré...

   La última palabra de Avalon hizo eco en el aire mientras las luces ascendían a la inmensidad de la noche. Lucio extendió las manos hacia ellas con gesto abatido, intentando cogerlas, aunque todas se escurrían entre sus dedos. Las lágrimas que tanto había luchado por retener, comenzaron a correr libres, dejando escapar todo el dolor de su alma destrozada. Allí se iba su mejor amigo, la única persona que le había entendido, su compañero de batallas, su hermano.
   Pero, por alguna razón, se sentía tranquilo. De una forma única e inexplicable, como solo Avalon podía hacer, empezó a creer firmemente en las últimas palabras del héroe. Una triste sonrisa se dibujó en su rostro mientras observaba como la última luz azulada desaparecía.


   -Nos volveremos a ver, Avalon.  

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