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sábado, 12 de diciembre de 2015

El Guardián del Eon (II)

   Lucio no era capaz de creer lo que sus ojos contemplaban. Aquella muestra de poder solo podía significar una cosa: su amigo estaba en problemas.
   Dirigió una rápida mirada llena de desprecio hacía los humanos que estaban colina abajo. Gracias a la distracción de la columna de luz, habían cesado en su combate, seguramente pensando que aquello sería una señal de los Dioses. Era mejor así, un problema menos del que preocuparse. Ahora, solo importaba Avalon.

   A una velocidad imposible para un humano, se lanzó a la carrera colina abajo con dirección al castillo. Las frías gotas de lluvia le azotaban la cara como pequeños cantos helados y el cabello empapado se le adhería al rostro, molestándole en los ojos. Más de una vez, estuvo a punto de caer por culpa del suelo embarrado que le impedía ir tan rápido como quería, pero él tenía su objetivo siempre presente y en el punto de mira.

   Cuando más se acercaba, más grande parecía la columna de luz, dando la impresión de que en cualquier momento se derrumbaría sobre aquel que osara acercarse. Pero Lucio no tenía miedo a la muerte, no tenía miedo al poder del Eon. Solo temía una cosa, y era la que estaba intentando impedir.
Con la rapidez de su carrera, pronto dejó atrás el valle y alcanzó el camino de piedra que llevaba al castillo. En los bordes de la calzada, descansaban las destrozadas caravanas de los comerciantes que se habían atrevido a acercarse a Eon en una época tan aciaga. No había rastro de los caballos que alguna vez tiraron de los carromatos, pero si que estaban sus dueños, muertos a los pies del camino. Gente inocente, que seguramente no supiera porque había empezado esa maldita guerra, y que habían pagado un precio demasiado grande por la estupidez del reino.
   Lucio, dolido y sin poder mirarlos ni un segundo más, apretó el paso, convirtiéndose en prácticamente una sombra por la velocidad a la que corría, deseando dejar toda esa escena de desolación atrás lo más rápido posible. No quería ver, no quería pensar, no quería que muriera más gente.
Dejó escapar un grito casi animal, desgarrador y nacido de la más pura impotencia. Ni el trueno pudo acallar su voz, y dentro de él, se avivó un instinto casi bestial. Un fuego que lo consumía y recorría cada fibra de su cuerpo. Era la ira de un hombre desesperado. Nada podría detenerlo ahora, nada. Y menos cuando estaba tan cerca del castillo. Solo le separaba de él, el puente de piedra que en algún momento había sido derruido durante la guerra. Al otro lado, pudo vislumbrar a un buen grupo de soldados, que aun no eran conscientes de lo que les iba a caer encima.
Lucio esbozó una cínica sonrisa, dejando ver uno de sus afilados y blancos colmillos. Como si aquello fuera a detenerlo.
   Sin bajar la velocidad, continuó su carrera hasta llegar al borde del puente, donde, con un gran impulso, saltó al otro lado con una facilidad antinatural. Ni se había detenido a pensar que tendría que salvar una distancia imposible, o que, si no lo conseguía, caería en la nada más absoluta donde le esperaba la muerte. Pensar en esas cosas mundanas solo limitan a la gente. Eso era lo que le diferenciaba de los humanos: el no pensaba que existiera algo imposible para él.
Cayó al otro lado con un sonido seco, haciendo que las piedras a sus pies cedieran un poco por su peso. Estaba empapado de arriba abajo y con la respiración entrecortada, pero por fin había alcanzado el palacio. Y ahora, al levantar la mirada, podía sentir con mayor nitidez el impresionante poder que emitía la columna de luz que lo había llevado hasta allí. Debía darse prisa, no quedaba mucho tiempo.

   Tan centrado estaba en su objetivo, que por un momento se había olvidado por completo de los soltados que le esperaban frente a la destrozada puerta de madera robusta. Todos lo miraban perplejos, como si fuera una aparición demoníaca, y sujetaban sus espadas y lanzas con pulso tembloroso.

   -Ha saltado el puente y sigue vivo-escuchó como musitaban algunos
   -Debe de ser un hombre lobo. Mirad sus orejas-susurraban otros con la voz quebrada del miedo-

   Lucio los miró de reojo, con gesto indiferente. Portaban escudos y armaduras con una estrella de ocho puntas de color azul turquesa pintada. El escudo del Rey Alastor.

   -¿Un hombre lobo, decís?-preguntó con voz jocosa mientras se retiraba de la cara, unos molestos mechones de pelo. Con la carrera, se le había soltado la pequeña coleta que solía llevar. Era molesto-No sabéis nada-concluyó con una fiera sonrisa que les mostró sus colmillos.

   La verdad, cualquiera que lo hubiera visto en ese momento, lo habría confundido realmente con un licántropo, de esos que salen en los cuentos para atemorizar a los niños. Con la espalda curvada en posición de ataque, todos los músculos de su cuerpo tenso, sus resoplidos casi animales, las uñas convertidas en garras, su pelo castaño adherido a la piel, enmarcándole sus afiladas facciones y el fuego de la ira resplandeciendo en sus azules y rasgadas pupilas. Un hombre lobo de las leyendas hecho realidad. Pero Lucio no era nada de eso: era algo muy superior.

   Los hombres, al ver que se preparaba para atacar, se colocaron en posición defensiva. Eran quince soldados contra un solo chico, no debería haber problema.
   Antes de que el líder de los caballeros pudiera soltar el grito de batalla, ya estaba en el suelo. Fue una reacción en cadena de cuerpos sangrantes, más rápido que un parpadeo. Una tétrica sombra que se movía entre ellos como la silenciosa guadaña de la muerte; el último suspiro de un hombre que no tenía que hacer contra una bestia.
   Lucio lanzó una mirada por encima de su hombro a los quince cuerpos que yacían en el suelo. Sus ojos estaban vacíos de cualquier emoción y sus garras manchadas de su sangre. Eran hombres de Alastor, que habían ayudado al rey a sabiendas del mal que estaba causando. La lealtad a un gobernante era importante, pero más lo era el sentido común. No se merecían más que lo que acababa de hacerles. Dejó escapar un suspiro cansado y retomo su carrera hacia el interior del castillo, sin demorarse ni un segundo más..
Por culpa de aquella columna de poder, gran parte del palacio había sido derruido. En los pasillos que otrora estuvieron rebosantes de lujos y esplendor, ahora se apilaban columnas y escombros, junto con los marcos rotos de los retratos de los antiguos reyes de Eon. Lucio tenía que saltar todos los obstáculos, lo cual le retrasaba sobremanera, y rezaba, para que el techo no decidiera sucumbir a la presión.
Lo que si notaba con cada paso que daba hacia el salón del trono, era que el aire estaba enrarecido. No por el colapso de la estructura, ni por el polvo que flotaba en el ambiente. Era algo más denso que se colaba dentro del cuerpo y lo sacudía con intensidad, pero todo al contrario que asustarle, lo guiaba hacía su objetivo.

   Pronto, se encontró con parte un trozo de madera inmenso, de roble macizo y con el símbolo del reino partido, seguramente por impactar contra la pared. Era la puerta que daba al salón del trono que tantas veces había visto. Con algo de dificultad, consiguió apartarla lo suficiente como para pasar y encontrarse con una escena que le perseguiría durante siglos.
   Frente a él, se abría un gran hueco en la pared, que antes fue la entrada. El techo del salón había sido completamente destruido y por el escapaba la gigantesca columna de luz que había seguido. Las nubes se arremolinaban en ella y ni la lluvia se atrevía a caer en esa zona. Los lujosos tapices, creaban una colorida alfombra en el suelo entre los escombros y la madera. Al fondo, pudo distinguir una llama negra emergiendo de un hombre arrodillado ante el trono. Parecía sufrir una terrible tortura, pero sus gritos eran acallados por los lejanos truenos y por el zumbido de toda aquella energía azulada que lo había destruido todo.
Lucio lo reconoció y le lanzó una mirada de puro odio. El rey Alastor en persona, o al menos, la sombra del gran monarca que había sido. Frente a él, dentro de aquella columna luminosa, un hombre se esforzaba por mantenerse en pie. Todo él parecía brillar con luz propia y emitía tal energía, que todo a su alrededor flotaba en el aire. Extendió sus brazos hacía el rey, listo para dar el golpe final contra aquella mala sombra.
Lucio, consternado por lo que estaba viendo, no atinó a moverse de lo asustado que estaba.
Sabía lo que intentaba hacer su amigo, pero aquello era demasiado. El destino no podía ganar.

   -¡Avalon! ¡No lo hagas!-gritó con todas sus fuerzas-

   El caballero lo miró por encima del hombro, con una tranquilidad y serenidad que lo dejó sin respiración.


   Avalon le sonrió, y luego, solo hubo luz.   

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