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miércoles, 9 de diciembre de 2015

El Guardián del Eon (I)

   Un trueno rasgó el cielo nocturno iluminado durante un segundo el campo de batalla.
La lluvia comenzó a caer con fuerza, repiqueteando contra las armas y las armaduras de los soldados. Podría ser que la Tierra intentara calmar la ira de los hombres y evitar la lucha. Tal vez solo quisiera que no volvieran a manchar sus campos con sangre inocente. Pero nada podría apaciguar su rabia salvo una cosa: la victoria.
   Era la guerra por el poder. Hombres buenos corrompidos por las oscuras promesas de un rey sin corazón. Él sería el culpable de todas esas muertes, pero el pueblo estaba demasiado cegado por el tesos para darse cuenta.
   La tensión se sentía en el ambiente. Gélida, oscura, expectante. Era la presencia de la Muerte, que aguarda pacientemente por el caos. Cualquier movimiento brusco podría romper la quietud del momento. La calma antes de la tormenta.
   Otro trueno resonó en el valle, junto con el ensordecedor grito de cientos de personas que se lanzaban al ataque.La guerra había comenzado.

   El choque de titanes hizo eco en la tormenta y los primeros lamentos de los caídos fueron apagados por las miles de espadas entrechocando entre si, que hacían retumbar el valle entre dolor, furia y desesperación. Una carnicería sanguinaria que marcaba el principio del fin, de un reino tan próspero como lo era Eon. Todo ese sufrimiento no valía la pena. Nunca lo vale.
   El cielo seguía llorando por la lucha entre hermanos, embarrando el terreno y provocando que cada vez fuera más difícil moverse con la agilidad que exige una batalla de ese calibre. Unos mataban sin piedad, espada en mano y juicio nublado. Otros intentaban huir en un momento de cordura, pero no lo conseguían, y en cuestión de minutos, se había formado un amplio montículo irregular de cuerpos yacentes, con miradas perdidas y mueca eternas de terror. Los arqueros ni se molestaban en apuntar. Daba igual el bando del soldado al que disparaban, no solo porque era imposible distinguirlos con ese temporal, si no que así habría más posibilidades de que ellos consiguieran el gran premio que les había sido prometido. Por el que todos estaban allí luchando: el poder de los Dioses.

   Ajeno a la batalla, observándola desde lo alto de la colina con el pesar y la impotencia que solo puede sentir un hombre que ve como su mundo se derrumba ante sus ojos, Lucio se debatía si debía intervenir o no.
   Cada soldado que caía bajo aquel holocausto, era una puñalada directa a lo más profundo de su alma. Él, que había luchado por el bien de ese reino, que había renunciado a todo lo que fue su vida por lo que Eon representaba, no podía hacer nada para detener esa masacre.

   Deja que el destino siga su curso, le habían dicho, pero aquello era superior a él. Era incapaz de quedarse allí quieto mientras el reino agonizaba y desaparecía por culpa de los engaños del rey. O actuaba ahora, o todo por lo que había luchado quedaría en el olvido.
Lucio dejó escapar un gruñido casi animal y cerró los ojos, incapaz de mirar un segundo más aquella barbarie. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, intentando resistir el impulso de saltar al campo de batalla y detenerlos a todos. Tenía el poder para hacerlo, le daba igual si el destino se alteraba por su intervención. Estuvo a punto de saltar y terminar con todo, pero algo que le detuvo.

   Sus puntiagudas orejas se movieron de inquietud al sentir una fuerte presencia, lejana, pero terriblemente poderosa y que conocía demasiado bien. Alerta, y con el cuerpo en total tensión, dirigió su mirada al lugar del que procedía aquel poder.
Aun con la tormenta en su punto álgido, no tuvo problema en distinguir la sombra de un palacio de altas torres y tétrica silueta al otro lado del valle. El imponente castillo del Rey Alastor emergía entre las colinas como una gran montaña que rozaba el cielo con cada una de sus torres, infundiendo tanto temor como lo hacía su monarca. En la antigüedad, había sido la envidia de los otros reinos y el símbolo del esplendor del que gozaba Eon. Hoy, no era más que un testigo monumental del sufrimiento del pueblo.

   Lucio entrecerró los ojos, y un halo de color azulado cruzó sus rasgadas pupilas. Era capaz de ver un gran poder concentrado en el castillo. Sabía a quien pertenecía y no le gustaba nada lo que estaba viendo, pues, junto a esa primera presencia podía entrever una más oscura, escalofriante y tan negra como una noche sin Luna. Ambas parecían enzarzadas en una lucha muy igualada que seguramente, no acabaría bien. Pero Lucio tenía otras cosas de la que ocuparse, su amigo estaría bien. O eso quería pensar.
   Volvió la vista a los hombres que luchaban colina abajo y que daban las primeras muestras de cansancio. Era el momento perfecto para actuar y detener todo aquello antes de que fuera demasiado tarde y así enfrentarse al destino del que tantas veces le habían dicho que era imposible escapar.
Lucio tenía muchas virtudes que había ido perfeccionando a lo largo de los todos los siglos que llevaba a la espalda. La terquedad no era una de ellas. Pero a partir de aquel momento, en aquel mínimo paso de terquedad que dio para evitar el destino, aprendió la lección de que nunca se puede jugar con lo que ya está escrito.
   
   Fue cuestión de un segundo. Un segundo que cambió todo.
Un fuerte terremoto hizo temblar la tierra a sus pies, deteniendo la batalla momentáneamente.
Los soldados se olvidaron de sus enemigos y miraban a todas partes con ojos horrorizados y una oración en los labios, sin entender que estaba ocurriendo, temerosos de que en cualquier momento pudiera aparecer un monstruo enviado por los Dioses para detener su insensatez. Pero no apareció ninguna serpiente de los infiernos, ni cayó fuego del cielo. Fue algo mucho peor.

   El temblor se hizo más fuerte, ahogando los persistentes truenos de la tormenta, y en todo el valle resonó el escalofriante crujido de la roca al resquebrajarse. Una honda expansiva azotó todo el campo de batalla, derribando a muchos de los hombres que allí se encontraban, seguida de un potente estallido de luz que se extendió por medio reino.

   Lucio, aun algo aturdido por la tremenda sacudida que había sufrido, dirigió su mirada al castillo al sentir una peligrosa presencia, más que la anterior y demasiado grande para ser real.
En ese momento, el techo del palacio fue destrozado, cuando de su interior emergió una inmensa columna de luz azulada, alzándose con todo su poder hasta el cielo, rasgando las nubes a su paso. Era una fuerza inconmensurable, que desprendía una sensación de paz que era capaz de llegar al alma. Intimidante y esperanzadora, atemorizante pero tranquilizadora. Una energía que solo podía pertenecerle a una persona, capaz de controlarla en su totalidad y usarla solo para el bien, a pesar de lo sobrecogedora que era.

   -Avalon...-musitó-

3 comentarios:

  1. Interesante historia. ¿Es tuya propia? Tengo una sección tanto en el blog como en youtube titulada "Para escritores" dando consejos para quienes quieran publicar con editoriales y demás. No sé si es tu caso, pero yo te lo comento je, je.

    Por cierto, estoy aquí por la iniciativa "Blogs Asociados". Tu blog aparecía en la lista de blogs a seguir y a eso vengo.
    Por supuesto te sigo y te invito a mi blog El Lado Oscuro.


    Un abrazo y nos leemos.

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    1. Si, es mía. Reconozco que me interesaría publicar, pero no creo estar preparada. En seguida me paso por tu blog ya que somos de la misma iniciativa, aunque te aviso que últimamente el widget del "Google Friendo Conect" va bastante mal

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  2. P.D: También participo en "Seamos seguidores" y en la "Asociación blogger". Un abrazo y nos veremos por allí.

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