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sábado, 26 de diciembre de 2015

El Guardián de la Tierra (I)

   Los gritos resonaban por todo el bosque. Una noche más, la taberna daba acogida a un gran número de viajeros que habían decidido parar a cantar, divertirse y tal vez tomar una jarra de su mejor cerveza. Mejor que fueran dos.
   Las rústicas mesas hechas a base de barriles estaban repletas de platos sucios y vasos que pedían ser rellenados, pero también de ávidas conversaciones y buenas nuevas sobre el estado de los caminos en el reino. En un rincón, un grupo de hombres demasiado alegres y sonrojados por el alcohol intentaban entonar de mala manera una vieja canción picante, aunque la mitad de la letra se perdía entre gritos y balbuceos hacia la camarera. Un trovador hacía esfuerzos por hacerse notar entre la multitud y relatar su soneto sobre el viejo rey, pero su sonido no podía competir con el de una muchedumbre con ganas de festejar. Los grupos se amontonaban en las esquinas, las mesas y las escaleras y la noticia que más se repetía era el final de la guerra. Daba igual el tiempo que hubiera pasado desde aquello pues la gente no se cansaba de comentarlo y de imaginarse los buenos tiempos que vendrían. Era la calma después de la tormenta, aunque no para todos.

   En la esquina de la barra, donde el posadero se afanaba en servir a todos sus clientes y en gritarle a la camarera, una oscura y solitaria figura bebía sin ganas de su copa. No quería fiesta, no quería ni oír hablar de la guerra, la paz o de cualquier cosa relacionada con el reino. Solo quería beber, olvidar y escapar, aunque parecía que en aquellos tiempos era imposible tomarse una cerveza sin tener que escuchar sin querer. Vio como el posadero se le acercaba con una gran sonrisa falsa, seguramente iba a intentar ofrecerle algo de comer, pero a juzgar por el olor que salía de la cocina, no sería comestible. En el momento en que abrió la boca lo fulminó con la mirada. El hombre quedó petrificado al observar la ira asesina en sus ojos. Rojos como la sangre y pupilas rasgadas. No era humano.
   Sin pensárselo dos veces, se dio la vuelta y bajó a la bodega tropezando de mala manera con un tocón. El posadero, en sus largos años de oficio, se había enfrentado a hombres más fuertes y más temibles que ese viajero, pero nunca había visto tanta furia en una mirada. Fuera quien fuera, no era alguien a quien enfadar.
   El hombre suspiró al ver que se iba y relajó los hombros al sentirse solo de nuevo. Dio un largo trago de su jarra y observó de reojo como la fiesta continuaba sin él. Hace poco tiempo, habría disfrutado y reído con ellos, hubiera sido una parte más de los humanos, pero ahora las cosas eran distintas. Todos celebraban la paz y tenían sus ojos puestos en el futuro. Él solo podía mirar atrás, en todo lo que había perdido. En todo lo que no había podido salvar.

   La puerta de la taberna se abrió con el terrible chirrido de la madera y los goznes oxidados.
Un joven embutido en una capa marrón emergió de la oscuridad de la fría noche. Parecía tenso y agotado tras un largo viaje. Su respiración era algo entrecortada y su corto pelo negro estaba revuelto tras la carrera que lo había llevado hasta allí. Sus ojos verdes como las esmeraldas se movían de un lado para otro, buscando algo entre el gentío que se había reunido en el local. O tal vez, buscaba a alguien. Su mirada dio con la del misterioso cliente sentado en la esquina. Uno sonrío por su victoria, el otro solo suspiró hastiado de haber sido cazado.
   El joven caminó rápidamente hacia la barra, sentándose en el taburete contiguo al del hombre que terminaba su jarra de cerveza. Sabía que se acercaba una incómoda conversación, una de esas que nadie quiere tener pero que nunca se pueden evitar.

   – Te he estado buscando– dijo el viajero con reproche.
  – No me había dado cuenta – respondió con sarcasmo –. Yo he estado evitándote, aunque con pésimos resultados al parecer.
  – ¿Hasta cuando piensas seguir con esa actitud?

   El hombre suspiró y se apartó unos mechones de rebelde pelo castaño por detrás de sus puntiagudas orejas. El joven hizo una seña al tabernero para que les sirvieran dos jarras de cerveza y se volvió hacia su acompañante. Tenía un aspecto horrible. No era ni la sombra de lo que fue en sus mejores momentos. Las ojeras adornaban sus ojos, seguramente producto de noches sin dormir y de borracheras sin sentido. Lo que antaño había sido una camisa blanca, ahora era casi marrón de los lamparones que la adornaban. Tenía el pelo enmarañado y mal sujeto en su habitual coleta y la mirada vacía y sin alma.

   – Tenemos que hablar.
   – ¿De qué?– preguntó sin ganas antes de beber de su nueva copa.
   – De lo que nos encomendaron. Del reino.– dio un trago a su bebida –. Nadie sabe que pasará ahora. La gente no deja de hablar de paz, pero sin monarca, el pueblo no sabe que hacer. Se dice que hasta se han montado revoluciones en la capital, que están cortándole la cabeza a los nobles – dijo abrumado.
   – El reino llevaba demasiado tiempo en paz, un poco de rebelión nunca es malo. Al final la historia siempre se repite y los humanos volveréis a caer bajo las ordenes de un rey codicioso y egoísta – dijo el hombre dándole vueltas a la cerveza en su jarra –. No sé de que te sorprendes.
   – El mundo solo conoce la monarquía ¿es que no lo entiendes? Sin leyes ni líder, el pueblo se vuelve bárbaro. Es el caos y nada bueno puede salir de ahí si no se instaura pronto un nuevo régimen de cualquier tipo. ¿De verdad no te das cuenta de lo que sucede o es que tanta cerveza a terminado por derretirte del todos los sesos?
   – Creo que aun no, pero dame tiempo, lo conseguiré – esbozó una sonrisa rota.
  – Por todos los Dioses ¿No ves lo que estás haciendo con tu existencia?
  – Déjame en paz, Samus – bufó mirando hacia otro lado, exasperado.

   El chico al que llamó Samus intentó calmar sus nervios. Sabía que no debía alterarse pues eso no arreglaría las cosas. Paseó su mirada por el resto de la taberna. Todos seguían riendo, charlando y cantando como si nada pasara. A pesar de que el ruido era algo agobiante, no impedía tener una conversación decente. Parecía el lugar propicio para tratar el tema. Nadie se fijaría en dos extraños que hablaban de sus cosas sin molestar la fiesta de los demás.

   – Ya ha pasado un mes desde el fin de la guerra, creo que ya va siendo hora de superarlo – dijo sin dejar de ver a los clientes.
   – ¿Cómo tu? – preguntó con sorna antes de beber de nuevo.
   – Cada uno tiene sus formas de llevar las tragedias. Tú lo ahogas con bebida viejo amigo.
   – Y tú con tu ridícula música – dijo casi con desprecio –. ¿No tienes ningún concierto que dar? Seguro que los nuevos ricos estarán encantados de verte tocar. Podías estar allí en vez de perder el tiempo en buscarme para nada.
   – Cierto. Podría estar dando conciertos por todo Eon, pero he preferido buscarte durante un mes porque me importa cumplir la última voluntad de nuestro amigo – le atacó.

   El hombre guardó silencio durante un buen rato, inmerso en la vorágine de emociones que era su mente. Sabía que Samus tenía razón, pero la culpa, el orgullo, la furia; se arremolinaban a su alrededor impidiendo que pudiera pensar y utilizar el sentido común.

   – No pienso esconder esa maldita joya – dijo entre dientes –. Por mi la destruiría a golpes hasta que no quedara un mísero cristal de ella.

   Samus bajó la mirada hacia el tablado de madera de la barra donde su acompañante clavaba las uñas, más bien garras, hasta crear surcos en ella. Entendía a su amigo, sabía por lo que estaba pasando, él también sufría por lo mismo. La diferencia era la forma de pasar el dolor.

   – Si no lo haces tu, lo haré yo.
   – Pues diviértete buscando un sitio donde esconderla – se encogió de hombros y se terminó la copa.

   Tiró un par de monedas de cobre encima de la barra, se recolocó la capa azul sobre los hombros y le lanzó a su acompañante una bolsita de cuero de la cual salía un tenue brillo verde-azulado. Las manos de Samus se movieron con rapidez para atraparla antes de que se cayera y la observó con aire ausente. Tenía en su poder la fuerza más poderosa del mundo, la razón por la que un reino se había enfrentado entre sí. La causa por la que su mejor amigo estaba muerto.
   Alzó la mirada hacia su acompañante que ya se disponía a abandonar la taberna. Seguramente pasaría mucho tiempo hasta que lo volviera a ver; tal vez demasiado para un simple mortal como él. La idea de que eso pudiera llegar a pasar, de saber que su amigo pasaría el resto de la eternidad en esa actitud autodestructiva lo mataba por dentro. Él no era así. No podía dejarse llevar por la culpa, el dolor y la furia.

   – A Avalon no le gustaría verte así, Lucio.

   El hombre paró en seco al escuchar el nombre de su amigo. Puede que solo hubiera pasado un mes, pero era la primera vez en ese tiempo que escuchaba a alguien decirlo. Ninguno de los pueblerinos lo recordaban, nadie había dado valor a su sacrificio. Eso le enfurecía. Estaba enfadado con el destino, con la gente, con el mundo, con los Dioses, con Samus, con su amigo; y ante todo con el mismo. Se giró para ver a Samus por encima del hombro, mirándole con esos ojos rojos vacíos, inexpresivos, fríos.

   – Avalon está muerto.


   Y sin más atravesó la puerta, internándose en la oscuridad de la noche como una solitaria sombra más.  

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